El testamento de un Cardenal


El pasado jueves 24 de enero fallecía en Málaga el Cardenal Fernando Sebastián. A través de sus memorias – Memorias con esperanza (Madrid 2016) las titulaba él – uno puede adentrarse en la vida de una de las personalidades más influyentes en la Iglesia española de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Hay pasajes de sus memorias que no tienen ningún desperdicio como sus reflexiones sobre temas como la educación en los colegios religiosos (27), la Guerra Civil (39), la Pastoral Gitana (249), el Opus Dei (264-265), las relaciones con el gobierno del Partido Socialista (en especial con Alfonso Guerra) (288), los sacerdotes jóvenes (360), el nacionalismo (334) o el Camino Neocatecumenal (385). También hay pasajes que a uno lo pueden dejar bastante perplejo, en especial su idea sobre el sacerdocio femenino (253 y 389). Pero si tuviera que subrayar uno de los pasajes por encimas de los demás, sin lugar a dudas, subrayaría el siguiente: “Como complemento de la teología me gustaba leer libros de antropología y psicología. Leí varias obras de Freud cuyas ideas nunca me parecieron muy científicas. Pero me quedé con la afirmación al análisis de los sentimientos y de los afectos. En aquellos años de Teología leí también la obra de Charles Moeller Literatura del siglo XX y Cristianismo, con seis volúmenes, que me abrió el panorama de la literatura mundial moderna: Péguy, Camus, Gide, Kafka, Sartre, Tolstoy, Dostoiesvky, Simone Weil, Malraux, Mounier, Julien Green, Bernanos, y tantos otros. La lectura de esta obre supuso para mí una gran apertura intelectual. Con Moeller y más tarde con Tillich aprendí a relacionar mi fe con el pensamiento contemporáneo, dando realismo y responsabilidad evangelizadora a la reflexión teológica. En otro nivel comencé ya a conocer y leer la obra filosófica de Ortega, de García Morente y de Zubiri. Dos obras me influyeron especialmente, Introducción a la Filosofía de García Morente y Naturaleza, hisotira y Dios de Xabier Zubiri. Es una pena que olvidemos la obra de Zubiri, nuestro gran filósofo contemporáneo. Yo le he tenido siempre una gran estima” (85).

Pero como de lo que se trata es de poder abrir su testamento – honestamente creo que en lo material habrá muy poco que legar – aquí, en el texto que ahora cito, estaría uno de los legados más preciosos para la Iglesia española que de él hemos recibido. Las intuiciones del Cardenal Sebastián poseían la profundidad y la hondura del teólogo pero a la par brillaba en ellas la sabiduría y el realismo del que durante largo tiempo ha ejercido el pastoreo. El texto no necesita comentario, por si solo pone el dedo en la llaga:

“Mi preocupación principal era conseguir una catequesis que llevara a los catecúmenos a una verdadera conversión religiosa, una vivencia de fe personal en Jesucristo y en Dios vivo, sin lo cual no puede haber una personalidad ni una vida verdaderamente cristianas. Solo así se entra plenamente en la Iglesia de Jesucristo. Para eso se necesitaban catequistas que fueran verdaderos testigos de la fe, capaces de guiarles y ayudarles en su maduración religiosa y cristiana. Me costó mucho corregir la laxitud que se había introducido en este campo. Por el afán de ser comprensivos con todos, en muchas parroquias actuaban como catequistas personas que vivían al margen de las  normas de la Iglesia, divorciados y casados civilmente, personas que habitualmente no iban a Misa ni tenían dificultad en hablar a sus catecúmenos en contras de las normas de la Iglesia o de la enseñanzas del Papa. La catequesis era la primera responsabilidad del sacerdote y esa responsabilidad comenzaba por la selección y formación de los catequistas”.

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