Cumpleaños de mi librera

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Difícilmente encontrarás un mejor consejo que el que pueda hacerte tu librero y eso no solo en referencia al “presumible e hipotético bestseller en potencia y recién llegado a sus estanterías” sino, sobre todo, en cuanto al grado de conocimiento que pueda llegar a tener de ti por tus mismas lecturas. De ahí que ser bendecido por las musas – ¡Conviene no vivir con amusia! – haya de ser, y de hecho lo sea, preparado por el diálogo y consejo de tu librero. Luego, necesariamente, el aniversario de su nacimiento – como lo fue ayer – tenga que ser una fecha y señalada puesto que no en vano todo tiene lugar en la víspera del día de San Jorge – en tus días. Luego, también, estas torpes líneas son una merecida y sentida – aun con un día de retraso – felicitación a mi librera María.

Claro que en estas “lides cumpleañeras” ya lo decía el sin par Chesterton en su Autobiografía ha de “usarse de considerable humildad”: “He escrito varios libros que se suponen son biografías y vidas de hombres realmente grandes y notables, a los que cicateramente he hurtado los más elementales datos cronológicos; sería de una extremada mezquindad el que yo ahora tuviera la arrogancia de ser preciso con mi propia vida cuando he fracasado en serlo con la de ellos. ¿Quién soy yo para que mi vida esté mejor fechada que la de Dickens o Chaucer? ¡Qué blasfemia sería que reservara para mí lo que he escamoteado a Santo Tomás y a San Francisco de Asís! Parece ser un caso claro en el que humildad cristiana más elemental me ordena continuar por el mal camino”. Y todavía añadía con su típica osadía: “Agradecemos los cigarros y pantuflas con que nos regalan el día de nuestro cumpleaños. ¿Y a nadie había yo de agradecer ese gran regalo de cumpleaños que es ya de por sí mi nacimiento?”.

Celebrar y alegrarte por el nacimiento de la persona que te abastece en tus lecturas a un servidor lo lleva a valorar la “Cultura de Libro” en la que hemos nacido. Pero, ¿perdurará esta cultura? Autores como Fabrice Hadjadj, al que dicho sea de paso he conocido gracias al consejo de María, razonan al respecto del siguiente modo: Los teóricos de la cognición han constatado que el libro favorece el desarrollo del pensamiento causal; la pantalla, por el contrario, el de la visión fractal. La lectura de un libro es lineal y requiere concentración: una cosa viene tras otra […] la visión de una pantalla es fragmentaria y lleva a la dispersión […] La pantalla tiende, por lo tanto, a sustituir la búsqueda de las causas por la acumulación de informaciones”. Otro hombre de libros como Benedicto XVI, en su celebérrimo discurso en el Colegio de los Bernardinos de Paris, reclamaba la dimensión trascedente de esta “Cultura”: “La búsqueda de Dios requiere, pues, por intrínseca exigencia una cultura de la palabra o, como dice Jean Leclercq: en el monaquismo occidental, escatología y gramática están interiormente vinculadas una con la otra (cf. L’amour des lettres et le desir de Dieu, p. 14). El deseo de Dios, le desir de Dieu, incluye l’amourdes lettres, el amor por la palabra, ahondar en todas sus dimensiones”.

Ya, finalmente, solo me restaría reiterar mi felicitación a María y lanzar, como si de una piedra con onda se tratase,estas palabras que me impresionaron en su día del novelista Arturo Pérez Reverte: “Así que voy a pedirles algo, señoras y señores, si aman los libros o aman a quienes los aman: niéguense a comprar libros importantes si están editados de esa forma infame. Si los volúmenes no tienen sus cuadernillos cosidos y encuadernados como debe ser. Niéguense a ser cómplices de editores sin decoro; de tenderos miserables – pues también hay tenderos decentes -, sin cariño por los libros que editan, sin respeto por quienes los leen. Niéguense a cooperar con esas ratas de almacén cuyos infames lomos guillotinados son una desatención hacia el lector, y un insulto para quienes aman los libros como objeto a cuidar y a conservar. Unos libros que debemos exigir se editen dignos, hermosos, duraderos en lo razonable. Que puedan acompañarnos el resto de nuestra vida y luego pasen a manos de amigos, hijos o nietos, con las huellas de nuestras lecturas y el rumor lejano de nuestras vidas”.

Hoy más que nunca: Lector inquirat.

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