Podemita por un día


¡¡¡Pues sí!!! Has leído bien. Por un día me he declarado ferviente “podemita”. El motivo es una “proposición no de ley” de Podemos (miércoles 17 de octubre de 2018) – aunque para hacer honor a la verdad hay que decir que la moción fue secundada por los grupos parlamentarios del PSOE, PP y Cs – por la que Historia de la Filosofía en 2º de Bachillerato y Ética en 4º de la Eso vuelven a ser obligatorias. Luego – como titulaba la semana pasada un diario de tirada nacional – “la Filosofía, del limbo a las aulas”.

No se trataría ahora de hacer una “loa” de “tamaña iniciativa” pero sí de decir algo con respecto al emisor y al receptor de la reciente normativa aprobada, promulgada y lista para su implantación en el próximo curso.

Con respecto a los receptores o destinatarios – francamente y por razones más que obvias espero que no caiga en sus manos un pantallazo con estas torpes líneas – al que escribe le vienen a la mente las reflexiones, verdaderamente sugestivas, que el filósofo Pascal y el Sr de Saci defendían, cada uno la suya lógicamente, al hilo de una conversación amical. El Sr de Saci conminaba a Pascal a considerar cómo determinadas lecturas no era, precisamente, “recomendables para muchas personas, cuyo entendimiento se perdería y no se elevarían tan alto como para leer a esos autores y juzgarlos, y saber retirar las perlas del muladar – aurum ex stercoreertu Tertulliani, decía un Padre -”. Pascal, ni corto ni perezoso, responde con unos argumentos que, “traducidos un poco” a un lenguaje más directo, servirían al menos para despertar al menos ferviente defensor de la “proposición no de ley” aprobada. Argüía Pascal poniendo el ejemplo de la filosofía de dos autores tan dispares como Epicteto y Montaigne: “Sobre la utilidad de esas lecturas, os escribo simplemente lo que pienso. En Epicteto encuentro un arte incomparable para turbar el reposo de aquellos que lo buscan en las cosas exteriores, y para forzarlos a reconocer que son verdaderos esclavos y miserables ciegos; que es imposible que encuentren algo más que el error y el dolor del que huyen, si no se entregan sin reserva alguna a Dios. Por su parte, Montaigne es incomparable para confundir al orgullo de aquellos que, fuera de la fe, presumen de una verdadera justicia; para desengañar a aquellos que se obstinan en sus opiniones, y que creen encontrar en las ciencias verdades inquebrantables; y para convencer a la razón de su poca luz y de sus extravíos, de modo que es difícil, cuando se hace un buen uso de sus principios, encontrar en los misterios algo que repugne, pues se vence a la inteligencia de tal modo que está muy lejos de juzgar si la Encarnación o el misterio de la Eucaristía son posibles, cosas que, con demasiada frecuencia, se plantea la gente”.

Cuestión más intrincada es la de los emisores – en una anodina unanimidad parlamentaria – de la “proposición no de ley” ya aprobada. – ¿Sería cuestión de clases de filosofía en “Galapagar”, en “Ferraz” o en “Génova”? -. Es obvio que la “aporía” se resuelva sola ya que en casa del “herrero cuchara de palo”. No obstante, por si a alguno le llegara pantallazo, me permito – con todo el respecto y el cariño posibles – evocar parte del pensamiento del Papa Benedicto XVI en un discurso pensado para la Universidad de la Sapienza de Roma y, finalmente, prohibido y no pronunciado por un “supuesto respeto a la verdad”. En aquella ocasión – todo queda en unos papeles no leídos – el Papa, en la más genuina mayéutica, se preguntaba: “¿Cómo se establecen los criterios de justicia que hacen posible una libertad vivida conjuntamente y sirven al hombre para ser bueno?”. El Papa va a responder acudiendo a su paisano el filósofo Jürgen Habermas ya que expresa, a su parecer, “un amplio consenso del pensamiento actual cuando dice que la legitimidad de la Constitución de un país, como presupuesto de la legalidad, derivaría de dos fuentes: de la participación política igualitaria de todos los ciudadanos y de la forma razonable en que se resuelven las divergencias políticas”. La pregunta del millón sería cuál es esa forma razonable por la que se resuelven las divergencias políticas. Benedicto XVI, de la mano del magisterio de Habermas, recuerda primero que no se trata únicamente de “una lucha por mayorías aritméticas, sino que debe caracterizarse como un “proceso de argumentación sensible a la verdad”. Segundo: “Los representantes de ese ‘proceso de argumentación’ público son principalmente los partidos en cuanto responsables de la formación de la voluntad política. De hecho, sin duda buscarán sobre todo la consecución de mayorías y así se ocuparán casi inevitablemente de los intereses que prometen satisfacer”. Tercero, y es donde se encuentra el meollo de la cuestión: “Esos intereses a menudo son particulares y no están verdaderamente al servicio del conjunto. La sensibilidad por la verdad se ve siempre arrollada de nuevo por la sensibilidad por los intereses”. Cuarto: “Yo considero significativo el hecho de que Habermas hable de la sensibilidad por la verdad como un elemento necesario en el proceso de argumentación política, volviendo a insertar así el concepto de verdad en el debate filosófico y en el político”.

Queridos Pablo, Pedro, Pablo y Albert, ¿os apuntáis a unas clases particulares de filosofía para crecer, aún más si cabe, en esa sensibilidad por la verdad? Poneos en el pellejo del “diecisesis añero/a” o “dieciocho añero/a” de turno y pensad si tiene sentido cargar “con un pesado fardo” – véase la Filosofía en 4ª de la Eso y 2º de Bachillerato – que no estarías dispuesto a cargarlo – con todas sus consecuencias – sobre vuestros hombros.

 

 

 

 

 

 

 

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