Castella y Zidane


Sebastián Castella y Zinedine Zidane: ¿Acaso ha habido otros dos protagonistas más reseñables esta semana pasadaque ha transcurrido entre el lunes 28 de mayo y el domingo 3 de junio? Y puedo prometer y prometo – en expresión de mi tocayo Suarez – que no he estado retirado ni en un monasterio cartujo ni en la “luna de Valencia”.

A Zinedine Zidane – vulgo Zizou – por su renuncia al cargo tras conseguir tres Copas de Europa consecutivas – creo que siempre es más nuestra esa expresión que la de Champions League – se le podrían aplicar las palabras del genial Chesterton en lo que él denominó como el solo sermón que hubiera tenido que predicar: “[…] por lo que sé, es la sal y el conservante de estas cosas […] el mundo entero tiende a equivocarse; y sin su testimonio creo que la gente habría olvidado casi por completo este secreto almismo tiempo cuerdo y sutil […] la humildad”. En gestos como la renuncia del exjugador y entrenador encontrarían ilustración palabras como las que siguen del filósofo JosefPieper: “Para que la vida política recupere su perdidadignidad, es preciso que vuelva a alentar en el pueblo el sentimiento de la grandeza de la función gubernativa y de las altas exigencias humanas que dicha tarea implica. Ello vendría a significar justamente lo contrario de una magnificación totalitaria del poder”.

Sebastián Castella, diestro hispano-galo-polaco, abrió la Puerta Grande de las Ventas de Madrid tras faena verdaderamente épica al segundo de su lote el pasado miércoles 30 de mayo. Independientemente de un supuesto taurinismo o antitaurinismo, es más que evidente que la épica del que se sobrepone a un percance como el que sufrió el torero es denuncia de uno de los males de lo que está especialmente aquejada nuestra sociedad: “La vida moral del hombre es falsamente cambiada en una ingenuidad sin heroísmos y sin riesgo; el camino de la perfección se nos aparece así como un ‘despliegue’ o ‘evolución’ de tipo vegetal, que alcanza su bien sin necesidad de combatir” (Josef Pieper dixit). En él sobreponerse a la adversidad del diestro se puede ver también la denuncia con respecto a una virtud también mal entendida y caricaturizada: […] la mansedumbre como virtud presupone la pasión de la ira, y significa moderar esa potencia, no el debilitarla. Que nadie tenga por virtud cristiana aquella ingenuidad de cara pálida que se hace pasar, y por desgracia muchas veces con éxito, por verdadera mansedumbre […] la falta de capacidad para irritarse no tiene lo más mínimo que ver con la mansedumbre. Tal incapacidad no solamente no es una virtud, sino que es, como santo Tomás se expresa, una falta: peccatum y vitium (También Josef Pieper dixit).

Post data. A estas alturas del artículo: ¡Desengáñese! No lea Mariano Rajoy y Pedro Sánchez donde se ha citado a Sebastián Castella y Zinedine Zidane o viceversa. Claro que ver el “minimalismo” de la mesa sobre la que Pedro Sánchez tenía la “chuleta” de su juramento como Presidente del Gobierno de España, a un servidor, al menos, hace que le venga a su mente un razonamiento de Karl Jaspers: “El hombre es demasiado débil para depender solo de sí mismo; la autoridad… es para él una bendición; sin el firme asidero de la autoridad, queda el hombre a merced de su azarosa subjetividad; la conciencia de su insignificancia le invita a reconocerla mediante el sometimiento; la tradición, mantenida durante milenios, da a la autoridad una garantía de verdad”.

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