¡Las seis de la tarde!


El poeta Rilke, durante veinticinco años, mantuvo la costumbre de enviar una carta a su madre para que esta la leyera en “nuestra hora querida ¡las seis de la tarde!” de cada 24 de diciembre. El autor de las Elegías de Duinoentendía así esta sencilla liturgia familiar: “[…] esta costumbre secreta nuestra también permite que vivamos con expectación la ilusión prenavideña, contenida tras la puerta cerrada, que siempre ha hecho palpitar nuestro corazón y ha sido tan significativa para nosotros”.

Las misivas son todo un canto a una celebración navideña en esa condición tranquila y pacífica que nos permite trasladar las necesidades del hogar a la intimidad, un lugar extremadamente protegido del corazón, donde emerge en el hombre solitario, más clara y nítidamente que en ninguna otra persona, como un sustituto de todo lo que le falta, la conciencia de portar dentro de sí el hogar interior de Dios.

Rilke, ciertamente buscador de un Dios al que no siempre encontró, no deja de martillearse y martillear a su madre con preguntas de profundo calado e incisiva cuchilla para con la propia existencia: “¿Cómo podríamos vivir y celebrar esta hora sino en esta tranquilizadora certeza que nos humilla y nos honra al mismo tiempo, que ilumina el corazón y hace el alma más ligera? Y ¿es posible permanecer en este gran consuelo sin el presentimiento de que no habríamos podido penetrar en él si nos hubiesen sobrevenido menos persecuciones, pruebas e injusticias? El peso que llevamos a los hombros, ¿no nos empuja más hacia el fondo de nuestro corazón, un corazón que, cuando somos felices, tan solo conocemos dispersa y superficialmente? El mal que ha llamado a nuestra atención, pisándonos los talones, ¿cuántas veces no nos ha precipitado hacia el camino correcto? Y, cuando nos ha abrumado algún dolor, ¿no hemos desarrollado la paciencia necesaria para esperar que haya algo bueno dispuesto para nosotros y que nosotros mismos somos lo bastante maduros para entenderlo y servirnos de ello?

Ante tal tesitura vital quizá la actitud sensata y coherente, tal y como es delineada por el poeta para su madre, pasa por comprender sin pretensiones abarcantes un misterio como el que se describe: “Nuestra vida es rápida y corta, Dios en cambio es lento y sin fin. Por eso siempre hay momentos en los que ambas cosas no parecen conciliables, y tampoco nos corresponde a nosotros saber cómo se concilian. Tan solo debemos estar ahí con el corazón abierto al misterio de que lo grande encuentre espacio en lo pequeño, de que en la intensidad de nuestra existencia puede condensarse un instante de eternidad, que coincide con la eternidad ininterrumpida de Dios”.

Y aún así añadía el poeta: “[…] mientras los tiempos y los destiempos siguen su curso, el corazón resguardado y divino es el escenario y la isla de Dios, que puede ser una sede del cielo en la paz, en la esperanza, en la alegría, aun cuando el mundo entero está condenado y destruido. Nuestro propio ser es a menudo compasivo con los padecimientos de nuestro tiempo y se preocupa con las complejas preocupaciones que han caído sobre todos los pueblos, que sienten en todo momento la amenaza de la caída, pero su experiencia más verdadera no es lo que se nos exige ni lo que nos ha sido asignado, no es esta miseria de hoy y de mañana, ni el desconcierto, ni la ofuscación, ni el desbordamiento, ni siquiera el propio hundimiento…sino Dios. Dios es la experiencia única de nuestro ser, en su núcleo, en su unidad y en su intimidad. Cuando vivimos verdaderamente, no somos capaces de nada más que de Él, de acercarnos y caminar hacia Él, puesto que Él no se realiza ni se comprende en nosotros, sino que sencillamente nos sacude, y por tanto no debemos tener duda alguna de su presencia. Es tan fuerte, que ni el más grande revés de la fortuna tiene poder alguno sobre Él, y en el anhelo, en cada intuición que tenemos de su rostro, nuestra miseria y toda la muerte del mundo son dominadas y detenidas. Esta certeza debe constituir el brillo y la bendición de la Navidad, reconocer la inocencia de Dios en la imagen de su hijo hombre”.

Las palabras del poeta ayudan al menos a vislumbrar la realidad profunda de tan entrañable celebración:“[…] al vernos obligados una vez más a aceptar esta fiesta en un mundo tan severamente afligido, se nos plantea una prueba, si sabemos entender qué significa celebrar más allá de nosotros mismos. Porque no nos celebramos a nosotros en la imagen de este Niño salvador, sino la fuerza del Espíritu más alto. Tampoco su alianza con nosotros, puesto que la hemos rechazado y la hemos negado y no la hemos permitido entrar. Celebramos el Espíritu mismo, su manifiesta transformación en un niño visible, su unidad y su inocencia, le rogamos que esté con nosotros cuando estemos en peligro y lo hacemos con el ánimo alegre. No tenemos nada en común con este Niño divino, pero podemos vislumbrarlo incluso ahora, igual que los Reyes y los pastores vislumbraron atónitos la estrella que anticipó en el cielo su llegada. Este Niño, con su pobreza incomparable, está en el extremo del mundo, en el límite de nuestra visión, en el sitio más recóndito de nuestro corazón: por eso es tan pequeño, un Niño que viene de muy lejos y que tan solo crece en nosotros en la cruz, que está en el centro de nuestro corazón. Y quizá por eso se confirma la necesidad forzosa de celebrar una fiesta así (la fiesta de la inocencia en medio de un mundo que no puede estar más sumido en la deuda). Quizá esta miseria refuerce nuestra resolución de no elogiar jamás la nuestra, sino de sanarnos en los confines de nuestro ser”.

En resumidas cuentas, las palabras del poeta firmaba con el nombre de René – expresan la realidad de un misterio insondable e indescriptible oteado por un buscador de Dios que abre a su madre su, al mismo tiempo,atormentada y pacificada alma en un compartir tal vez no recíproco: “Lo que yo te deseo, querida madre, es que en esta noche solemne, el recuerdo de toda la miseria, la conciencia de la reciente inquietud y la inseguridad de la existencia se detengan por completo y, en la medida de lo posible, se diluyan en esta íntima certeza de la gracia, capaz de penetrar con su suave victoria lo aparentemente insuperable y para la cual todo tiempo, por oscuro que sea en su ruina, y todo temor, por terrible que este sea, tienen cabida en su tiempo, que no es nuestro.

Post data: Para más señas véase Rainer Maria Rilke, Cartas a mi madre por Navidad (1900-1925) (Madrid 2018).

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