Teología de Joselito “el Gallo”

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Para hablar con precisión se debería matizar del siguiente modo: Teología de los diestros Joselito “el Gallo”, Pepe-Illo” y “Montes” en el pensamiento del poeta José Bergamín cuyas fuentes se encuentran en El arte del Birlibirloque (1930), La estatua de Don Tancredo (1934) y El mundo por montera (1936). Precisamente en el prologo a la edición conjunta de estas tres obras (Editorial Renacimiento, año2016) llega a afirmar José Antonio Morante Camacho “Morante de la Puebla”: “¡Quién me iba a decir a mí, cuando buscaba la explicación de los secretos del toreo, que esta me llegaría de la mano de un poeta! Aunque qun mejor que un poeta para explicar lo inexplicable”.

El hecho es que Bergamín no ve muy lejos Teología y Arte de Cuchares y prueba de ello es su descripción del “ser del teólogo”: “El torero, como el teólogo, es el hombre que mejor se entrega a esa voluntad de su Dios, santificando de este modo la suya propia. Por esto es el hombre que mejor hace, o mejor se hace, santísima su voluntad, haciendo su santísima voluntad en todo lo que hace. Mientras quiere Dios, el teólogo; lo cual, traducido al lenguaje imaginativo del toreo, es para el torero, mientras quiere el toro”. Así llega a definir con rotundidad y como si se tratase de una Declaración de Principios: “La filosofía cristiana, y no hay otra birlibirlógicamenteverdadera, es la que se niega a sí misma, o se burla, según Pascal, para afirmarse, positivamente por la fe, por la cruz: como el toreo”.

Como si se tratase de todo un San Antón Abad o un San Pacomio describe Bergamín la esencia de la Tauromaquia con un pensamiento propio del más profundo Tratado Espiritual de los Padres del Desierto: “Al toro se le engaña como al Diablo (en este caso, es el Diablo), contando con él; y respetando siempre sus derechos: es parte interesada”. No menor destreza exhibe el poeta en la comprensión de la teología luterana en la que ve un cierto remedo o imagen en el tan denostado por él Juan Belmonte: “Belmonte fue un rencoroso Lutero empeñado en verificar moralmente, tramposamente, lo que es mentira, burla, gracia, el arte del Birlibirloque de torear”. En otro pasaje remacha inmisericorde: “El protestantismo belmontista ha ennegrecido sombríamente el toreo, apagando tristemente sus luces con el oscuro capirote de la tontería moral”.

No queda a la zaga en su comprensión de la espiritualidad ignaciana al definir la inexorable conjunción de razón y fortuna en la tauromaquia: “En el toreo, ejercicio físico y metafísico de la razón, como en el espiritual que inventó San Ignacio, se calculan cuantitativamente las condiciones vivas de la verificación de la gracia. Suprema ciencia, o arte grande como el de la contemplación luliana, pues dobla el juego de la vida con el de la verdad, afirmándolo ordenadamente, como Santo Tomás, en perfecta correspondencia. La naturaleza – decía el alquimista – sólo se vence con la naturaleza: y del mismo modo lo sobrenatural; hay que contar con Dios si se quiere vencer al Diablo: y a la inversa. Las maquinaciones del toro se dominan como las del Diablo: con naturalidad y sobrenaturalidad; es decir mecánicamente”.

Con no menor soltura se maneja Bergamín en el conocimiento de nuestro Siglo de Oro y sus “cuitas espirituales”. Prueba de ello se encuentra, por ejemplo, en su descripción del conductismo del cornúpeta: “Sólo así, a bulto, decía Santa Teresa que sabemos que tenemos alma: por sentido común; oscuramente. El toro, sabe de ese modo ciego, también por sentido común (el propio suyo), que tenemos cuerpo”. También prueba de ello se encuentra en su ácida crítica al Tancredismo o quietismo: “¿Y es que no hay en todo el iluminismo o alumbrismo español – del que, por otra parte, no sé si se puede con más razón achacarse contagio a Molinos que, por ejemplo, a su maestra y gran salvadora ortodoxa del alumbrismo, a Santa Teresa -, es que no hay en todo el misticismo español, cuando no hay picaresca, un tancredismoimplícito y aún, muchísimas veces, explícito? ¿Pues, qué no es la misma humana figura de la santa de Ávila, con toda su genialidad, y también con toda su testarudez, su santa obstinación, un encastillamiento místico de la voluntad, de su santísima voluntad, cuajado en una especie de tancredismo que, exteriorizándose, se hacía, por así decirlo, funcional o fundacional?”.

No sería verdadera teología tampoco si en su pensamiento no tuviesen cabida los grandes clásicos. Véase por ejemplo san Agustín: “San Agustín se ríe del tancredismo, porque san Agustín, como es natural, está siempre de parte del toro. Pero del toro bravo, porque no lo está por compasión, sino por simpatía”. Véase por ejemplo santo Tomás de Aquino al que, con un sutil dominio de la Angeología, se atreve a contradecir: “El torero que enciende su cuerpo, su figura, de inteligencia, torea como los ángeles: como los ángeles si tuvieran figura geométrica torearían, si pudieran pasar por la mitad para ir de un lado a otro, contradiciendo la proposición teológica de Santo Tomas. Un ángel va de un lado a otro sin pasar por la mitad – dice el teólogo -; y un torero no; porque el torero sabe que la mitad es la distancia justa que equilibra todo el juego birlibirloquesco de torear. El torero es un ángel luminosamente geométrico: un ángel visible y natural. El ángel de la guarda de las distancias. El ángel con espada y muleta de fuego a la puerta del paraíso birlibirloquescoterrenal”.

Ya, por último, sería una teología incompleta si en ella no tuviese cabida la Mariología: “El toreo, descendiente de la caballería, descendiente de ella, por un empeño caballeresco de a pie, voluntad de dominio, de señorío, de posesión o posición inteligente, tiene en la Virgen advocada, la Dama de sus pensamientos: singularmente, en la Inmaculada Concepción. El torero, como Descartes, epígono escolástico, ofrece a Nuestra Señora la invención geométrica de su arte, o de su ciencia: de su birlibirlomaquiología”.

Post data: Ya, de antemano, advierto que lo mismo puede caer una próxima entrega titulada Filosofía de Joselito “el Gallo”.

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