Profesión de fe chestertoniana


La profesión de fe de un verdadero chestertoniano – chestertoniano dícese del seguidor del escritor y polemista Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) – comenzaría por un “creo en” la autocrítica: “El mundo está amargado no por un exceso de crítica, sino por la ausencia de la autocrítica. Relativamente poco importa que uno estalle de ira ocasionalmente e insulte a los demás, siempre y cuando no se absuelva a sí mismo. Lo primero no es más que una debilidad humana; lo último es una usurpación blasfema de poder divino”.

En segundo lugar, el verdadero chestertoniano debería expresar su fe en la tradición. De ahí se seguirá el que no se mueva, única y exclusivamente, por un desmedido afán de “modernidad”: “El problema surge cuando los viejos elogian únicamente su época, igual que la generación naciente no alaba más que a su generación. Ninguno tiene el más mínimo valor como juicio, porque no hacen más que darse bombo a sí mismos; y el del bombo más grande guarda silencio”.

En tercer lugar, el chestertoniano expresa una más que calculada distancia frente a la psicología y una clara apuesta por el conocimiento de la naturaleza humana: “Vivimos en una época en la que todo el mundo conoce lo último de todo sin saber lo primero de nada. Son como personas que se ponen a descifrar un código sin saber leer ni escribir […] Nuestros mayores no hablaban de psicología; hablaban del conocimiento de la naturaleza humana. Ellos tenían ese conocimiento y nosotros no. Sabían por instinto todo lo que nosotros ignoramos con la ayuda de la información, pues son exactamente los hechos principales de la naturaleza humana los que actualmente ignora la humanidad”. Así, el chestertoniano expresa su certeza de que la psicología del cristianismo se fundamenta “en el descubrimiento muy antiguo de que un complejo de superioridad era el origen de todo mal”.

Como cuarto artículo de este singular credo habrá de estimarse en todo momento la realidad del matrimonio y la familia. Chesterton comienza considerando en este orden de las cosas: “Mientras he conocido millares de personas discutiendo sobre el matrimonio, a veces con inquina contra él, a veces demasiado débilmente a su favor, nunca he conocido a ningún contendiente que comenzara preguntando qué es el matrimonio”. Para Chesterton “el ambiente de seguridad consolidada sólo puede existir cuando la gente lo percibe tanto en el futuro como en el pasado. Los niños saben con exactitud lo que significaba volver a casa de verdad, y los más felices conservan algo de ese sentimiento cuando son mayores. Pero no podrán mantener ese sentimiento, ni por diez minutos, si se da por sentado que Papá está esperando que Tommy cumpla veintiún años para fugarse con la secretaria a Trouville; o que el chófer tiene el coche a la puerta para que la Sra. Brown salga al escape nada más presentar en sociedad a la Srta. Brown”.

Quinto artículo de esta anodina profesión de fe será el estar con ojo avizor ante tentaciones como la que sigue: “Ahora hay que abandonar al niño a la puerta del Ministerio de Educación y Adaptación Social Universal. En resumen, estas personas creen, con distintos grados de vaguedad, que en la actualidad el Estado puede usurpar el papel de la familia”. Con verdadero realismo conviene considerar en primer lugar: “El Estado real, aunque una realización humana necesaria, siempre ha sido, y siempre será, demasiado grande, impreciso, torpe, indirecto e incluso inseguro para ser el ‘hogar’ de los jóvenes que tiene que ser entrenados en las tradiciones humanas. Si el género humano no se hubiera organizado en familias nunca habría tenido el poder natural para organizarse en repúblicas. La cultura se transmite de una generación a otra en las costumbres de incontables hogares; es la única manera en que la cultura puede conservarse humana”. Y en segundo lugar: “El gobierno se hace cada día más escurridizo. Pero las tradiciones de la humanidad sustentan a la humanidad, y entre estas, la principal es el matrimonio. Y lo esencial del matrimonio es que un hombre libre y una mujer libre eligen fundar una en la tierra el único estado voluntario; el único estado que crea y ama a sus ciudadanos. En la medida en que estos seres responsables se mantengan unidos podrán sobrevivir a todos los grandes cambios, estancamientos y desilusiones que conforman la historia política”.

Luego la estrategia a seguir es bastante clara: “Hagamos que el Congreso o el Parlamento aprueben una ley que no prohíba únicamente los licores fermentados, sino todo lo demás. Que el gobierno prohíba el pan, las botas, los sombreros y los abrigos; que hagan una ley contra todos los que disfrutan con la tiza, el queso, el cuero, el lino, herramientas, juguetes, cuentos, pinturas o periódicos. Entonces, por una analogía sociológica, todas las familias del mundo se lanzarán con ansia a producir ellos mismos estas cosas, y así volverá de verdad la juventud al mundo”.

El sexto artículo – tal vez haya una segunda parte de esta profesión de fe – pasa por repensar qué es la educación:“Se dice que ha habido una crisis moral; pero consolémonos, no es más que una crisis mental”. Para Chesterton el asunto es claro: “El punto flaco de lo que se llama ‘educación útil’ es que no tiene como finalidad enseñar a los granjeros cosas que les abran la mente, sino cosas que mantengan su mentalidad reducida, incluso hasta hacerla raquítica. Sustituirán las cataratas del Niágara por una estación de servicio, un goteo de gasolina por un torrente de agua. El utilitarismo limita y reduce, exactamente igual que el puritanismo limitaba y reducía la universalidad natural del pueblo. Mientras el pueblo sea meramente el pueblo ancestral tratará cosas elementales y universales, como el agua, el fuego, la contemplación de las estrellas y de los vientos, la crianza de los hijos, el luto por los muertos, toda la grandiosidad visible y abstracta de la vida y muerte de los hombres. Pero en cuanto el pueblo se transforma en una ciudad industrial moderna, peor aún, en una escuela técnica moderna, se encoge y gira en torno a cosas pequeñas y locales: cosas peculiares a una época fugaz concreta; los juguetes mecánicos propios de nuestra época, los antídotos peculiares para nuestras enfermedades”.

Para más señas consúltese la fuente inmediata del citado “credo”: G. K. Chesterton, Anécdotas de Londres y Nueva York (Madrid 2018).

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