Parroquias yankis


Hace unos días caía en mis manos un libro de un tal William E. Simon Jr. – llego a ser candidato del Partido Republicano a la presidencia del Estado de California – cuyo título es Grandes parroquias católicas. Cuatro prácticas pastorales que las revitalizan (Madrid 2018). El libro no tiene otro propósito sino el de plasmar “negro sobre blanco” una experiencia que desde 2012 se viene desarrollando bajo el nombre de Parish Catalyst – véase web – y que pretende apoyar la vitalidad y el desarrollo de las parroquias católicas constatando y compartiendo tanto las mejores prácticas como las oportunidades y desafíos.

La cuestión ha suscitado y suscita – no podía ser de otra manera – un notable interés en la vida de la Iglesia. Ya el gran teólogo Karl Rahner, allá por el año 1961, se hacía la siguiente pregunta en este orden de cosas: ¿Qué se entiende exactamente por principio parroquial?”. A la que respondía: “La situación actual exige una vida más intensa que la de otros tiempos, en la parroquia, y en este sentido una aplicación más vigorosa del principio parroquial. Nada prueba contra esta exigencia el que de hecho la parroquia de hoy (y sobre todo, los feligreses) en gran parte todavía no responden, ni llegarán a responder tan pronto, a las exigencias de la situación”. Es de “común acuerdo” que la parroquia no puede convertirse en una administración lejana, sin contacto con la gente del lugar y sin intervención de proximidad. Como escribía San Juan Pablo II en Christifideles laici: “la parroquia es la Iglesia que se encuentra entre las casas de los hombres; ella vive y obra (entonces) profundamente insertada en la sociedad humana e íntimamente solidaria con sus aspiraciones y dramas”.

De una forma más testimonial es expresada la realidad de la parroquia por parte del queridísimo párroco de Ambricourt en su Diario de un cura rural: “¡Tres meses ya! Esta mañana he rogado por mi parroquia, mi pobre parroquia, mi primera y última parroquia, pues a veces me acometen deseos de morir. ¡Mi parroquia! Una palabra que no puede pronunciarse sin emoción – ¿qué estoy diciendo? -, sin un impulso de amor. Y, sin embargo, no despierta en mí más que una idea confusa. Sé que existe realmente, que somos uno de otro para toda la eternidad, pues ella es una célula viva de la Iglesia imperecedera y no una ficción administrativa. Pero quisiera que Dios me abriera los ojos y oídos, me permitiera ver su rostro y escuchar mi voz. ¿Es acaso pedir mucho? ¡El rostro de mi parroquia! ¡Su mirada! Debe ser una mirada dulce, triste, paciente, que imagino debe de parecerse un poco a la mía cuando dejo de debatirme, cuando me dejo arrastrar por esa gran corriente invisible que nos arrastra a todos, en confusión, hacia la profunda Eternidad”.

Volviendo al libro del que parten estas líneas y a sus protagonistas – “islas de fortaleza” se llama a las parroquias – conviene, al menos, apuntar cuáles son esas cuatro prácticas pastorales que las revitalizan:

Primera. Un liderazgo compartido por parte del párroco con un equipo de laicos.

Segunda. El fomento de una verdadera madurez espiritual contando, evidentemente, con las distintas etapas de desarrollo espiritual de los fieles.

Tercera. Cuidar el domingo como día de la comunidad, dedicando tiempo, energía – e incluso dinero se llega a afirmar – a las celebraciones litúrgicas buscando la excelencia y cultivando el sentido de pertenencia a la comunidad.

Cuarto. Desarrollar una serie de actividades explícitamente evangelizadoras dirigidas a los que no participan en la vida de la fe, programas de servicio, eventos sociales, actividades de primer anuncio, etc.

Concluyo con una pregunta: ¿Existen, en estas cosas, “varitas mágicas” o “formulas secretas”? Es obvio que no. Sin embargo libros como el reseñado da al menos pie a la reflexión y al examen de conciencia o se podría decir que está en la senda de la petición formulada por el Papa Francisco en Evangelii Gaudium: “La pastoral en clave de misión pretende abandonar el cómodo criterio pastoral del ‘siempre se ha hecho así’. Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades. Una postulación de los fines sin una adecuada búsqueda comunitaria de los medios para alcanzarlos está condenada a convertirse en mera fantasía” (33).

Como en su día afirmaba mi admirado Fabrice Hadjadj en su Manual de antievangelización: “Lo cierto es que no podemos tener nostalgia de la cristiandad pasada. ¿Voy yo a blasfemar contra la providencia que me ha puesto en este momento de la historia? ¿No debería reconocer que, si he nacido en esta época, en ella se encuentra mi misión, por enredada que sea, y que no debería esperar la vuelta de condiciones más favorables para comenzar a ser testigo?”.

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