Caballero seminarista


Querido seminarista:

Decía el sacerdote – y gran filósofo – Manuel García Morente que “un buen escritor de biografías no se limita a contar lo que el protagonista hizo; procura también decir cómo fue, describir su alma, su espíritu, el centro creador de donde nacieron todas sus acciones”. En este mismo empeño, García Morente trata de describir “la hispanidad” como una “persona o cuasi-persona”, que “tiene, pues, un cuerpo y un alma”. El punto de partida y de llegada de esta descripción será la caracterización de lo que él viene en denominar como el “caballero cristiano” en el que cristalizarían las luces y las sombras de la hispanidad – más luces que sombras -. Desde que leí esta descripción este verano pasado – pensé en ti, querido seminarista, puesto que en este texto – quizá en algunas cuestiones un tanto añejo – se podría encontrar también la descripción del “caballero seminarista” – futuro sacerdote en nuestra “Hispania”-.

El “caballero seminarista” – siguiendo la enseñanza del sacerdote y filósofo – “prefiere la grandeza a la mezquindad”. En este sentido, “no adula a las personas ni a las cosas”. “Su grandeza le protege de cualquier mezquindad”.

El “caballero seminarista” prefiere el “arrojo a la timidez”, “la valentía al apocamiento”. Por esa sencilla razón “el caballero cristiano es esencialmente valeroso, intrépido” y “no siente miedo más que ante Dios y ante sí mismo”. Además de destacar por “la tenacidad y eficacia de las convicciones” y no gustar “de componendas, apaños ni medias tintas”.

El “caballero seminarista” – aún a su pesar en algún que otro momento – posee “más pálpito que calculo. No en vano toma “sus resoluciones más por obediencia a los dictados misteriosos de esa voz interna que por estudio prudente de las probabilidades”. Hay en el fondo del alma del “caballero seminarista” “un residuo indestructible de estoicismo – Séneca era español – que, hermanado íntimamente con el cristianismo, ha enseñado a los hombres de España a sufrir y a aguantar, por una parte; a acometer y a dominar, por otra”.

“Al español – y consecuentemente al “caballero seminarista” – le preocupa, sin duda – y mucho -, el qué dirán. Pero no lo teme. En la aprobación ajena, que espera y desea, encuentra la confirmación de la valiosa idea que tiene de sí mismo. Pero si lo que hace o dice obtuviere la reprobación ajena, no por eso cambiaría ni su conducta ni la opinión que de sí mismo ha formado”.

El “caballero seminarista” y el caballero español no conocen el resentimiento. Es raro, muy raro que un español sea ‘resentido’. Justamente porque el español tiene una conciencia muy elevada de sí mismo y de su valía – conciencia a veces excesiva y exagerada -, no incide con facilidad en la envidia y muda codicia rencorosa de lo ajeno. El resentimiento – como el esnobismo – no es vicio español. El resentimiento es defecto natural de almas reptantes o trepadoras”.

Pero todavía, querido seminarista, no restaría abordar la nota más característica que ha de adornar esta “caballerosidad”: la entraña de la religiosidad hispánica. Decía García Morente que “el alma del español cree en Dios y en los contenidos de la revelación divina con la misma tranquila e inquebrantable certidumbre con que cree en la existencia y en las particularidades del mundo que lo rodea”. Y añadía: “El alma española no puede derivar hacia el subjetivismo del sentimiento religioso, porque para ella la fe no es una emoción sentimental, sino el ascenso racional del espíritu entero a la revelación divina, ni tampoco puede incidir en el racionalismo idealista, porque para ella los objetos de la fe no son símbolos creados por necesidades del pensamiento, sino realidades plenas de sustancial objetividad más cierta aún e indubitable que la del mundo mismo y la del mismo yo”.

Desde estos fundamentos, querido seminarista, se entenderá con nitidez la característica más esencial de tu “caballerosidad hispánica”: la lealtad. Frente a un supuesto tópico que se nos achaca: “Se dice con razón que el español es difícil de gobernar. Y se agrega – sin razón –que es poco disciplinado. […]”; es claro y rotundo el filósofo al respecto: “El español obedecerá gustoso a un jefe que tenga las condiciones personales, físicas, morales, intelectuales o metafísicas del auténtico jefe. A este jefe real, el español le obedecerá con disciplina interna. Pero al que no tenga más título para la jefatura que un nombramiento legal o una votación nutrida, el español no le entregará fácilmente su obediencia”.

De ahí que este lealismo español” se manifiestesingularmente en el “carácter notablemente personal de la devoción española a la humanidad de Jesucristo”. “El cristiano español es especialmente devoto de la santa humanidad de Nuestro Señor precisamente porque el alma hispánica no puede fácilmente distinguir entre la doctrina y la persona. Cristiano significa aquí, entre nosotros, con un acento especialísimo, que no tiene acaso en ninguna otra parte, secuaz de Cristo, no solamente confesor y propugnador de las verdades religiosas y morales enseñadas por Cristo, sino adicto a su persona humana, soldado de su hueste, siervo de su casa, discípulo de su magisterio. Y no sólo secuaz y siervo de Cristo, sino imitador de Cristo, remedador en todo lo posible de la perfección con que la humanidad de Cristo realiza la armonía entre la doctrina y la persona”.

Para más señas: Manuel García Morente (1886-1942), Idea de la Hispanidad (Madrid 1961).

Querido seminarista – Caballero Seminarista -: ¡Feliz Día del Seminario! ¡Viva San José!

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