Esperanza


Adviento es esperanza y sin embargo: ¿Brilla en ti y en mí esa virtud? Ya lo reflejaba el Sr. Cura-Párroco de Ambricourt – aquel del imaginario de Bernanos – en un pagina, al parecer, rasgada de su “diario” de cura rural: “El pecado contra la esperanza… el más mortal de todos y, sin embargo, el mejor acogido, el más halagado. Se necesita mucho tiempo para reconocerlo y ¡es tan dulce la tristeza que lo anuncia y lo precede! ¡Es el más preciado de los elixires del demonio, su ambrosía! Pues la angustia…”. Precisamente esa misma angustia es la que le llevaba a proferir: -“Dios mío; yo he presumido de mis fuerzas. Tú me has lanzado a las desesperación como se echa al agua a un animalillo recién nacido, ciego aún”.

 

Otro testimonio de la más genuina esperanza – que bien podría convertirse en llamada de atención para ti y para mí – resultó palpable por el módico precio de “un penique” cuando el sin par Chesterton se “topó” con un catecismo por esa cuantía: “Empecé siendo lo que los pesimistas llaman un optimista; he acabado siendo lo que los optimistas llamarían probablemente un pesimista. Y no he sido nunca, de hecho, ninguna de las dos cosas y, en realidad, no he variado nada […] Pues en verdad, nunca he visto los dos lados de esta verdad única, expuestos en ningún lado, hasta que abrí un catecismo de un penique y leí las palabras: ‘Los dos pecados contra la fe son el orgullo y la desesperación”.

Para ti y para mí la cuestión no está en filosofar sino en “vivir” “en”, “con” y “desde” una verdadera esperanza. Aún así lo filosófico ayuda ya que, en palabras de un filósofo como Josef Pieper, conviene no dejar de tener presente un hecho como el siguiente: “Un filósofo nunca podría pensar en explicar la esperanza como una virtud si no fuese al mismo tiempo un teólogo cristiano. Pues la esperanza o es una virtud teologal o no es en absoluto virtud. Es virtud solo por aquello por lo que es virtud teologal”. En este orden de las cosas y como la otra cara de una moneda, tendremos que reconocer tú y yo que la desesperación y la presunción cierran el camino a una autentica oración. Pues la oración no es otra cosa – en su forma primaria de la súplica – que el lenguaje de la esperanza.

Tipos curiosos como el literato francés Charles Péguy se han llegado a preguntar si podía haber esperanza en el Corazón de Dios. Sin ánimo de “bizantinismos” – aunque pudiese parecer lo contrario – se cuestionaba: “Es audaz que Dios se confíe a la libertad de los hombres. Pero, ¿tiene sentido hablar de esperanza si lo conoce todo con antelación y es todopoderoso como para cambiarlo todo?” Para Péguy la respuesta está clara: “El pecador, que se apartó y estaba a punto de perderse, ha provocado la angustia en el corazón de Dios, en el corazón de Jesús, y la angustia ha abierto la fuente de la esperanza en este mismo corazón, el temblor y el temor de la angustia, el estremecimiento de la esperanza”. Y casi con un atrevimiento “pontificio” llega a definir: “Y así depende de nosotros que la esperanza del mundo no defraude. Depende de nosotros (¡es ridículo!) que el Creador no fracase en su obra”.

Para Pegúy todo se resolvería en un movimiento de “audacias, recíproco y libre […] Todo a la postre se basa en la esperanza recíproca, que tiene su origen en Dios […] Dios comenzó. Todos los sentimientos, todas las mociones, que debemos a Dios, Dios las ha tenido primero para nosotros”. De repente se introdujo “en el corazón de Dios la esperanza teologal […] un sentimiento desconocido, nuevo a su corazón. Nuevo al corazón de Dios – sé lo que me digo – una novedad en el Dios eterno”.

¿Qué nos toca a ti y a mí? Péguy nos diría: “Si uno ama, se pone automáticamente en dependencia del amado, en servidumbre de aquel a quien se ama. No es otra, hijo mío, la situación en que Dios se ha puesto con su amor a nosotros”. Y finalmente remataría: “Nosotros tenemos que responder a Dios con la confianza, esperar en Él. Esperar en Dios, creer a Dios, es una sola y misma cosa. Tenemos que confiar en Dios, que ha confiado ya suficientemente en nosotros”.

 

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