El cura y la prostituta


Hará cuestión de unos meses, por aquellas cosas de la Divina Providencia, pude conocer a unos de esos tipos de los que se podría decir que estudiaron con verdadero aprovechamiento en la “Universidad de la Vida”. Una de las cosas que me comentó es que él, solo y exclusivamente, había leído un libro en su vida. Y hete aquí que la curiosidad, como no podía ser de otro modo, me llevó a hacerme de la citada y exclusiva obra. En concreto se trataba de una obra del literato francés Jacques Deval a la que nuestro José María Pemán puso la dramatización. El título de la obra es El comprador de horas y sus protagonistas son un cura, misionero, y una prostituta. Deval llega a decir de la misma que “es más osada que un cuento de Boccaccio, pero más pura que un cuento de Andersen”.

Debe ser por corporativismo o por defecto de fabricación que las “cuitas de curas” en la literatura siempre fueron un tema que me fascinó. El que suscribe le da vueltas y vueltas a la “teología” que sobre el sacerdocio proponen tipos como George Bernanos en su Diario de un cura rural: “Pagamos cara, muy cara, la dignidad sobrehumana de nuestra vocación. ¡Está siempre tan cerca de lo ridículo de lo sublime! Y el mundo, tan indulgente de ordinario con los ridículos, odia el nuestro instintivamente. La necedad femenina es ya muy irritante, la necedad clerical lo es aún más que la femenina, de la que parece a veces un misterioso vástago. El alejamiento que tantas gentes sienten hacia el sacerdote y su antipatía profunda son cosas que no se explican sólo, como quiere hacerse creer, por la rebelión más o menos consciente de los apetitos contra la Ley y quienes la encarnan… ¿Por qué negarlo? Para experimentar un sentimiento de repulsión ante la fealdad no es necesario tener una idea muy clara de la belleza. Y el sacerdote mediocre encarna la fealdad”.

La cuestión es que esta novela dramatizada va sobre un cura vasco – el padre Miguel Ibarra – y una prostituta vasca Rolanda Ustarritz – y está ambientada en “El Chorrillo”, el barrio galante y cosmopolita de la ciudad de Panamá cuando han trascurrido apenas seis años de la apertura del Canal. Rolanda vende sus servicios por “cuatro dólares… ¡doscientos francos!… veinte pesos” y el padre Miguel va a comprar sus horas para así tener oportunidad, por la predicación, de conducirla al buen camino. El padre Miguel, consciente de la temeridad de su propósito, hace ver a Rolanda que “[…] Dios está jugando su partida contigo…Antes que perder, preferirá, incluso, hacerte una trampa”. Al mismo tiempo que es sabedor también de que “el reloj de Dios, […], es como esos relojes locos en los que se no se sabe nunca nada. Tan pronto adelantan como atrasan […] Digo que todas las horas son de Dios”. Por lo que resuena aquí la enseñanza del beato Pedro Fabro: “El tiempo es el mensajero de Dios”.

La obra deja traspirar por todos sus poros el poso de la genuina sabiduría cristiana. Pruebas de ello se pueden encontrar, por ejemplo, en la presentación que Susana, compañera de oficio de Rolanda, hace del misionero: “El padre Ibarra sabe vender barato. Dice: ‘No te comprometas si no tienes aún fuerza de voluntad. Pero ven al rosario cada sábado. La Virgen tiene mucha paciencia […] A todas nos ha dicho lo mismo. ‘Si Dios me ha enviado a una parroquia de perdidas, es porque no le da miedo ver una iglesia llena de perdidas”. O en el diálogo que sobre el alma mantienen el cura y la prostituta:

Rolanda: “¿Y tú crees que yo tengo un alma? ¿Yo?

P. Miguel: “¿Con qué crees tú, entonces, que me odias, que te enfureces, que me haces frente? ¿Con qué? Tienes un alma. Y un alma que le gusta a Dios. Porque Él ama mucho la virtud. Pero ama casi tanto el valor […] Quien es capaz de amar alguna cosa, sea lo que sea, más que a sí mismo, ya posee una fuerza aprovechable.

En el desenvolvimiento de la obra cobra una especial relevancia una armónica que pertenecía a una vieja usurera a la que se conoce como la Tarántula. El gesto del padre Miguel de llevar a sus labios la armónica de la vieja, usurera y jorobada Tarántula para hacer sonar unas notas se convierte en todo un signo o “casi sacramento” que conduce a “Verdad” mayor: “[…] Tenía que sentir tu aliento, beber tu saliva para hacerte comprender que si te he hablado duramente no ha sido a ti, sino a tus pecados… Viniendo del prójimo, igual me huele tu aliento, abuela, que los perfumes de esta (Rolanda). ¿O es que te crees tú que olía a rosas en el establo de Belén… o en los calabozos del circo romano? Ya puedes irte, abuela. Y no te hagas ilusiones de ser tan mala como crees…ni de ir al infierno. Si la Gracia de Dios llueve un día sobre ti, tu no podrás escurrirte entre sus gotas”.

