Ultreya


Ultreya era el saludo con el que los peregrinos del Camino de Santiago se saludaban: ¡Vamos más allá! ¡Vaya adelante! A este grito se solía responder: Et susesia (y más allá). Tal vez en este grito se encuentren algunas de las razones desde la que poder vislumbrar el plurisecularsecreto del Camino de Santiago que un servidor, en una versión reducida, ha podido realizar en estos días junto con: Marina, Cristian, Dani, María, Lidia, Antonio, Pedro y Ainhoa – entre doceañeros y veinteañeros -.

Es evidente que el Ultreya et suseia sólo puede ser pronunciado con propiedad por aquel que realiza la marcha con una verdadera motivación, ilusión o quizá, para expresarlo con mayor corrección, con una “verdadera esperanza”. En estas lides conviene echar mano del certero pensamiento de un tipo como el filosofo alemán Pieperpara el que “un filósofo nunca podría pensar en explicar la esperanza como una virtud si no fuese al mismo tiempo un teólogo cristiano. Pues la esperanza o es una virtud teologal o no es en absoluto virtud. Es virtud solo por aquello por lo que es virtud teologal”.

La experiencia del Camino de Santiago suele ir aparejada a la experiencia de una no sola amistad o convivencia sino que, para expresarlo con mayor corrección, tendría que ser catalogada en el estante de las experiencias de una “verdadera comunión”; de una comunión que, verdaderamente, quiere ir más allá. En estas lides conviene también echar mano del certero pensamiento de un tipo como el teólogo francés Henri de Lubac al describir como en lo más profundo del corazón humano hay una verdadera sed de comunión. Para de Lubac el hombre de hoy se encuentra ante la siguiente tesitura: “Los afanes de cada día acaparan su atención, ‘o la niebla dorada de la apariencia levanta ante ellos un velo de ilusión’. O bien, como para engañar su sed, buscan por diferentes caminos un sucedáneo de la Iglesia. Pero quien escucha en el fondo de su ser, o tan sólo presiente o adivina la Llamada que ha suscitado esa sed, este tal comprende que ni la amistad, ni el amor, ni con mayor razón aún ninguna de las agrupaciones sociales que sostienen su existencia puede saciar su sed de comunión. Ni el arte, ni la reflexión, ni la investigación espiritual independiente. Sólo son símbolos, promesas de otra cosa, pero símbolos engañosos, promesas que no se han de cumplir. Lazos demasiado abstractos o demasiado particulares, demasiado superficiales o demasiado efímeros, que son tanto más importantes cuanto fueron más capaces de provocar un alerta. Nada de lo que el hombre crea o de lo que se desenvuelve en un plano puramente humano puede arrancar al hombre de su soledad. Esta se irá ahondando en la misma medida que el hombre se descubre a sí mismo, porque no es otra cosa que el reverso de la comunión a la que es llamado. Y tiene su misma amplitud y profundidad”.

El “vamos más allá” del Ultreya et suseia se refiere también a esa secreta búsqueda de silencio, “interioridad” y “espiritualidad” que con tanta facilidad hace aflorar el Camino de Santiago. Claro que – como no todo el momento es orégano – conviene tener muy presente un diagnóstico de esta inquietud como el que en su día hacía San Juan Pablo II: “Nuestro tiempo es dramático y al mismo tiempo fascinador. Mientras por un lado los hombres dan la impresión de ir detrás de la prosperidad material y de sumergirse cada vez más en el materialismo consumístico, por otro manifiestan la angustiosa búsqueda del sentido, la necesidad de interioridad, el deseo de aprender nuevas formas y modos de concentración y de oración. No sólo en las culturas impregnadas de religiosidad, sino también en las sociedades secularizadas, se busca la dimensión espiritual de la vida como antídoto a la deshumanización. Este fenómeno así llamado del retorno religioso no carece de ambigüedad, pero también encierra una invitación.  La Iglesia tiene un inmenso patrimonio espiritual para ofrecer a la humanidad en Cristo, que se proclama ‘el camino, la verdad y la vida’ (Jn14, 6). Es la vía cristiana para el encuentro con Dios, para la oración, la ascesis, el descubrimiento del sentido de la vida. También este es un areópago que hay que evangelizar”.

Ya por último, la experiencia del Camino de Santiago puede y debe abrir también – a poco que el peregrino rompa ciertas corazas y no siempre lleve puesto el chubasquero interior – a una de las experiencias de las que más necesitado se encuentra el cristiano dubitativo o poco o nada practicante que busca su lugar sin saber muy bien dónde: lo Católico. Caminar, por ejemplo, con Norteamericanos, franceses, italianos, con los que en principio en esos días hay más de lo que une que de lo que pueda separar, con toda seguridad puede conducir a una experiencia similar a la vivida por un joven John Henry Newman cuando al toparse con el agustiniano “Securusiudicat orbis terrarum” profería:

“¿Quién es capaz de valorar las impresiones que recibe? Una simple frase, esas palabras de san Agustín, me golpearon con una fuerza que jamás había sentido antes en otras palabras […] Securus iudicat orbis terrarum! Con estas grandes palabras del antiguo Padre, que interpretaban y resumían el largo y accidentado curso de la historia […]”.

De modo que ¡Ultreya! ¡Et suseia!

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