Sufrido/a niño/a de Primera Comunión


Querido/a y estimado/a niño/a de Primera Comunión:

¿Qué hemos hecho mal? Ya van tres semanas de tu Primera Comunión y sólo fuiste a misa el domingo siguiente con la ocasión de la Primera Comunión de tu amiguito/a. ¿En qué te hemos podido fallar?

Te podríamos prometer que no nos ha movido otro interés que el querer cumplir con la enseñanza de Jesús que además de hacerse niño, manifestó su amor por vosotros con gestos y palabras hasta el punto de decir: “Si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos”; “Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.

Tal vez hayamos olvidado que a veces vivís en mil dificultades, envueltos en un ambiente difícil que no favorece ser lo que Dios espera de vosotros. ¿Cuántas veces habréis sido y seréis víctimas de la crisis del matrimonio-emparejamiento de vuestros padres?

¿Cuántas veces habréis sido víctimas de especulaciones absurdas que pretenden retrasar la edad de vuestra Primera Comunión? Cuando bien vistas las cosas y si la Primera Comunión es como el inicio de un camino junto a Jesús, en comunión con Él – porque con Jesús, unidos sin separarnos, procedemos bien y la vida se hace buena y dichosa -, ¿qué sentido tiene retardarlo? Si la gracia de Dios es más poderosa que nuestras obras y que nuestros planes y programa, ¡qué acertado estuvo el Papa San Pío X al adelantar la edad de la Primera Comunión! ¡El sí que creía en vuestras posibilidades! Ante tantas cosas como acaecen en vuestra infancia, y el ambiente tan adverso en el que crecéis, ¿qué sentido tiene privaros del Don de Dios?

Tu catequista tendría que pedirte perdón porque no siempre dejo entrever que por la sagrada Comunión, Jesús en persona, Hijo de Dios, entra dentro de la vida de quien lo recibe y pone su morada en él. Que se trata de un don de amor que vale más que todo el resto que pueda darse a la vida de cada hombre. Tal vez podría haberte descubierto más que todos tenemos necesidad del Pan bajado del cielo, porque también el alma debe nutrirse y no bastan nuestras pobres conquistas en las ciencias y en las cosas técnicas, por muy importantes que sean. Necesitamos a Cristo para crecer y madurar en nuestras vidas y esto es más importante aún en los momentos en que vivimos y lo es de modo especial para vosotros, ya que frecuentemente hacemos cosas que van contra vuestra grandeza, pureza, “santidad”, capacidad de Dios y amor que os constituyen.Querido niño/a de Primera Comunión escucha atento lo que en su día enseñaba San Juan Pablo II dirigiéndose a todos los catequistas del mundo: “En la catequesis lo que se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a Él; el único que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en que es portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca […] Todo catequista debería poder aplicarse a sí mismo la misteriosa palabra de Jesús: ‘Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado’ (Jn 7, 16)” (CT 6).

Seguramente tu sacerdote, también, tendría que pedirte perdón. Las razones varias y ahí van algunas de ellas: a) porque llegado el momento no dedico el tiempo suficiente, primero, a buscar y, segundo, a seleccionar los que tendrían que ser tus catequistas – no todo el mundo vale para serlo!-. b) porque a lo mejor no puso todo el empeño en ir formando a tus catequistas – ¡Total, como es cosa de niños!-. c) porque se improviso un poco tu hora de llegar al sacramento de la confesión y no se te ayudo a crear un hábito de confesión – ¿qué pecados va a tener un niño/a?-. d) Porque si apáticos eran tus padres a la hora de participar en la misa del Domingo – ¡Es puramente el desembarco de Normandía! – más se desanimó tu sacerdote a la hora de motivarlos. e) porque hizo de la celebración de la Primera Comunión – con el loable afán de que todo participaseis – un happening eucarístico poco propenso para la oración.

Pero que esta carta no te lleve a confusión. Si hay algo claro es que tanto tus padres, como tu catequista, como tu sacerdote lo han hecho todo con la conciencia de un agricultor que siembra y al que ahora le toca, a largo plazo, esperar el fruto. Como canta la canción: “¡Volveráááá! ¡Seguro que volveráááá!”.

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