Peregrinos


El difícilmente descriptible “birlibirloque” de la Providencia hace que cada año pueda acompañar a un nutrido grupo de peregrinos – 47 para ser más exactos – de Hinojosa del Duque y Belalcázar – en esta ocasión también de Almodóvar del Río – en su peregrinación – los días del 3 al 7 de septiembre – al Monasterio de Guadalupe para postrarse de hinojos ante la que fue definida por Miguel de Cervantes en el Persiles como Emperadora de los Cielos. Experiencias como esta también son difícilmente descriptibles ya que sensaciones, vivencias y recuerdos no siempre son fácilmente plasmables “negro sobre blanco”. Aún así algo se puede decir; siempre con la humildad del que sólo pretende barruntar o atisbar.

Lo primero en este “aturrullado” intento de descripción de la fe de unos peregrinos será comprobar el estado particular del microscopio” usado. En una palabra, los ojos con los que se les mira. Decía Newman que “los ojos groseros no ven; los oídos duros no oyen” y que grave error sería pensar que “cada cual está al mismo nivel que su vecino”. De ahí que la gran cuestión venga dada por una pregunta como la que sigue: ¿Qué he visto y qué he podido aprender de la fe de los peregrinos? Sin olvidar, claro está, que “no hay ningún análisis que sea tan sutil y delicado como para representar adecuadamente el estado anímico propio de la fe”.

Una primera lección la formulo, también con Newman, a través de interrogantes: “¿Confía un niño en sus padres porque ha demostrado que lo son, y ha demostrado que pueden y desean tratarle bien, o sencillamente por el instinto de afecto?”. La pregunta es apostillada por Newman con su famoso “creemos porque amamos”. Pero incluso para el más escéptico todavía sería útil abrirse al siguiente interrogante: ¿Dirá alguien que un niño o una persona sin instrucción no puede actuar saludablemente por fe, sin ser capaz de manifestar las razones de por qué actúa de aquella manera? Ante la fe de los peregrinos qué sentido tendría embotarse con preguntas tipo: “¿Qué idea suficiente posee de las garantías racionales del cristianismo? ¿Qué prueba lógica de su origen divino?”. La mujer enferma de hemorragias del Evangelio – como también pensaron los peregrinos al besar el manto de la Virgen – pensó que sanaría tocando en secreto el manto del Señor y así ella misma recibió ánimos del Señor, y precisamente por el fundamento de su fe. Así, puede que la fe de esta mujer – como seguramente la de los peregrinos – fuese de “gran calidad” (Newman dixit).

La segunda lección, sigo con Newman, podría enunciarse en estos términos: “Confiar en otro […] es reconocerse inferior a él”. En las cosas de Dios – y lo he podido barruntar en los peregrinos suele suceder que “los que no saben nada de las heridas del alma no llegan a considerar la cuestión ni se dan cuenta de sus circunstancias. Hay dos cosas a las que se podría calificar como indubitablestras casi 140 kilómetros de peregrinaje: “La infinita bondad de Dios y,  por otra parte, nuestra miseria y necesidad extremas”. Precisamente decía Chesterton que “el fundamento del cristianismo es que ningún hombre puede ser un héroe para sí mismo.

La tercera lección, no sé si tal vez más teológica, es, en realidad, invitación a poder percibir que “nada imprime tanto en nuestra mente que Cristo participa realmente de nuestra naturaleza y es un hombre en todos los aspectos, excepto en el pecado, como el hecho de asociarle con la figura de Aquella por cuyo ministerio se hizo nuestro hermano”. La devoción a María entraña, por tanto, una fe que no encuentra su hábitat precisamente en principios, o ni tan siquiera en normas, sino en las “razones del corazón” de las que hablaba Pascal, en las heridas del alma a la que sólo una Madre puede poner un primer “apósito” y acompañar junto a la cama de hospital” que a veces puede llegar a ser la vida.

Comenzaba preguntándome: ¿Qué he visto y qué he podido aprender de la fe de los peregrinos? Concluyo con las palabras en la Catedral de Birmingham de un Newmanrecién ordenado sacerdote: “Yo no quiero que vuestras expresiones digan más de lo que realmente sentís […] No obstante de una cosa podéis estar seguros […]: el único camino para entender los sufrimientos del Hijo es penetrar en el sufrimiento de la Madre. Poneos al pie de la cruz, mirad a María de pie allí a sus pies, con los ojos en alto, traspasada por la espada. Imaginad sus sentimientos y hacedlos vuestros. Que Ella sea vuestro gran modelo”.