El tentador


El tentador no es ningún “pardillo” ni un ser burdo, carente de sagacidad o astucia. Prueba de ello es que, como indicaba en su día el teólogo Ratzinger, en “la tentación no nos invita directamente al mal, sería algo demasiado grosero. Pretende mostrarnos lo mejor: abandonar finalmente las ilusiones y emplear eficazmente nuestras fuerzas para mejor el mundo. Se presenta también con la pretensión del verdadero realismo”. Entre otras cosas “sabe lo que hace mucho mejor que nosotros. Considerando únicamente el plano especulativo, es mejor teólogo que nosotros. No hay en él ninguna debilidad de la carne: no conoce la fatiga, no es aficionado al alcohol, no se complace en las obscenidades genitales, no tiene apetito desordenado por los bienes materiales. Es casto y pobre sin votos, es decir, por naturaleza. Tampoco hay en él ignorancia alguna del lado de su inteligencia natural: no tiene necesidad de aprender a hablar, no va a la escuela, no ha de formular como nosotros arriesgados razonamientos” (F. Hadjadj). En una palabra: “Es infinitamente soberbio y envidioso” (San Agustín, La Ciudad de Dios).

En su tarea – así lo enseña el Screwtape de C. S. Lewis, subsecretario del estado satánico a su “sobrino” Wormwood, demonio subalterno – tiene las cosas muy claras: “Queremos […] que la Iglesia siga siendo pequeña, no sólo para que los menos hombres posibles aprendan a conocer al Enemigo, sino sobre todo para que los que se vuelvan hacía él se coloquen en ese estado de exaltación enfermiza y de fariseísmo agresivo característicos de una sociedad secreta o de una pandilla” (C. S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino).

Con facilidad sabe que debe aplicar una doble táctica ya que tan pronto puede empujarnos hacia una falsa interioridad como hacia una exterioridad polémica. Screwtape, el demonio divulgador, escribe en primer lugar: “Concentra la atención de tu protegido en su vida interior… Distráela de sus deberes más elementales para dirigirla hacia la tareas más elevadas y mas ‘espirituales’. Acentúa en él ese rasgo tan humano que no es tan útil: el horror o simplemente la negligencia relativos a las obligaciones que, sin embargo, parecen evidentes. Llévalo hasta el punto de que pueda hacer su examen de conciencia durante una buena hora sin descubrir ni una sola de las culpas que saltan a la vista de cualquiera que haya vivido bajo su mismo techo o haya trabajado en su misma oficina” (C. S. Lewis, Tácticas del diablo).

En segundo lugar puede conducir a un apostolado muy activo, siempre que no sea el de la caridad: “Mientras conceda más importancia a las reuniones, a los panfletos, a la política, a los movimientos, a la causas y a las cruzadas que a las oraciones, a los sacramentos y al amor al prójimo, será de los nuestros – y cuanto más ‘religioso’ sea (como nosotros lo entendemos), con más seguridad nos pertenecerá… Lo único que cuenta es hacer del cristianismo una religión mistérica de la que tu protegido se sienta uno de sus iniciados” (C. S. Lewis, Tácticas del diablo).

Como pez en el agua se encuentra a sus anchas en “los peligros de toda soberanía de aquí abajo, con la atmósfera de adulación, de autoritarismo y de amor al prestigio que se crea a su alrededor, en el mundo eclesiástico no menos que en el mundo laico” (J. Maritain). Pero también su “obra” lleva aparejada toda una tarea de “menudeo” cuyos frutos más logrados se podrían resumir en expresiones como “[…] somos católicos una buena parte del domingo por la mañana, ¿no? Es decir, al menos cuatro o cinco minutos durante la misa” o en planteamientos como los que siguen: “¿Puede confundirse la vocación del discípulo con el mutismo de los muertos? ¿La santificación con la secularización?”. O, también, este otro: “Si la Iglesia controlara los mass media y las redes sociales, ¿le daría eso alguna ventaja de cara a la Nueva Evangelización?” (F. Hadjadj).

En resumen y con San Bernardo: “Lucifer, ‘lleno de sabiduría y perfecto en belleza’, pudo saber de antemano que un día habría hombres y que alcanzarían también una gloria igual a la suya. Pero además de saberlo de antemano, sin duda alguna lo vio en el Verbo de Dios y, en su rabia, concibió la envidia, así es como proyecto tener súbditos, rechazando con desdén tener compañeros. Los hombres, dijo, son débiles e inferiores por naturaleza: no les conviene ser mis conciudadanos ni mis iguales en la gloria”.

 

 

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