Auschwitz


El pasado jueves tuve la oportunidad de visitar el antiguo campo de concentración de Auschwitz en la región de Cracovia (Polonia). Auschwitz tuvo la funesta prerrogativa de ser el mayor campo de exterminio nazi. Destinado inicialmente a intelectuales polacos, se fue ampliando para acoger a prisioneros de todas las nacionalidades, aunque en su mayoría fueron judíos de todos los rincones de Europa – unos 5 millones -. El campo fue abierto por Himmler en 1940 y dirigido por Rudolf Hess. En su momento de máxima expansión el complejo constaba de 3 campos principales: Auschwitz I, Birkenau (Auschwitz II) y Monowitz (Auschwitz III); y unos 40 campos secundarios.

Una visita así no deja de producir innumerables sensaciones y experiencias de lo más encontradas. Traspasar su arco de entrada con la inscripción Arbeitmacht frei (“El trabajo nos hace libres”) conduce a la “visita turística” más extraña que uno, seguramente, pueda hacer a lo largo de su vida. Al que suscribe, durante todo el trayecto que en sí son más de tres horas, le venían a la cabeza una serie de pensamientos y sensaciones con los que últimamente he tenido que discurrir.

Uno de los recuerdos que puede evocar es un texto del filósofo de Schopenhauer que recientemente he leído con un grupo de mis alumnos. Schopenhauer haciendo un repaso por el idealismo alemán – Fichte y Schellingrepresentan para Schopenhauer “una vacuidad engreída”–, catalogando a la filosofía Hegel como “una simple charlatanería”, llega a ironizar sobre uno de los aspectos de la filosofía hegeliana en los siguientes términos: “¿Que mejor preparación para los futuros empleados y jefes de la administración pública, que esta que enseñaba a entregar por completo la vida al Estado, a pertenecerle en alma y cuerpo como la abeja a la colmena, a no tener otra mira que convertirse en engranaje capaz de ayudar a mantener en pie la gran máquina del Estado? El jefe de la administración y el hombre eran así una y la misma cosa”.

Otro de los recuerdos que pude también evocar es el impactante testimonio de Etty Hillesum, judía holandesa conversa a la fe católica que murió en Auschwitz. EttyHillesum se definía a sí misma como la muchacha que aprendió a arrodillarse. Así escribía en su diario el 12 de julio de 1942: “Dios te prometo una cosa: no haré que mis preocupaciones por el futuro pesen como un lastre en el día de hoy. Lo único que tiene importancia en estos tiempos: salvar un fragmento de Ti en nosotros. Hay gente que en el último instante, antes de ser deportados, ponen el aspirador y los cubiertos de plata a buen recaudo, en lugar de a Ti, mi Señor. Tú también vivirás pobres tiempos en mí, en los que no estarás alimentado por mi confianza. Pero créeme, seguiré trabajando por Ti, y te seré fiel, y no te echaré de mi interior”.

El último de los recuerdos que quisiera reseñar tiene por protagonista a Santa Edith Stein – Santa Teresa Benedicta de la Cruz. Nadie como San Juan Pablo II – nacido y criado en aquella región – ha expresado con mayor belleza la importancia de su testimonio para la Iglesia del siglo XX y de los siglos venideros: “Nos inclinamos ante el testimonio de la vida y la muerte de Edith Stein… Una personalidad que reúne en su vida una síntesis dramática de nuestro siglo. La síntesis de una historia llena de heridas profundas que siguen doliendo aún hoy, pero que hombres y mujeres con sentido de responsabilidad se han esforzado y siguen esforzándose por curar; síntesis al mismo tiempo de la verdad plena sobre el hombre, en un corazón que estuvo inquieto e insatisfecho hasta que encontró descanso en Dios”. El testimonio de Edith Steinresuena en el lugar de su martirio y en el de tantos millones con una resonancia ensordecedora: “La ilimitada entrega de amor a Dios y la donación de Dios a nosotros, la unión completa y duradera, es la suprema elevación del corazón que nos es posible alcanzar, el supremo grado de oración. Los hombres que lo han alcanzado son verdaderamente el corazón de la Iglesia: en ellos vive el alma sacerdotal de Jesús. Escondidos con Cristo en Dios, no pueden sino irradiar en otros corazones el amor divino de que están llenos, y así colaborar en llevar a la perfección la unión de todos en Dios, que fue y es el gran deseo de Jesús (…). El alma que en el más alto grado de oración ha entrado en la ‘tranquila actividad de la vida divina’, no piensa en nada más que en entregarse al apostolado al que Dios la ha llamado”.

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