50 añazos


Dudé si intitular con algo así como “50 añazos” – 50 añazos, ya, de Mayo del 68 – o intitular con un “Cuéntame cómo te ha ido”. Es obvio que prevaleció la opción A). Escogido el título, convendría continuar con un planteamiento directo y sin mucha más especulación: ¿Qué queda de aquellos adoquines arrancados en el Barrio Latino de Paris – debajo de los cuales no había arena de la playa – o del fuego en la Sorbona? Claro que, como no hace mucho he podido leer, surgen más preguntas tipopara prolongar la mayéutica del caso: ¿Por qué la mayor parte de aquellos estudiantes idealistas terminó por aceptar que el neocapitalismo, como plasmación histórica de lo que el también sesentayochista Guy Debord denominó la sociedad del espectáculo, respondía al deseo que les llevó a la acción cuando eran abiertamente anticapitalistas?

Un intento de respuesta tratando de identificar consecuencias, a bote pronto y con datos históricos fiables en la mano, enseña hechos como que de esa lucha de cuatro semanas el Partido Comunista Francés (y por extensión sus homónimos europeos) saldrá cadáver. – de su 21, 27 % de voto en las anteriores presidenciales irá cayendo hasta el 1, 93 % de su agonía; los sindicatos se extinguieron; la distinción entre hombres y mujeres quedó en un arcaísmo irrisorio; los anovulatorios fueron legalizados. Pero estas serían clasificables entres las consecuencias más directamente inmediatas. De lasconsecuencias “retardas habría que escribir toda una “Enciclopedia de Consecuencias hasta nuestros días.

En esta línea de las consecuencias para nuestro “hoy”, filósofos como Jean-Luc Marion proponen un status quaestionis previo en el que se consideraría que había un autoritarismo que no siempre estaba justificado, que era automático, funcional y que Mayo del 68 lo puso en cuestión. Por lo que llegan a plantearse: ¿Acaso no introdujo pues un elemento positivo? Marion responde: “Uno de los efectos más claros fue el cuestionamiento de la autoridad, de las autoridades en general. También de la liberalización de la moral y el hecho de que se pudiera decir cualquier cosa, fuese lo que fuese”. Y añade a lo dicho: “En el 68 se juzgaba qué personas tenían autoridad por sí mismas y cuáles no, y en este sentido sí fue algo positivo”.

El debate está más que servido. Pero quisiera detenerme en una de las consecuencias, a mi modo de ver, más palmarias como es la de la comprensión del mundo educativo. En palabras de otro filósofo como es Gabriel Albiac, “la más catastrófica de las herencias que nos dejó Mayo del 68 es su influencia en la pedagogía. Para Albiaces uno de los mayores desastres de la Europa contemporánea y que ha destrozado los modelos de la enseñanza que mantenían los distintos países. Algunos se están recomponiendo, pero en otros países, como España, no sabemos si se logrará solucionar el problema”. Luego la pregunta clave sería formulable en los siguientes términos: ¿Cómo ha influido Mayo del 68 en el panorama educativo?

Me remito a la respuesta que un gran conocedor del mundo educativo como es Eugenio Nasarre, especialmente en nuestro suelo patrio, ofrece. En primer lugar señala “el descrédito de la autoridad”. Creo que todo el mundo, en principio, podrá convenir con Nasarre que “sin autoridad no puede haber educación, […] es elemento decisivo, porque educar es conducir y se necesita alguien que ejerza el papel de guía. Si al profesor no se le reconoce ese magisterio el proceso educativo se debilita y entra en crisis. En segundo lugar diagnostica “la ruptura con la tradición”. Para Nasarre y para cualquiera con un mínimo de sensatez “la tradición es fundamental. Y sigue diciendo: Después de asumirla se puede innovar, modificar… lo que sea, pero educar consiste en transmitir un legado de una generación a otra y esa transmisión constituye el único modo de formación de la personalidad y del carácter”.

Seguramente no fue cosa buena el fuego en la Sorbona pero tal vez esas ascuas prendieron con facilidad por la ausencia de lo que para el filósofo alemán Gadamer (en su libro Verdad y método) es la verdadera autoridad que antes que nada es “un atributo de personas”. De ahí que no tenga su fundamento último en la “sumisión”, sino en el reconocimiento de que el otro está por encima de uno “en juicio y perspectiva”. Lo que pone al mismo tiempo de manifiesto que el hombre tiene que saber ganar la autoridad de que puede gozar ante los otros. La autoridad no se otorga sino que se adquiere, seguía diciendo Gadamer, porque es resultado del reconocimiento de la misma por los demás y por eso mismo nunca es ajena a la razón sabedora de sus propios límites. Tal vez se “barrió” algo obsoleto, ¿pero se puede vivir sin una autoridad y una tradición genuinas? Tal vez se barrió pero no se edificó.

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