El Cristo de la Universitaria


Contemplar la imagen del Cristo de la Hermandad Universitaria de Córdoba alcanza un especial sentido si se hace a la luz de lo que proponía Lutero para la disputa teológica en Heildelberg – en concreto las tesis 19 y 20 con las que adquiere carta de ciudadanía su irrepetible Theologia Crucis -: “No puede llamarse en justicia ‘teólogo’ al que crea que las cosas invisibles de Dios pueden aprehenderse a partir de lo creado. Sino, mejor, a quien aprehende las cosas visibles e inferiores de Dios a partir de la pasión y la cruz”.

Para San Buenaventura la cruz “debemos tomarla sobre nosotros como el libro de la sabiduría para meditarlo”. El cristiano debe “ver constantemente con los ojos del corazón a Cristo moribundo en la cruz”. Y no sólo debe verlo, sino “penetrar por la puerta abierta de la herida del costado hasta su corazón”. Sin dejar de vislumbrar en ningún momento como la verdadera y única perspectiva el que todo se hace y se cumple inevitablemente por mí: “Dios es escarnecido, para que tú seas honrado; flagelado, para que tú seas consolado; crucificado, para que tú seas liberado; el cordero inmaculado es sacrificado, para que tú seas alimentado; la lanza hace brotar de su costado agua y sangre, para que tú tengas refrigerio…¡Oh, Señor Jesucristo!, que por mi amor nada te perdonaste, hiere mi corazón con tus heridas, embriaga mi espíritu con tu sangre, a fin de que, dondequiera me vuelva, te tenga constantemente ante los ojos crucificado, y no encuentre a nadie más que a ti”.

Ante el Cristo de Miñarro se hace más significativa si cabe la enseñanza del Doctor Seráfico: “En la cruz, mirándote, inclina Cristo la cabeza para besarte, extiende los brazos para abrazarte; sus manos están abiertas para remunerarte, el cuerpo está distendido para dársete por entero, los pies están clavados para tenerle quieto, el costado abierto para dejarte entrar”.

Pero hay un pasaje – también del Doctor Seráfico – que a la contemplación ante la citada imagen puede imprimir un especial relieve y que se expresa así “No hay árbol menos vistoso y más deforme que la vid, que parece absolutamente inservible, despreciable y sin utilidad para nadie. Tal es Cristo en la Pasión, porque, según la palabra de Isaías, no había en él belleza ni atracción. ¿Quién buscará ahora la belleza de la forma en un cuerpo tan maltrecho? El Señor amantísimo fue desnudado para que pudieses contemplar la deformidad de su cuerpo purísimo […] Pero con la deformidad exterior conservó la belleza interior […] Los hombres vieron en la cruz al más hermoso de los hijos de los hombres. Como vieron, sin embargo, sólo la exterioridad, lo vieron como a quien carecía de belleza y forma… Y su belleza interior, porque en él habita la plenitud de la divinidad, ¿quién podrá decirla?”.

Se puede decir en definitiva que todo este desmesurado ocultamiento ha sido excelso expresionismo de Dios, porque posee una energía expresiva que eclipsa todas las demás imágenes, las atrae hacia sí y las incluye. De igual modo, la solución que permite superar todas las presumibles suspicacias estéticas o “sensibleras sensibilidades heridas” se encuentra en el amor del corazón de Jesús, que vinculado con Dios y con los hombres, fue capaz de dolor más extremo en la cruz. Este corazón abierto y accesible por la herida del costado encierra un misterio insondable. ¿De dónde proviene su herida? “Tu corazón ha sido vulnerado para que a través de la herida visible se hiciese visible la invisible herida del amor… La herida carnal revela la herida espiritual”; como se dice en el Cantar de los Cantares: “Vulneraste mi corazón, hermana mía, esposa mía, has herido mi corazón”.

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