Invitación al cristianismo


Te quiero invitar al cristianismo pero ya te digo que “sin ejercitarlo no es posible comprenderlo”. Ya decía el filósofo Ludwig Wittgenstein que si se quiere conocer la identidad religiosa de un individuo “no hay preguntarle qué cree, sino ver cómo vive”. Por eso, seguramente, escribió en sus Diarios: “Tienes necesidad de redención, si no, te pierdes […] Debe, por así decir, filtrarse una luz a través del tragaluz, del techo bajo el que trabajo y más allá del cual no quiero subir. […] Este tender a lo absoluto, que hace que parezca demasiado mezquina cualquier felicidad terrena, […] me parece espléndido, sublime, pero yo mismo fijo mi mirada en las cosas terrenas: salvo que ‘Dios’ me ‘visite’”.

El cristianismo es “respeto a la santidad de Dios”, “rechazo tajante del pecado y su juicio sobre nuestra vida” pero de ello no se derivan “el miedo o la angustia, sino todo lo contrario: la confianza, la esperanza y la paz”.

Te invito al cristianismo sabedor de que a veces te hascuestionado: “¿Es que hay otro Dios que no sea moral o en quien la moral no se la faz primera y dominante y la que él muestra a los hombres?”. Puesto que en ese “Dios no se vislumbra la santidad y la belleza, la majestad y la gloria con las que se quiere hacer al hombre partícipe de su poder y divinidad, dejando al mundo en su mano y fundando su libertad”.

Tal vez en lo más profundo de tu experiencia hayas querido formular al cristianismo algunas preguntas o, más bien, casi demandas: “¿Hay algo real detrás de las palabras que proferís? Esa historia que narráis, ¿es accesible en su dinamismo personificador hoy para nosotros? Y en caso positivo, ¿cómo?, ¿por el esfuerzo de nuestra inteligencia (ciencia, filosofía) o por el empeño de nuestra voluntad (ética, vida moral)?”.

Lo sorprendente es que no sientes la ausencia de Dios, sin memoria, sin preocupación y sin deseo de él; que no pareces reclamar más sentido para la vida humana que el estar, mirar el mundo, degustar la belleza de la realidad, acompasarte al destino con la mayor facilidad posible y fenecer en paz, a ser posible en el sueño. Te hasaposentado en la convicción de que existe el mundo y existen los hombres sin más. Y para más “Inri” se te ha hecho “una proposición del cristianismo visto sobre todo como conjunto de verdades dogmáticas que deben ser aceptadas por el entendimiento y consentidas por la voluntad, sin contar con todo el complejo mundo de la inmanencia humana, de esa relación con la realidad vivida que nos permite en alguna forma verificar por nosotros mismos la verdad de lo que hemos aprendido de otros, de lo que nos ha legado la tradición o de lo que nos ha propuesto la autoridad”.

Y todavía más. Para más colmo la paradoja de la Iglesia – una paradoja que tiene mucho que ver con la paradoja de la Encarnación -. Y es que “Dios no toca la historia solo tangencialmente como rozándola desde fuera, sino que se inserta en ella, compartiendo su destino y mostrándole su vocación […] En la debilidad, fragilidad y pobreza de la Iglesia se da el Dios humilde a quien sabe leer los signos de su presencia. La condición kenótica [abajamiento] de Dios en Cristo se refleja en la condición kenótica[abajamiento] de Cristo en la Iglesia”.

Tal vez, en realidad, más que invitarte al cristianismo quiera ayudarte a descubrir que “la gracia de Dios toma la iniciativa para suscitar nuestra libertad con vistas a acogerle y responderle, y nuestra acción es siempre un momento segundo. En el cristianismo lo primordial no es, como quería Kant, lo que el hombre hace por Dios, sino lo que Dios hace por el hombre. Tampoco lo son su virtud o su pecado, sino la santidad del Padre comunicada por su Hijo y actualizada en nuestra conciencia por el Espíritu Santo. El cristianismo no presenta una moral de humanos, sino una religión de revelación y de encarnación”.

Para más señas te invito a leer este libro: Olegario González de Cardedal, Invitación al cristianismo. Experiencia y verdad (Salamanca 2018).

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