Neoherejías


Allá por el año 1996, el, por entonces, Cardenal Ratzinger afirmaba con rotundidad: “En los años ochenta, la teología de la liberación en sus formas radicales aparecía como el desafío más urgente de la fe de la Iglesia. Un desafío que requería respuesta y clarificación, porque proponía una respuesta nueva, plausible y a la vez, práctica a la cuestión fundamental del cristianismo: el problema de la redención”.

Es obvio que el consabido problema se convierte constantemente en “revival”; en definitiva, el planteamiento de fondo girará siempre en torno a estos interrogantes: ¿Cómo entender y transmitir al hombre de cada época la redención en Cristo? ¿En qué consiste la salvación que Cristo ha venido a traernos? La cuestión – como no podía ser de otro modo – es objeto de preocupación para el Papa Francisco; no en vano, en este sentido, se ha referido a menudo a dos desviaciones – neoherejías – que se asemejan a dos antiguas herejías: el pelagianismo (individualismo) y el gnosticismo (desprecio del cuerpo). De ahí, también, que este mismo jueves, 1 de marzo de 2018, se haya promulgado por parte de la Congregación para la Doctrina de la Fe la carta Placuit Deo sobre algunos aspectos de la salvación cristiana “que hoy pueden ser difíciles de comprender debido a las recientes transformaciones culturales” (1).

Ya en el número 94 de la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, el Papa Francisco, describiendo lo que denomina como mundanidad espiritual, señala los siguientes factores como verdaderamente preocupantes: la fascinación del gnosticismo; un neopelagianismo autorreferencial y prometeico; un elitismo narcisista y autoritario; un inmanentismo antropocéntrico. Por “fascinación del gnosticismo” se entiende “una fe encerrada en el subjetivismo, donde sólo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos”. Por “neopelagianismo autorreferencial y prometeico” se entiende la actitud “de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico propio del pasado”. Por “elitismo narcisista y autoritario” se entiende una actitud de “supuesta seguridad doctrinal y disciplinaria, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar”.

La carta Placuit Deo, en este misma línea, quiere ser prevención frente al individualismo que “centrado en el sujeto autónomo tiende a ver al hombre como un ser cuya realización depende únicamente de su fuerza” (2) y prevención también frente a una visión de la salvación “meramente interior, la cual tal vez suscite una fuerza convicción personal, o un sentimiento intenso, de estar unidos a Dios, pero no llega a asumir, sanar y renovar nuestras relaciones con los demás y con el mundo creado” (2).

Más que nunca ha de subrayarse con Placuit Deo que el camino de la salvación cristiana “no es un camino meramente interno, al margen de nuestras relaciones con los demás y con el mundo creado” (11); que la salvación que Dios nos ofrece “no se consigue sólo con las fuerzas individuales, como indica el neopelagianismo, sino a través de las relaciones que surgen del Hijo de Dios encarnado y que forman la comunión con la Iglesia” (12). Tal y como proponía con notable belleza el magisterio del teólogo Henri de Lubac al recoger la reflexión del poeta Paul Claudel: “No disponemos ya solamente de nuestras propias fuerzas para amar, comprender y servir a Dios, sino de las de todos sus miembros a un tiempo, desde la Virgen bendita en lo más alto del cielo hasta el pobre leproso africano que lleva una campanilla en la mano y se sirve de una boca medio podrida para balbucear las respuestas de la misa. Toda la creación visible e invisible, toda la historia, todo el pasado, todo el presente y todo el porvenir, toda la naturaleza, todo el tesoro de los santos multiplicados por la Gracia, todo esto está a nuestra disposición, todo esto es nuestra prolongación y nuestro magnifico instrumental. Todos los santos, todos los ángeles nos pertenecen […] Todo cuanto hay en nosotros, sin que apenas nos demos cuenta, la Iglesia lo traduce en vastos rasgos y lo pinta fuera de nosotros en una escala de magnificencia. Nuestras pequeñas impulsiones ciegas son concordadas, repetidas, interpretadas y desarrolladas por inmensos movimientos estelares. Fuera de nosotros, a distancias astronómicas, desciframos el texto escrito con caracteres microscópicos en lo más profundo de nuestro corazón”.

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