Discusiones bizantinas


Una discusión bizantina – el Diccionario de la RAE dixit – es la que se podría calificar como “baldía, intempestiva o demasiado sutil”. Un ejemplo clásico de una de estas discusiones sería el que vendría dado por la pregunta acerca del sexo de los ángeles. Si bien, en nuestros días, tal vez no sea esa la discusión más difundida ni seguramente la más útil. El problema viene dado cuando no hay más que, digámoslo así, “bizantinismo” en lo que tiene de baldío y no se alcanza un mínimo común denominador o el “apasionamiento” o la “tendenciosidad” nublan una búsqueda de la verdad que, por fuerza, ha de ir unida a una virtud tan denostada como es la humildad. Pongamos, ahora, unos ejemplos.

Un primer bloque podría venir dado por estas preguntas: ¿Se puede juzgar un hecho del pasado con la mentalidad del presente? Si existe la crítica histórica, ¿qué instancia calificaría el acercamiento o no acercamiento a esa verdad? ¿Se da algún crédito a la autocrítica? ¿Cómo evitar la tentación de lo tendencioso? ¿Quién evaluará ese trabajo de Historia?

Un segundo bloque estaría en el estante del “europeísmo sí” o “europeísmo no”: Europa, ¿simple Unión de mercaderes? ¿Europeísmo como solución a todos los males o escepticismo nacionalista microbiano? – Véase versión breve de la pregunta: Alemania, ¿amiga o no tan amiga? -. Con la inmigración, ¿salir al paso o buscar soluciones a largo plazo? ¿Desde dónde se tendría que partir: Europa o África? ¿Hay integración real de la población musulmana o no queremos ver la floración “coliflorígea de guetos”? ¿Turquía en la Unión Europea?

En el tercer bloque nos adentraríamos en las “arenas movedizas” de la política o, mejor dicho, de unos fundamentos no directamente políticos. Algunos de ellos serían: ¿Freír a impuestos o priorizar el gasto social? ¿El setentayochista “café para todos” de 17+1 gobiernos o la solidaridad y la subsidiariedad bien trabadas? ¿Derechos del trabajador o cierto margen de maniobrabilidad para el empresario? ¿Tienen los hechos diferenciales algún límite o mejor optar por el faire laissez – que dicho sea de paso ya se sabe hacia dónde nos lleva –? ¿Más sanidad pública o privatizar hospitales? ¿Fructífero o contraproducente apoyar – económicamente se entiende – al cine español?

En el cuarto y último bloque se podría situar el mundo de la educación con preguntas tipo: ¿Escuela concertada sí o escuela concertada no? ¿Pretender la arcadia de la excelencia educativa o gestionar de tal modo que se erradique el fracaso frustrante” por la “arcadia del mismo rasero”? ¿Ir al instituto como tierno infante saliente o esperar a una maduración en la propia salsa? ¿Filosofía y Literatura son, ya a estas alturas del partido, trastos inútiles para almoneda?

Dicho lo cual, o mejor dicho “formulado lo cual”, no podría resistir a la tentación de sacar a la palestra al simpar Chesterton que, ante preguntas como las citadas, comentaría sin ningún tipo de rubor: “En pocas palabras, en lugar de preguntarnos si nuestros arreglos modernos, nuestras calles, comercios, negocios, leyes e instituciones concretas son adecuadas para el ideal primario y permanente de una vida humana y saludable, se niegan a admitir esa vida humana y saludable en la discusión salvo en momentos muy concretos, y aun entonces sólo para preguntarse si esa vida humana y saludable es adecuada para nuestra calles y comercios”.

Decía el filósofo Manuel García Morente que “el problema inmediato que se plantea es el de descubrir, definir, explicar en qué consiste ese “sí mismo”, al cual la nación española ha permanecido siempre fiel? […] ¿Sobre qué objeto recae esa adhesión de todos?”.  Tal vez perdamos demasiado tiempo en discusiones bizantinas – seguramente también necesarias – cuando deberíamos buscar más lo común, lo que pueda aunar. Difícilmente una sociedad como la nuestra podrá nunca crecer en una verdadera dirección si carece de un símbolo que pueda unificar, que pueda ayudar a coger perspectiva en las tan y traídas y llevadas, por este artículo, discusiones bizantinas. En una palabra, ¿en qué figura podríamos simbolizar el lugar al que queremos llegar o el estilo a desarrollar? ¿Qué lugar ocupa la vida humana y saludable en nuestras discusiones?