El diagnóstico del Doctor Bergoglio


Como resultado del chequeo al que se ha sometido la paciente de nombre Iglesia y de apellidos Una, Santa, Católica y Apostólica, el Doctor Jorge Mario Bergoglio ha emitido, recientemente, el siguiente diagnóstico:

En primer lugar señala el diagnóstico una anemia perceptible en los indicadores a continuación descritos: “Un número consistente de jóvenes, por razones muy distintas, no piden nada a la Iglesia porque no la consideran significativa para su existencia. Algunos, incluso, piden expresamente que se les deje en paz, ya que sienten su presencia como molesta y hasta irritante. Esta petición con frecuencia no nace de un desprecio acrítico e impulsivo, sino que hunde sus raíces en razones serias y comprensibles: los escándalos sexuales y económicos; la falta de preparación de los ministros ordenados que no saben captar adecuadamente la sensibilidad de los jóvenes; el poco cuidado en la preparación de la homilía y en la explicación de la Palabra de Dios; el papel pasivo asignado a los jóvenes dentro de la comunidad cristiana; la dificultad de la Iglesia para dar razón de sus posiciones doctrinales y éticas a la sociedad contemporánea” (40).

En segundo lugar señala el diagnóstico una cierta desviación de columna – sanable, eso sí -: “El Evangelio no es para algunos sino para todos. No es solo para los que nos parecen más cercanos, más receptivos, más acogedores. Es para todos. No tengan miedo de ir y llevar a Cristo a cualquier ambiente, hasta las periferias existenciales, también a quien parece más lejano, más indiferente” (177).

En tercer lugar se indica la necesidad de sanar una cierta mancha en la piel: “El cristianismo no es un conjunto de verdades que hay que creer, de leyes que hay que cumplir, de prohibiciones. Así resulta muy repugnante. El cristianismo es una Persona que me amó tanto que reclama mi amor. El cristianismo es Cristo” (156).

El diagnóstico incide también en la aplicación, a veces, de un doble placebo no muy eficiente. A) “A veces, frente a un mundo tan lleno de violencia y de egoísmo, los jóvenes pueden correr el riesgo de encerrarse en pequeños grupos, y así privarse de los desafíos de la vida en sociedad, de un mundo amplio, desafiante y necesitado. Sienten que viven el amor fraterno, pero quizás su grupo se convirtió en una mera prolongación de su yo. Esto se agrava si la vocación del laico se concibe solo como un servicio en el interior de la Iglesia (lectores, acólitos, catequistas, etc.), olvidando que la vocación laical es ante todo la caridad en la familia, la caridad social y la caridad política” (168). B) “A veces, por pretender una pastoral juvenil aséptica, pura, marcada por ideas abstractas, alejada del mundo y preservada de toda mancha, convertimos el Evangelio en una oferta desabrida, incomprensible, lejana, separada de las culturas juveniles y apta solamente para una élite juvenil cristiana que se siente diferente, pero que en realidad flota en un aislamiento sin vida ni fecundidad” (232).

El tratamiento prescrito por el Doctor Bergoglio pasa en primer lugar por la terapia de choque de la “oración reconstituyente”: “Pidamos al Señor que libere a la Iglesia de los que quieren avejentarla, esclerotizarla en el pasado, detenerla, volverla inmóvil. También pidamos que la libere de otra tentación: creer que es joven porque cede a todo lo que el mundo le ofrece, creer que se renueva porque esconde su mensaje y se mimetiza con los demás” (35).

También en el tratamiento se aconseja la aplicación de la siguiente vacuna: “Es cierto que los miembros de la Iglesia no tenemos que ser ‘bichos raros’. Todos tienen que sentirnos hermanos y cercanos, como los apóstoles, que ‘gozaban de la simpatía de todo el pueblo’ (Hch 2, 47). Pero al mismo tiempo tenemos que atrevernos a ser distintos, a mostrar otros sueños que este mundo no ofrece, a testimoniar la belleza de la generosidad, del servicio, de la pureza, de la fortaleza, del perdón, de la fidelidad a la propia vocación, de la oración, de la lucha por la justicia y el bien común, del amor a los pobres, de la amistad social” (36).

Finalmente se aconseja a la paciente no perder de vista el siguiente hecho: “Él está allí donde nosotros pensábamos que nos había abandonado y que ya no había salvación alguna. Es una paradoja, pero el sufrimiento, las tinieblas, se convirtieron para muchos cristianos […] en lugares de encuentro con Dios” (149).

Para más señas consúltese en: Francisco, Exhortación apostólica postsinodal Christus vivit, promulgada el 25 de marzo de 2019.

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