Ya en el meollo de la trama, Rolanda exige un signo, un milagro, para motivar su conversión: “No es a Dios al que quiero tentar… Escucha. Tengo poca paciencia. No puedo aguantar así tres días más. Quiero resolverlo de una vez. Te doy mi palabra de concederte todo lo que me pidas: arrepentimiento, huida… Pero has de predicármelo arriba, en mi cuarto. No aquí, ante la puerta. Yo juzgaré con lealtad. Pero quiero oírte ese sermón más cerca. Si veo que es verdad todo ese milagro que pienso de ti, si no desbarato yo tu orgullo, tu seguridad, te obedeceré”.

El padre Miguel es consciente de la temeridad de lo que se le pide: “Dios sabe que en ti me juego toda la parroquia… Dios me dice ‘debes’… Pero no sé si es Satanás, el diablo de mi orgullo, el que me dice ‘puedes’”. O como llega a espetarle Rolanda: “Lo veremos… Esto es ya un desafío… Dos orgullosos. Y el orgullo no es cosa de Dios. Es cosa del diablo… ¡Estoy en mi terreno!… Es él, el diablo, el que te dice ‘puedes’, ‘puedes’… El que está de acuerdo conmigo para que no puedas”.

El desenlace queda recogido en el diálogo entre Rolanda y el Procurador enviado desde el Arzobispado ante el escándalo de la presencia durante varios días del cura en la casa de la prostituta.

Rolanda: (Casi con orgullo). “Pero puedo ser la peor, Padre… ¡la peor y la que arrastre a todas! Usted no sabe, ¡usted no es el párroco de Chorrillo! Además, para él cuentan las cosas sencillas, que usted no ve, quizá desde su montaña. El es de Etchecoa, yo soy de Hesparren. No le dejaba dormir el que hubiera una mujerzuela vasca en su parroquia… Se decía a sí mismo que eso no estaba bien; que la tierra no cuenta; que todas debían ser iguales… ¡Pero era conmovedor ver esa debilidad de niño…en ese Hércules, duro como una peña!”.

Procurador: “Ese Hércules…”.

Rolanda: “Sí…Porque yo le propuse un trato. Me confesare – le dije – tomaré el primera barco, si veo en ti un milagro”.

Procurador: “A Jesús se lo pidió Herodes, ¡y no lo hizo!”.

Rolanda: “Le exigí que su sermón fuera allá arriba… solos… ¡Es mucho más hombre, que eso que se las dan de fuertes… y acaban todos haciendo lo que yo quiero! Hablaba, hablaba, me pedía, me lloraba, por mi alma… siempre. Un instante hubo en que casi falté a la lealtad de lo tratado. Quise perderle. Tendí los brazos hacia él… Loca de no sé qué: de despecho, de admiración… Lo tenía ya a un dedo, cuando renació en él, como una llamarada, el campesino vasco. Creí que iba a abotearme… O a tumbarme, de un empujón, como un árbol… Y yo lo sé: sacaba fuerzas… de su propia, terrible, debilidad”.

Procurador: “Sí… sí… en las vidas de los santos se leen esas cosas. Pero también te voy a decir una cosa. Se puede pecar por el orgullo de imitar a los santos. La santidad no se apuesta. Sale sola: como una botella de licor maravilloso que Dios nos regala, y nos mete una de contrabando”.

Rolanda: “No sé… Usted hablaba muy pensado. Él no pensó. Obedeció a su locura… A él le metieron ese contrabando. Ha sido un mártir a mi lado…”.

Procurador: “Puede que en el infierno haya no pocos aprendices de mártires… Muchas veces, quizás, en el Circo de Roma, era el diablo el que murmuraba: ‘Entra con valor… ten fe… Dios hará el resto… los leones no te morderán. Te lamerán las manos… Como en aquel y aquel caso…’. Y quizás alguno muriera maldiciendo a Dios”.

Rolanda: “A este no. A este le lamieron las manos los leones… Al fin, extenuado, suplicando, se durmió ahí de rodillas… Yo hubiese podido besarlo. Le besé el borde de la sotana… Luego yo también me dormí, cansada, rendida… pero pacíficamente…”.

Ya en el desenlace, Rolanda, para la que todo lo dicho por el Procurador “suena a expediente, a oficina…”, ha entendido que “[…] Cristo tomó figura de hombre… De niña, en Hesparren, yo no sabía rezarle más que a aquel Cristo de la Parroquia, con cara de aduanero malhumorado. Horrible. Pero… ¡otro no me valía! Una es así, torpe. Y ahora una está convaleciente… Ustedes hablan mucho de Cristo… Pero para mí ha tomado carne en unos ojos duros, una boca fruncida…”. Y el padre Miguel llega a valorar su aventura en los siguientes términos: “[…] he pecado de orgullo y de celo exagerado […] No sé si Dios se valdrá de mis locuras para hacer bienes. Él hace esas cosas. Pero eso es cosa suya, tú no puedes irte creyendo en un milagro no reconocido por la prudencia de mis superiores, y que sólo fue una temeridad”.

Telón.

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