La conversión de “Dominguín”


Puesto el titular a modo de afirmación o puesto a modo de interrogante, la cuestión es que esta es la historia de una amistad entre el catedrático de psiquiatría Juan Antonio Vallejo-Nágera y el diestro Luis Miguel Dominguín. Como buenos amigos no carecían de la ironía del uno con respecto al otro: el torero llamaba al catedrático “paleto” y el catedrático al torero “anormal”. A una amistad como la de Dominguín y Vallejo-Nágera se le podrían aplicar las palabras del “ya próximo santo”, el beato John Henry Newman:

“Oh hermanos míos, oh corazones afectuosos y generosos, oh amigos queridos, si sabéis de alguien cuya suerte ha sido, por escrito o de palabra, ayudaros a obrar así en alguna medida; si alguna vez os dijo lo que sabíais sobre vosotros mismos, o lo que no sabíais; si ha sido capaz de discernir vuestras necesidades, o sentimientos, y os ha consolado con ese discernimiento; si os ha hecho sentir que había una vida más alta que esta vida de todos los días, y un mundo más brillante que este que veis; si os ha animado, si os ha tranquilizado, si ha abierto una vía al que buscaba, o aliviado al que estaba confuso; si lo que ha dicho o hecho os llevó a interesaros por él, y sentiros bien inclinados hacia él; a ese, recordadle en los tiempos que han de venir, aunque ya no le oigáis más, y rezad por él para que sepa reconocer en todo la voluntad de Dios y para que en todo momento esté dispuesto a cumplirla” (J. H. Newman. En un sermón suyo, en el momento de dejar a los feligreses de su querida iglesia de Littlemore).

La cuestión es que el catedrático va a padecer un cáncer y en esos momentos, con el triste desenlace de su fallecimiento, nada le va a producir más tristeza y desasosiego que el despeñadero en el que se encuentra la vida de su amigo el torero: su inclinación hacia la bebida, contra la que había luchado intentando ayudarle como psiquiatra, aunque consiguiendo resultados parciales, pues siempre volvía a caer; además, le preocupaba su estado espiritual ya que el torero se consideraba agnóstico o ateo, pero, según expresó en alguna que otra ocasión, hubiera dado un brazo o quizás los dos, por poder creer. En una cacería, el psiquiatra va a tener la osadía de pedir al torero que se encomendase a la Virgen y rezase todos los días media avemaría, pero solo la segunda parte: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores…”. El torero le juró el propósito y así lo fue haciendo a lo largo de su vida.

De repente en esta historia aparece una monja de clausura del Convento Carmelita de Toro (Zamora) que, tras leer un libro en el que se hacía alusión a la historia más arriba reseñada, quedo preocupada por la suerte del diestro. La Madre María José, este era el nombre de la religiosa, envió una carta al torero en la que, junto con los preceptivos dulces de su repostería, le decía que sufría un tumor maligno y que parte de sus sufrimientos los ofrecía “para que don Luis Miguel encontrara su camino hacia Dios”. La carta conmovió al torero que, junto con su mujer, fue a visitar el convento de Toro. Poco antes de morir, la religiosa le hizo llegar su rosario. Según el testimonio de su mujer, al torero se le veía a diario pasar las cuentas del rosario seguramente para rezar la media avemaría que le prometió a su amigo. Así las cosas, en el fallecimiento del torero, allá por el año 1996, su mujer, Rosario Primo de Rivera, quiso que en su sepultura Luis Miguel tuviese en sus manos el rosario de la Madre María José.

Seguramente desde este episodio se comprenderá con una nueva claridad las palabras de la Priora del convento de Diálogo de carmelitas de Bernanos a la joven novicia Blanca de la Force: […] Hija mía, las buenas gentes se preguntan para qué servimos. Después de todo, una pregunta excusable. Creemos aportarles, gracias a nuestras austeridades, la prueba de que podemos pasar perfectamente sin muchas cosas que ellas juzgan indispensables. Pero para que el ejemplo fuese eficaz, sería preciso que estuviesen seguras de que esas cosas eran, también indispensables para nosotras mismas… No, hija mía, no constituimos una empresa de mortificaciones o de conservadores de virtudes. Somos casa de oración. Sólo la oración justifica nuestra existencia. Quien no cree en la oración no puede dejar de considerarnos como impostoras o parásitos. Si se lo dijéramos francamente a los impíos nos haríamos comprender mejor. ¿No están obligados a reconocer que la creencia en Dios es un hecho universal? ¿No es una contradicción muy extraña que los hombres crean en Dios y al mismo tiempo recen tan poco y tan mal? Apenas si le hacen el honor de temerlo. Si la creencia en Dios es universal, ¿no es preciso que la oración también lo sea? Y bien, hija mía. Dios ha querido que así sea, no haciendo de ella, a cuenta de nuestra libertad, una necesidad tan imperiosa como el hambre y la sed, sino permitiendo que podamos rezar los unos en lugar de los otros. De ese modo, cada oración, aun la del pastorcito que guarda su rebaño, es la plegaria del género humano.

Dijo en su momento el filósofo Pieper: “Hay razones más que suficientes que le sugieren a uno no ocuparse del tema del amor. A fin de cuentas, basta con ir pasando las hojas de una revista ilustrada, mientras nos llega el turno de la peluquería, para que le vengan a uno ganas de no volver a poner en sus labios la palabra amor ni siquiera en un futuro lejano. Pero – evocada la historia del torero, la monja y el psiquiatra – ¿realmente las hojas de las revista ilustradas recogen todos los detalles de sus historias?

Para más señas: José Luis Olaizola, Elogio del matrimonio (Madrid 2018).

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here