97 años de elegías


Tal día como hoy, 11 de febrero, de hace 97 años el poeta Rainer Maria Rilke, a las 6 de la tarde, concluía la última de las Elegías de Duino. Concluye así – él define este día como un día de triunfo – diez años de gestación en los que ha procurado articular la aventura de la interiorización de la realidad entera. Rilke, sin lugar a dudas, traspasa a estos versos las búsquedas de su propia alma y así nos deja todo un diagnóstico de la que vendría a constituir la aventura más apasionante a la que posiblemente esté llamado el ser humano: Cuestionarse el porqué de las “cuitas del alma”.

La propia literatura sería un imposible sin estasabigarradas, a veces, búsquedas del alma. Ahí están nuestros Garcilaso (“Mi alma está cortada a tu medida”), Gracián (“tienen bizarría las almas”), Quevedo (“los claustros del alma”), Ortega (el “fondo del alma”), Valle-Inclán (“el lago de mi alma, yo lo siento ondular”), Unamuno (“el paladar del espíritu”, “el mar silencioso del alma”), Antonio Machado (cantor de “los yunques y crisoles de tu alma” de las “secretas galerías del alma”, de “las hondas bóvedas del alma”, de “la honda cripta del alma”, del “alma de fuego”. O de un modo especialísimo Lope de Vega:

Entro en mí mismo para verme, y dentro

hallo, ¡ay de mí!, con la razón postrada

una loca república alterada,

tanto que apenas los umbrales entro.

La obra de Rilke se empezó la mañana del día 21 de enero de 1912 cuando al poeta, paseando por el jardín del Castillo de Duino, le vinieron, como dictadas de lo alto, las primeras palabras de la Elegía I: “¿Quién si yo gritara, me oiría desde las jerarquías de los ángeles?”. Un logro al que Rilke, en carta a una amiga, describe como “¡Estupendo, estupendo, estupendo!”.

Lo que ahora quisiera es recoger uno de los fragmentos de esta Elegía X, de la que hoy se conmemorarían los 97 años, y en la que Rilke, narrando un viaje al reino de la muerte simbolizado por el Valle de los Muertos del antiguo Egipto, nos deja la más profunda impronta de sus búsquedas iluminadoras pero claramente “truncadas”:

Que un día, a la salida de esta enconada visión,

mi canto de júbilo y gloria ascienda a los ángeles que

están conformes.

Que de los martillos del corazón, de claro batir,

ninguno fracase en cuerdas flojas, dubitantes

o que se rompen. Que el flujo de mi semblante

me haga más luminoso, que el llanto imperceptible

florezca. Oh, entonces, cuán queridas, noches, vais a

ser para mí,

noches de aflicción. Que yo no os recibiera de rodillas,

inconsolables

hermanas, que no me entregara suelto

a vuestro suelto cabello. Nosotros, que derrochamos

dolores.

[…]

Ciertamente, ay, cuán extrañas son las callejas de la

Ciudad del dolor,

donde en el falso silencio, fuerte, hecho de exceso de

ruido,

alardea de lo que ha sido vertido de molde

del vacío: el ruido dorado, el monumento estalla.

Oh, de qué modo, sin dejar huella, un ángel les pisotearía

el mercado de consuelos,

al que limita su iglesia, la que ellos compraron una vez

terminada:

pulcra y cerrada y desengañada, como una oficina de

correos en domingo.

Fuera, en cambio, se rizan siempre los bordes de la

feria.

¡Columpios de libertad! ¡Buzos e ilusionistas del afán!

Y el tiro al blanco con figuritas, el tiro al blanco de la

felicidad relamida,

donde hay pataleo de diana y comportamiento de hojalata,

cuando uno, más diestro, acierta. De aplauso a azar

sigue él dando tumbos su camino; pues casetas de

toda clase de curiosidades

solicitan, tamborilean y berrean. Para los mayores, no

obstante,

hay todavía algo especial que ver, cómo el dinero se

multiplica, anatómicamente,

no solo como diversión: el órgano genital del dinero,

todo, la totalidad, el proceso, esto instruye y da

fecundidad

…Oh, pero inmediatamente después de esto,

detrás de la última valla, en la que hay pegados anuncios

del “Sin Muerte”,

de aquella cerveza amarga que parece dulce a los que

la beben,

siempre que con ella mastiquen distracciones frescas…,

justo a espaldas de la valla, justo detrás, está lo real.

Fin de la cita. Lector inquirat.

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