Lecturas que marcan


El propio devenir suele ir aparejado, en no poca ocasiones, a lecturas que nos marcan en distintos niveles y en diferentes sentidos. Al que suscribe, por ejemplo, le impresionó, y mucho, la lectura, en su día, de una obra, sin lugar a dudas fuera de su lógica, de Jean Paul Sartre. En realidad ha sido la única obra completa de Sartre que ha leído el que suscribe. Se trata de una obra de teatro, una representación navideña, cuyo título es Barioná, el hijo del trueno. Recientemente he podido saber por un artículo de prensa que Sartre escribió esta obra de teatro en un campo de concentración nazi cerca de París – cosa que ya sabía – después de haber leído el Diario de un cura rural de Bernanos y El zapato de raso de Paul Claudel – cosa que no sabía -.

De la misma obra de teatro el propio Sartre – ateo donde los hubiese – llega a decir a modo de justificación: “El hecho de que adoptara el tema de la mitología del cristianismo no significa que hubiera cambiado la dirección de mi pensamiento. Simplemente se trató de encontrar, de acuerdo con los sacerdotes prisioneros, un tema sobre el que conseguir, aquella noche de navidad, la unión más amplia posible entre cristianos y no creyentes”.El resultado de su propósito se halla en el subjetivo del público asistente a la representación o del lector esporádico que pueda leerla. Si bien he podido leer el testimonio de un gran teólogo del siglo pasado, René Laurentin, que hablaba del siguiente modo de la “marca” que le había dejado su lectura: “Sartre, ateo deliberado, me ha hecho ver mejor que nadie, si exceptúo los Evangelios, el misterio de la Navidad. Por esa razón le guardo un inmenso reconocimiento”.

La cuestión es que al parecer el que suscribe ha coincido en dos de esas “lecturas que marcan” con el autor de Lanausea y Las moscas. En concreto las ya citadas de Bernanos y Claudel. Claro está que es difícilmente cuantificable el nivel de influencia; pero quisiera traer a estas líneas uno de los pasajes de la obra de Claudel El zapato de raso con el que ya me hubiera gustado debatir con el mismísimo Sartre. Se trata del diálogo entre don Camilo y doña Proeza, en Mogador, de la tercera jornada, escena décima.

Don Camilo expone sus cuitas a doña Proeza: “Pues yo os digo […] que el Creador no puede desentenderse de su criatura. Que, si ella sufre, sufre Él también al mismo tiempo. Es Él quien crea en ella el sufrimiento. Está a mi alcance frustrar lo que Él quería hacer de mí. Y sé que eso es algo irremplazable para Él. Y si pensáis que no hay ninguna criatura que no puede ser sustituida por otra, comprenderéis que sólo de nosotros depende privar el simpático Artista de una obra insustituible, de una parcela de sí mismo. ¡Ah! ¡Estoy seguro de que siempre tendrá esta espina clavada en su corazón! He dado con un pasadizo hasta lo más intimo de su Ser. Soy la oveja cuya pérdida jamás podrá compensar el centenar restante. Sufro por causa de Él en lo finito, pero Él sufre por mi causa en el infinito y para toda la eternidad. Esta idea me sirve de consuelo en la condena que ya padezco en África”.

Poco más adelante doña Proeza le conmina: “Admitiendo que Dios os necesite, ¿no se os ocurre que también vos tenéis necesidad de Él?

A lo que don Camilo responde : “Sí, en efecto: durante cierto tiempo he vivido imbuido de esa prudente y sana idea. ¿Por qué no estar a bien con ese peligroso Viejo de que nos hablan los curas? No es difícil. ¡Ocupa tan poco espacio y da tan poca guerra! Una reverencia, un sombrerazo de cuando en cuando, y ya lo tenemos contento. Ciertas muestras externas de respeto, unas cuantas lisonjas a las que jamás son insensibles los viejos… En nuestro fuero interno lo sabemos ciego y algo chocho. Es de lo más sencillo ponerlo de nuestra parte y utilizarlo como sostén de nuestros confortables arreglillos: patria, familia, propiedad riqueza para los ricos, sarna para los sarnosos, poco para los apocados y nada en absoluto para quienes nada cuentan. Para nosotros el provecho y para Él el honor, un honor que con Él compartimos.

Doña Proeza interrumpe semejante “perorata”: “Me horroriza oíros blasfemar así”.

Don Camilo, no contento, procura ahondar aún más en la llaga: -“¡Ah! ¡Lo olvidaba! Y para esas mujeres enamoradizas, un lindo amante en este mundo, o en el otro. Porque la eternidad dichosa de que nos hablan los curas no tiene otro objetivo que colmar en el otro mundo a las mujeres virtuosas con los placeres que las que no lo son se han agenciado en este. ¿Todavía pensáis que soy yo quien blasfema?”.

Doña Proeza trata de sacar algo bueno: “Os mofáis de realidades bien burdas, pero incluso estas son susceptibles de arder en el corazón del hombre convirtiéndose en oración. ¿Con que queréis que ore? Eso es lo que nos sirve para pedir lo que no tenemos. El santo ora con su esperanza, el pecador con su pecado”.

Finalmente don Camilo cierra la cuestión con aire, incluso, pontifical: “Pues yo no tengo absolutamente nada que pedir. Creo, con África y Mahoma, que Dios existe. Para eso vino el profeta Mahoma, para decirnos que Dios existe eternamente, y punto. Yo deseo que siga siendo Dios, que no asuma ningún disfraz. ¿Por qué tener tan mal concepto de nosotros? ¿Por qué creer que sólo puede ganarnos con regalos? ¿Será preciso que mude su rostro para hacerse reconocer por nosotros? ¡Me da grima verlo humillarse así, solicitarnos…! […] ¡Que siga siendo Dios y que nos deje a nosotros nuestra nada! Porque, si cesáramos de ser enteramente la Nada, ¿quién ocuparía nuestro puesto para atestiguar íntegramente que Dios existe? ¡Él en su sitio, y nosotros para siempre en el nuestro!”.

Dicho esto no me resisto a preguntarme por el grado de identificación de Sartre con don Camilo. ¿Qué pensaría cuando se preguntase con Diario de un cura rural lo citado a continuación?: “¿Me encuentro donde quisiera Nuestro Señor? Tal es la pregunta que me hago veinte veces al día? Pues el Señor a quien servimos no juzga solamente nuestra vida, sino que la comparte, la asume. En realidad, nos costaría mucho menos contentar a un Dios geómetra y moralista”.

¡Verdaderamente hay lecturas que marcan!

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