Magis


Justamente mañana, 31 de julio, es el día de San Ignacio de Loyola. Un tipo cuya vida y pensamiento podrían resumirse con el “latinajo” que estas torpes palabras – malamente hilvanadas – llevan por título: Magis (y que sencillamente significa “más” y que viene a ser un “versionado” del duc in altum (¡rema mar adentro!) de Jesús de Nazaret). Dicho lo cual, lo que a continuación se propone es un elemental examen de conciencia sobre si el “magis de Ignacio” salpimienta las salsas de nuestra vida. Los condimentos los pone mi amigo – a través de los libros – Fabrice Hadjadj (Nanterre, 1971), francés de origen judío, apellido y familia tunecina, padres maoístas, con pasado nihilista y revolucionario, converso desde 1998 y padre de siete hijos.

Se pone el “magis de Ignacio” a la vida de la Iglesia cuando somos capaces, primero, de hacernos interrogantes como los que siguen y, segundo, cuando dichos interrogantes nos dejan con un cierto “resquemor o mueca de pensativo”: “¿A qué grandes cosas se les llama a los cristianos hoy? ¿Por qué se les ha predicado tanto una humildad separada de la magnanimidad hasta tal punto que ya solo aparece como bajeza complaciente, muy lejos de la heroicidad a la que aspira, por ejemplo, un corazón joven?”.

En este orden de las cosas, conviene no olvidar que lo que, y son palabras de Santo Tomás de Aquino en la Summa Theologiae, “nos hace tender hacia lo difícil es la dilatación del corazón. Por eso los jóvenes son atrevidos”. Pero, ¿qué ocurre cuando un joven tiene la impresión de que no tiene porvenir? ¿Por dónde intentará encontrar una salida su ardor natural? Dicho lo cual, tampoco conviene olvidar que la esperanza también está causada por una juventud sobrenatural, la de Dios (“Dios es más joven que todo”, dice San Agustín en su De genesi ad literam).

Se pone el “magis de Ignacio” cuando nos paramos a “pensar un poco más allá de nuestros clichés” y llegamos a éstos o semejantes pensamientos en un tema tan inmediato – para muchos prosaico y para otros lírico – como es el matrimonio: “Si el entorno de mi matrimonio ya no es el de una cultura de crecimiento lento y cosechas precarias, con sus instrumentos de música en donde la labor obra con trozos de madera y cuerdas de metal el infinito de las sonatas y de las canciones; si ya solo es el del ‘surf’ sobre las ‘apps’ ultrarrápidas, entonces las nociones mismas de fidelidad y de fecundidad se transforman: la fidelidad se transforma en exactitud de reloj, desprovista de drama y, por tanto, cerrada al perdón; la fecundidad, en experiencias innovadoras, en las que el hijo aparece ante nosotros menos novedoso que una blockchain”.

Se ve que hay cierta ausencia del “magis de Ignacio” cuando espacio y vida pública podrían ser descritos en estos términos con un cierto éxito de consenso: “El espacio público occidental se caracteriza por un vacio desconcertante: está ausente la cuestión del sentido (reemplazada por la del crecimiento económico). Toda sabiduría y toda cuestión religiosa se excluyen y se remiten al ‘ámbito privado’. Cuando se afeitan por la mañana o en la soledad del cuarto de aseo, nuestros políticos son asaltados con frecuencia por la búsqueda de la alegría y de la angustia de la muerte. Por esa razón consultan el teléfono inteligente hasta en el váter. Necesitan el runrún de las infos para dejar de sentir su corazón y centrarse de nuevo en los problemas de su especialidad. […] Cuando hoy se habla de ‘moralizar la vida política’, se habla exclusivamente de deontología en los negocios, porque esa vida política se sitúa, de entrada, fuera de cualquier elevación moral (con su exigencia de justicia) para detenerse en el nivel de la solución técnica (con sus mecanimos de ajuste)”.

Pero todavía habría un flanco en el que el “magis de Ignacio” tendría que estar mucho más presente si cabe: el diálogo. Claro que para llegar a un cierto sentido habría que comenzar por intentar responder a una pregunta tan sencilla como la que sigue: “¿Qué cosas tiene un diálogo de verdad? Y responder a la pregunta necesitaría de la aclaración – a todas luces generosa – de lo que implica un verdadero diálogo. Por eso solamente hay diálogo: 1º si acepto ser corregido por mi interlocutor, lo cual implica, por mi parte, reconocer su aptitud para razonar como yo; 2º si no caemos en el relativismo, ya que, cuando todas las opiniones están al mismo nivel, nadie puede corregir a otro. Ya lo dijo Sócrates en el Gorgias: “Voy a exponeros lo que pienso y, si alguno de vosotros piensa que me hago concesiones erróneas, que me corrija y me refute”.

¡¡¡Ánimo!!! ¡¡¡Duc in altum!!! ¡¡¡No te conformes con ser marinero en el Parque del Retiro!!! ¡¡¡Magis!!!

 

 

 

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here