Un cordobés en la sede de Torcuato


Cuenta la Tradición de la Iglesia que “los príncipes de los apóstoles, Pedro y Pablo, escogieron a siete discípulos suyos varones bien probados; los consagraron obispos y los enviaron a España con la misión de evangelizar esta importante provincia romana. Dirigiéronse ellos a la Bética y, habiendo llegado a la importante colonia romana de Acci (hoy Guadix), se detuvieron antes de entrar en la ciudad. Encontrábase esta a la sazón en medio de grandes festejos, dedicados a Júpiter y Mercurio; por lo cual, al enterarse de las intenciones de los forasteros, salieron algunos gentiles en ademán amenazador. Ante esta actitud de los naturales, los Varones Apostólicos retrocedieron y atravesaron el río; los perseguidores quisieron darles alcance, mas al intentar atravesar el puente, se hundió este, y todos ellos perecieron. Los habitantes de Acci se llenaron de estupor al tener noticias de todos estos acontecimientos, por lo cual salió en nombre de todos la matrona Luparia, la cual se puso en contacto con los misioneros; construyose una iglesia y la población se convirtió al cristianismo. Iniciada de esta manera la actividad de los apóstoles, distribuyéronse estos por diversas ciudades, y, según refieren los documentos más antiguos, Torcuato, que en todos los documentos aparece como jefe, quedó en Acci.” (Llorca-Villoslada dixit).

El pasado martes 30 de octubre se hacía público el nombramiento – en la persona de Francisco Orozco – de un nuevo sucesor Torcuato, el mayor de los siete Varones Apostólicos. Ser sucesor de Torcuato implica sumergirse en “la sucesión apostólica” que es la figura y forma concreta de la Tradición, mientras que la Tradición es el contenido de la sucesión apostólica” (Ratzinger dixit). La sucesión apostólica es una realidad. Nadie como Ireneo de Lyon puede enseñarnos a comprender esta realidad: “La tradición de los apóstoles, manifestada en todo el mundo en cada una de las iglesias, se deja captar por todos los que quieren ver la verdad, y podemos enumerar aquellos que han sido instituidos como obispos en las iglesias por los apóstoles y a sus sucesores hasta nosotros, que nada enseñaron y conocieron de estas extravagancias presentadas por los sectarios. Gracias a este orden y a esta sucesión ha llegado hasta nosotros la tradición que desde los apóstoles permanece en la Iglesia y la proclamación de la verdad. Y es manifiesto que la fe que vivifica es en la Iglesia una y la misma, la que ha sido conservada desde los apóstoles hasta el presente y que ha sido transmitida en la verdad”.

En estas lides conviene subrayar, en todo momento, que pertenece a la fe de la Iglesia que el episcopado no corresponde al derecho humano como si pudiera darse en la Iglesia una constitución no episcopal. El ministerio de los obispos es reconocido como aquel que posee el “primer lugar” entre todos los ministerios, y de él se afirma que se remonta hasta el principio a través de la sucesión, que se realiza en la consagración episcopal (cf. LG 21). La conjugación de la iniciativa de los apóstoles y de la conducción del Espíritu permite comprender la sucesión apostólica como instrumento indispensable para entender la historia de la Iglesia antigua y nueva. Esta sucesión implica la identificación de una tradición vinculada a los apóstoles que debe ser mantenida y conservada, y la configuración ministerial del vacío dejado por los apóstoles. De ahí que la sucesión apostólica se encuentre al servicio de la continuidad en la transmisión de una tradición que no debe ser alterada por la serie de los depositarios que se suceden en el tiempo.

Aquí radica uno de los sentidos más profundos del ministerio al que ha sido llamado un cordobés de Villafranca. Pero todavía, este elemental y sencillo “abc” de la teología del episcopado, podría completarse con lo inmediato y directo de la teología parda de un personaje como George Bernanos al afirmar sin pudor ninguno: “Para ser un santo, ¿qué obispo no daría su anillo, su mitra, su cruz pectoral, qué cardenal no daría su púrpura, qué pontífice no daría su vestido blanco, sus camareros, sus guardias suizos y todos sus bienes temporales? Quién no quisiera tener la fuerza para correr esta admirable aventura? Porque la santidad es una aventura, es incluso la única aventura. Quien lo ha comprendido una vez ha entrado en el corazón de la fe católica, ha sentido estremecerse en su carne humana un terror distinto del de la muerte, una esperanza sobrehumana. Nuestra Iglesia es la Iglesia de los santos. Pero, ¿quién se preocupa de los santos? Se quisiera que fuesen viejos llenos de experiencia y de política, y la mayoría son niños”.

¡Felicidades Don Francisco!

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