¡¡¡Jesusito de mi vida!!!


Si, a Dios gracias, aún conservas esa costumbre de pronunciar, en “modo rezo”, el título del presente artículoantes de ir a la cama Si, a Dios gracias, aún le sigues añadiendo aquello del “cuatro esquinitas tiene mi cama…” y todo ello a prueba de “bombas clericales”; ¡Detente aunque solo sea un instante! ¡Discurre por un momento!

Discurre, por un momento, considerando que “rezar no significa salir de la historia y retirarse en el rincón privado de la propia felicidad”. El que pronuncie ¡¡¡Jesusito de mi vida!!! ha de aprender que “no puede rezar contra el otro” y “ha de aprender que no puede pedir cosas superficiales”. Aprende que “el encuentro con Dios despierta mi conciencia para que ésta ya no me ofrezca más una autojustificación ni sea un simple reflejo de mí mismo”(Benedicto XVI, Spe Salvi).

Con el rezo del ¡¡¡Jesusito de mi vida!!! y los que te rodean “descubriréis más plenamente las necesidades de vuestros hermanos y hermanas. Apreciaréis más vivamente el dolor y el sufrimiento que agobian los corazones de innumerables personas” (San Juan Pablo II en un discurso a los jóvenes).

Sé valiente ya que “no basta sólo con saber lo que las Escrituras revelan sobre la oración: es necesario también aprender a orar” (Catecismo de la Iglesia Católica).Se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida” (San Juan Pablo II).

Tu ¡¡¡Jesusito de mi vida!!! es “esperanza en acto. De hecho, en la esperanza se desvela la verdadera razón por la cual es posible esperar” (Benedicto XVI). A esto aludía san Ignacio de Antioquia cuando predicaba: “El cristianismo no es obra de persuasión, sino de grandeza”.

Con un sano realismo reconoce que fracasas por razones como “desaliento ante la sequedad, tristeza de no entregarnos completamente al Señor […], decepción por no ser escuchados según nuestra propia voluntad; herida de nuestro orgullo que se endurece en nuestra indignidad de pecadores, alergia a la gratuidad de la oración…”. Y que “la conclusión es siempre la misma: ¿Para qué orar?”(Catecismo de la Iglesia Católica). O con el mismo sano realismo medita esta “observación llamativa”: “Cuando alabamos a Dios o le damos gracias por sus beneficios en general, no estamos preocupados por saber si esta oración le es agradable. Por el contrario, cuando pedimos, exigimos ver el resultado. ¿Cuál es entonces la imagen de Dios presente en este modo de orar: Dios como medio o Dios como el Padre de Nuestro Señor Jesucristo?”(Catecismo de la Iglesia Católica).

Si a estas alturas estás picado con lo que supondría un virtuosismo en tamaña tarea, medita, con Bernanos, por un momento: “Nos hacemos generalmente una idea absurda de la plegaria: ¿cómo se atreverán a hablar de ella quienes no la conocen ni poco ni mucho? Un trapense o un cartujo laborará años y años para convertirse en un hombre de plegaria y el primer atolondrado pretenderá juzgar el esfuerzo de toda una vida…Si la plegaria fuera efectivamente lo que piensan, una especie de charla frívola o habladuría, diálogo de un maníaco con su sombra o aún menos – un vano y supersticioso intento para obtener los bienes de este mundo -, no podría creerse que millares de seres se hallaran hasta en sus últimos momentos, no digo siquiera tanta dulzura – desconfío de los consuelos sensibles -, sino un gozo pleno y fuerte. ¡Oh, sin duda los sabios hablan de sugestión! Lo que seguramente no habrán visto nunca es a uno de esos viejos monjes, tan reflexivos, tan sabios, inflexibles en los juicios y sin embargo tan radiantes de entendimiento y de compasión con una humanidad tan tierna. ¿Por razón de qué milagros, esos medio locos prisioneros de un sueño, esos durmientes despiertos parecen penetrar más hondamente en las miserias de los demás? ¡Extraño ensueño, opio singular, que en vez de aislarles de sus semejantes, les hace solidarios de todos en el espíritu de la caridad universal! […] ¿Qué hombre de oración ha confesado, sin embargo, que la plegaria le ha decepcionado? (Diario de un cura rural).

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