Coraje por no decir…


El titulo es ambivalente: Podría ser “coraje por no decir lo que alguien en coherencia tendría que decir” o bien – el tema va más bien por aquí – “coraje por no decir…” (y lo que seguiría normalmente en un lenguaje no sé si coloquial o simplemente vulgar). La cuestión es que el que suscribe ha podido leer en varias citas la palabra “coraje” en los escritos recientes de un maestro de maestros como es el teólogo Olegario González de Cardedal. Pero, ¿cómo explica el “coraje”? Si bien todavía cabría añadir otro interrogante de más calado y en el que adquiriría su verdadero significado el “llamamiento al coraje”: “¿Cuál es la fuente de la que manan nuestra vida moral y nuestra implantación en la existencia, esa que conforma nuestras disposiciones fundamentales?”

González de Cardedal nos dice que “el coraje no nace de la pasión ni del entusiasmo fácil, sino del convencimiento de cómo en ciertos momentos hay que pasar de las ideas a la acción, del retraimiento público a la participación responsable. El coraje moral nos lleva a salir de la irresponsabilidad, la cobardía, el escepticismo y la insolidaridad. Coraje dice voluntad de verdad y de justicia, esperanza y decisión, resistencia y acción. Si se pierde la esperanza se pierde la audacia”. En otro lugar lo expresa del siguiente modo: “Del corazón nace el coraje como una extensión hacia aquellas situaciones que reclaman valor y valentía. Nuestra cultura nos inclina a pensar que bastan el saber y la claridad para ser justos y buenos. La razón dice lo que es el bien, pero por sí sola no da fuerzas para realizarlo”.

Para González de Cardedal esta travesía actual por el “desierto moral” por el que transitamos “desenmascara a los cobardes y corrompidos a la vez que acredita a los fuertes y serviciales”. Prueba fehaciente de este hecho sería precisamente la tentación por la que se refiere “todo a la política esperándolo todo de ella o acusándola de todos los males, desembocando en la exasperación contra los gobernantes y en el repliegue a la inacción”. Conviene tener muy en cuenta que “cuando se ejerce el poder sin credibilidad se ejerce violencia y se empuja al desacato”. Para González de Cardedal hay una muy clara “correlación entre la ejemplaridad del que manda y la docilidad de quien obedece”. Llevando esto al límite, Ortega y Gasset escribió: «Se obedece un mandato; se es dócil a un ejemplo y el derecho a mandar no es sino un anejo de la ejemplaridad».

Como raíz remota pero profunda señala nuestro autor: “Han triunfado el intelectualismo Aristóteles en el que en el orden de la inteligencia determina el orden de la voluntad, a la vez que ha triunfado Kant con sus imperativos categóricos, poniendo al hombre ante un absoluto de exigencia, de quien sobre todo le llegan imperativos, sin que reciba a la vez la fuerza para llevar a cabo sus requerimientos, pudiendo hacer lo que quiere o debe hacer”.

En resumidas cuentas: “Solo mediante el acceso y cultivo de los primeros manantiales de la verdad y de la libertad pueden los individuos y grupos sociales mantener la dignidad siendo capaces de ejercer su protagonismo en la sociedad. Esos manantiales han sido siempre la cultura, la ética y la religión”. La reflexión de unos de los maestros de la ética del siglo XX como es N. Hartamann es clarificadora al respecto. Hartamann une, en uno de los títulos de su Ética, tres palabras que hoy nos son especialmente necesarias: “coraje moral y la alegría por la responsabilidad”. “La vida moral es riesgo y requiere coraje en todos sus momentos. Junto al coraje para la acción, está el coraje para la palabra, para la propia convicción, para la propia opinión, el coraje para la verdad…”. La alegría nace del que se atreve, piensa y trabaja, no del que esquiva convicciones. Para subrayar, aún más si cabe, González de Cardedal acude a Dante que sitúa en el vestíbulo del infierno a los que llama “ignavos”: A saber, los que vivieron sin merecer alabanza ni vituperio, porque solo vivieron para sí mismos.

 

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