Evangelio con duende


En palabras del diccionario de la RAE “tener duende” resulta ser “tener encanto, atractivo, etc. Precisamente “duende” es lo que destila la lectura de una obra de José María Pemán, que estos días he podido disfrutar por consejo de un conocido, cuyo título es Lo que María guardaba en su corazón. A las pruebas me remito. Tiene “duende” definir los dones del Espíritu Santo como “la simpatía de la Gracia” y presentar a San José como alguien en quien “empezaba ya a existir la silenciosa y sólida biografía del simple cristiano: perdedor de elecciones y aun inadvertido para todos, menos para la Madre de la Iglesia”. Así como decir del evangelista San Juan: “Hasta acabar en aquellos últimos años del apóstol longevo, en que ya torpe de lengua, sólo acostumbraba a decir, como en un estribillo de divina chochera: ‘¡Hijitos, amaos los unos a los otros’”.

Pemán, que no pretende escribir una vida sobre Jesús sino contemplar “su progresivo reflejo en el corazón de su Madre, con una sensibilidad exquisita y un “chispeante duende”, se permite describir a la Belén del nacimiento de Jesús como una escena en la que “más que ningún tremebundo drama de injusticia social, se parece a las angustias y perplejidades de cualquier turista que llega a Sevilla o Córdoba en días de feria sin haber reservado su habitación”

Con la sensibilidad propia de un hombre de su tierra contempla misterios como el del Niño perdido y hallado en el templo: “Lo que ante la fuga de un niño de doce años – que en Oriente valen por dieciocho o diecinueve años europeos – hubiera supuesto cualquier madre que recelara sencillamente que su hijo quería ser misionero, marinero, o torerillo”; relata la expulsión de los mercaderes del templo. “El cordero embestía como un toro”; y comprende la visita a Nazaret de Jesús: “El torero del pueblo que anda haciéndose famoso por las capitales del país: ¿porqué no viene a la placita de madera y lona de las ferias aldeanas?”. A lo que añade: “Todavía subsisten unas largas listas de cultos, novenas, funciones a las que van los fieles cristianos porque predica Fulano; y no a ver ‘qué dice’, sino, peor todavía, a ver ‘cómo lo dice’”.

Con un “gracejo lleno de duende” recoge también las genialidades de un Pedro, que en la Transfiguración, “vehemente y concreto, propone en seguida una solución práctica: hacer allí como una especie de ‘camping’ celestial”; la animadversión de los testigos presentes en el Calvario ante el titulus crucis. “No dejaron de percibir cuanto aquel letrero tenía de ‘trágala’ contra el ‘trágala’”; o introduce del siguiente modo el Discurso Sacerdotal: “A los postres se levantó a hablar…Casi de ese modo, dentro de esa fórmula periodística, se va a producir el máximo discurso del Maestro”.

Ante el dramatismo de la Pasión resuelve así dilemas teológicos como el de las lágrimas del Señor ante la muerte de Lázaro: “Lloraban las hermanas. Lloraba el amigo. Y al fondo, como el coro de una tragedia griega, la salmodia quejumbrosa de los vecinos. Casi en contacto todavía con la magia verbal de los pueblos primitivos: el tan-tan; el duelo gitano; la elegía árabe. Ritmo de la palabra insistente, bautizado luego en el rosario, en las letanías”. O el Stabat Mater: “Una postura de antena dispuesta a recibir los últimos mensajes y palabras del Hijo”.

Concluyo con la apelación que hace Pemán a la cultura popular: “La saeta andaluza de la Semana Santa ‘míralo por dónde viene // el mejor de los nacíos’, se estrenaba ya en los caminos de Perea, desde cada revuelta y encrucijada con profunda visibilidad y alejado horizonte”.

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