Religiosidad del españolito/a de a pie


Este verano he leído una obra del filósofo Manuel García Morente (1886-1942) titulada Idea de la Hispanidad. Mi propósito, ahora, no sería precisamente “vomitar” una reseña de la misma aunque el que escribe la definiría como altamente recomendable, más para los tiempos que corren – prueba de ello son algunos de los interrogantes que intenta resolver: “¿En qué consiste la hispanidad? ¿Qué es esa España idéntica y diversa a lo largo del tiempo?”-. Simplemente voy a entrecomillar – Estimado Presidente, Don Pedro Sánchez, las comillas son unos símbolos cuya grafía sería la siguiente: “ ” – unos pasajes en los que el filósofo nos puede ayudar a comprender “la religiosidad del españolito/a de a pie” – que todo hay que decirlo, realmente sigue existiendo aunque, en comparación con el panorama que veía el filósofo, el nuestro sea anémico o “comatoso”-.

Dice el filósofo – y creo que con mucha razón – que la característica del alma española se manifiesta en un matiz original y propio […] el realismo de la fe”. Pero, ¿qué es este realismo de la fe? Para el filósofo el realismo de la fe consiste en que el alma “asiente a la revelación divina con tal plenitud de objetividad, que sólo es comparable con la objetividad con que creemos firmemente en la realidad de lo que directamente estamos viendo y tocando. Y añade ensalzando la tan citada “fe del carbonero”: “El alma del español cree en Dios y en los contenidos de la revelación divina con la misma tranquila e inquebrantable certidumbre con que cree en la existencia y en las particularidades del mundo que lo rodea. Para el caballero cristiano, el contenido de la fe no es jamás problemático ni en conjunto ni en ninguna de sus partes o elementos. No creo que exista en la humanidad fe más directa, robusta y plena que la del hombre hispánico. Es la fe del carbonero”.

Esta fe, y su ya consabido realismo, produce la siguiente vacuna: “El alma española no puede derivar hacia el subjetivismo del sentimiento religioso, porque para ella la fe no es una emoción sentimental, sino el ascenso racional del espíritu entero a la revelación divina, ni tampoco puede incidir en el racionalismo idealista, porque para ella los objetos de la fe no son símbolos creados por necesidades del pensamiento, sino realidades plenas de sustancial objetividad más cierta aún e indubitable que la del mundo mismo y la del mismo yo”.

Mas todavía se podría traer a colación una segunda característica de la religiosidad del españolito/a de a pie. García Morente la define como el realismo personalista español – en una palabra, el español/a estima la realidad de la persona por encima de lo que la persona pueda poseer -. El españolito/a de a pie no reconoce gustoso más jerarquías que las fundadas en valores personales”. Así se puede comprender la falsedad de uno de los multiseculares mitos que se cargan sobre nuestras espaldas: Se dice con razón que el español es difícil de gobernar. Y se agrega – sin razón – que es poco disciplinado. […]”. Es claro y rotundo el filósofo al respecto: “El español obedecerá gustoso a un jefe que tenga las condiciones personales, físicas, morales, intelectuales o metafísicas del auténtico jefe. A este jefe real, el español le obedecerá con disciplina interna. Pero al que no tenga más título para la jefatura que un nombramiento legal o una votación nutrida, el español no le entregará fácilmente su obediencia”.

Este “lealismo español” – aquí se encuentran las mas enjundiosas páginas del libro – se manifiesta singularmente en el “carácter notablemente personal de la devoción española a la humanidad de Jesucristo”. “El cristiano español es especialmente devoto de la santa humanidad de Nuestro Señor precisamente porque el alma hispánica no puede fácilmente distinguir entre la doctrina y la persona. Cristiano significa aquí, entre nosotros, con un acento especialísimo, que no tiene acaso en ninguna otra parte, secuaz de Cristo, no solamente confesor y propugnador de las verdades religiosas y morales enseñadas por Cristo, sino adicto a su persona humana, soldado de su hueste, siervo de su casa, discípulo de su magisterio. Y no sólo secuaz y siervo de Cristo, sino imitador de Cristo, remedador en todo lo posible de la perfección con que la humanidad de Cristo realiza la armonía entre la doctrina y la persona”.

Todavía restaría comentar dos determinantes medios para la vivencia del “lealismo español”. El primer medio es el que viene dado por una seria estima de lo que supone la espiritualidad y su realización más concreta que es la oración. “La oración – es decir, el descenso del alma al fondo de sí misma en busca de Dios – nos pone en contacto con nuestra más íntima y propia esencia; nos descubre nuestra personalidad más auténtica; nos hace ver lo que en última realidad somos y queremos verdaderamente. Ahora bien; la acción humana más eficaz y fecunda en esta vida terrestre es también la que nace de los más hondos y propios senos de nuestra persona – aquellos a que descendemos solamente en la oración y meditación -. Lo que tuerce, malogra y aniquila las vidas de los hombres es la infidelidad – la traición a Dios, la traición a sí mismos, la traición a la patria -. La oración, empero, conduciéndonos a través de las estancias del alma hasta la última y más recatada, en donde mora latente, pero siempre operante, nuestro mejor y más verdadero yo, nos disuade de las actividades superficiales y falsas y nos invita con dulce tenacidad a la acción verdadera, llena de forma propia y de estilo auténtico”.

El segundo medio se podría definir como honestidad caballerosa: “En toda alma humana, incluso en la del más refinado intelectual, hay, sin duda, una gran porción de elementos automáticos, mecánicos, que actúan sin haber sido previamente depurados por un esfuerzo consciente de esclarecimiento espiritual. Pero justamente el hombre de meditación se distingue de cualquier otro tipo humano por el afán más o menos eficaz de dar a la sustancia de su alma la mayor posible claridad – claridad en los propósitos, claridad en las motivaciones, conciencia clara de los sentimientos que accionan la conducta”.

Lector inquirat.

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