Sentido del humor

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Decía el sin par Chesterton que “el humor equivale a la humana virtud de la humildad, y es aún más divino porque, por el momento, captar mejor el sentido de los misterios”. Precisamente, reflexionando sobre el humor en la literatura, llega a afirmar: “Apareció con el gran Cervantes un elemento nuevo en su expresión explícita: esa gran cualidad cristiana del hombre que se ríe de sí mismo. Cervantes era él mismo más caballeroso que la mayoría de los hombres cuando comenzó a burlarse de la caballería. Desde entonces, el humor en este sentido puramente humorístico, la confesión de complejidad y debilidad […], ha sido una especie de secreto de la alta cultura de Occidente”.

Precisamente he podido encontrar, no hace mucho, ese “secreto de la alta cultura de Occidente” en la obra del periodista y escritor Manuel Chaves Nogales (1897-1944) – ¡¡¡Cuidado!!! No confundir con nuestro eminente estadista Manuel Chaves González -cuyo título es Juan Belmonte, matador de toros (me he manejado en la edición de 2018 – la décima – de Libros del Asteroide) y que, evidentemente, narra andanzas y hazañas del célebre diestro trianero (1892-1962) cuyo nombre da titulo a la biografía novelada de que se trata.

Muestra de fina ironía y sentido del humor es ofrecer del siguiente modo las cartas credenciales de “uno” como persona: “El Juan Belmonte de aquel tiempo era una creación mítica de sus paisanos. Yo era lo que ellos querían: bueno o malo, valiente o cobarde, feo o guapo, simpático o antipático, según querían la imaginación y el fervor de aquellos millares de seres que hacían de mí el objeto de sus discusiones y apasionamientos, de su capacidad para elaborar leyendas y hasta de lírica inspiración […] Se hizo de mí una figura patética en la que cada cual veía el atributo de su propio patetismo”.

Muestra de “gracia” y sentido del humor es la celebérrima anécdota del encuentro del aún jovencísimo novillero con el escritor Ramón María Valle-Inclán. Belmonte, a través de la pluma de Chaves Nogales, la narra así:

“Don Ramón era, para mí, un ser casi sobrenatural. Se me quedaba mirando mientras se peinaba con las púas de sus dedos afilados su barba descomunal, y me decía con un gran énfasis:

-¡Juanito, no te falta más que morir en la plaza!

-Se hará lo que se pueda, don Ramón – contestaba yo modestamente”.

Pasaje delicioso también es el narrado cuando a la vuelta de una de sus campañas en América, fue tal la acogida que le brindaban sus vecinos trianeros que en aquella excitación “al pasar por delante de la Iglesia de Santa Ana se le ocurrió a alguien entrar en el templo, coger las andas de la Virgen” para pasear procesionalmente a Juan Belmonte por las calles de Triana. “El sacristán, asustado por la actitud apremiante de aquellos locos, avisó a la cura de la parroquia, que se presentó furioso ante aquella amenaza de sacrilegio y arremetió contra los que tal desmán se proponían, hasta que consiguió imponerse a fuerza de gritos y amenazas.

-¡Sacrílegos! – gritaba el cura congestionado -. Haré llamar a la Guardia Civil para que defienda el templo de vuestra barbarie. ¡Las andas de la Virgen para pasear a un torero!

¡Horror de horrores! ¡Sacrilegio!

La santa indignación del párroco y la amenaza de la Guardia Civil hicieron retroceder asustados a los que iban por las andas. El cura, fuera de sí, quería echarlos a latigazos. Me han contando que a poco muere del berrenchín.

Me contaron también que luego que hubo desalojado la iglesia de importunos y cuando al fin atrancó las puertas y se dejó caer, rendido en un sillón de la sacristía, sacó su gran pañuelo de yerbas, se lo pasó por la frente sudorosa, se serenó un tanto y comento lastimero:

-¡Sacrílegos! ¡Las andas de la Virgen para llevar a Belmonte! ¡Qué barbaridad!

Hizo una pausa en su monólogo, y agregó:

-¡Si siquiera hubiese sido para llevar a Joselito!”.

Sentido del humor se puede encontrar también en la narración de la queja de un conocido que se marcha de Madrid a su Sevilla natal “porque no le habían dado parte de la muerte de un vecino, y porque quería en su velatorio se contasen ocurrencias y se bebiese aguardiente de Cazalla”:

“-Que yo no vivo tranquilo en su sitio donde se muere el vecino del piso de arriba y el de abajo no se entera. Que yo estaba esta mañana sentado a la puerta de mi cuarto esperando a que bajara el vecino para darle los buenos días y, en vez de bajar el vecino por sus pies, han bajado la caja de palo en que se lo llevaban. ¿Somos hombres o somos bestias? En Sevilla, cuando se muere un vecino, se entera toda la vecindad y se le hace un velorio como Dios manda, y se pasa la madrugada hablando de él, y contando sus cosas, y llorándole, y sintiéndole, y si a mano viene, tomándose una copita de aguardiente a su memoria. ¡Lo que es de ley, señor! Pero eso de que a uno lo guarden, de la noche a la mañana, como se guarda un trasto que ya no sirve, no lo consiento, ¡ea! Que me voy a morirme a mi Alameda, a mi barrio, a donde haya unos vecinos que vengan a mi velatorio y lloren por mí. ¡Que no se muere un perro, señor!”.

En resumidas cuentas: “Se torea como se es” (Juan Belmonte dixit).

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