En la muerte de un grande


El pasado viernes, 19 de enero, fallecía el Padre Luis Mendizábal SJ. Para un “supuesto gran público católico” podría pasar como un hecho sin mayor relevancia que la muerte de un jesuita de noventa y tantos años. Pero se podría decir de este óbito que es la muerte de “un grande” no solo por su ciencia teológica y espiritual, que la tenía, sino, sobre todo, por ser “un hombre verdaderamente de Dios”.

Ya alguien se pregunto y se respondió a sí mismo en su día: “¿Qué es ser cristiano? Tener discernimiento”. Y es que nuestra personalidad se revela como un conglomerado de notas distintivas, con frecuencia dispersas, y en no pocas ocasiones desafinadas y mal armonizadas entre sí. En el fondo, vivir la propia vocación es como encontrar la armonía. Una armonía que transforma ese conglomerado de notas distintivas en una pluralidad de voces e instrumentos. La vocación, por tanto, constituye el espacio donde la identidad encuentra su armonía. Y donde la dispersión de notas que caracterizan a una persona puede dar paso a una auténtica obra maestra. En palabras de P. Evdokiov:
“Una fuerte marea saca sin cesar, a la playa de la conciencia, las malezas y basuras del interior. Las fuerzas que está allí agazapadas pueden dominar el alma distraída”.

En estas lides es donde se puede considerar el óbito del P. Mendizábal como una verdadera pérdida. El P. Luis Mendizábal era “un grande” que llegaba a definir que la vida espiritual (bien concebida y vivida) como “una cura de aires, que puede superar en eficacia a todas las prescripciones farmacéuticas”; a la par que consideraba como “ha habido quienes todo lo arreglaban con la oración, sin llegar afrontar sinceramente las situaciones psicológicas conflictivas y los problemas humanos reales bajo los que se hallaban abrumados sus dirigidos. Recurrían fácilmente a la interpretación de falta de generosidad en cuantos interrogantes se planteaba el dirigido”.

Un grande que diagnosticaba las principales enfermedades en las que puede caer un cristiano como “pelagianismo camuflado” y “quietismo angelista”. A saber: “Pelagianismo que se muestra en una confianza ilimitada en la organización, en los medios modernos, en las planificaciones, con marginación de la oración […] Y quietismo angelista, que, resaltando la dependencia de Dios, se cruza de brazos, esperando todo de Dios, sin colaborar eficazmente con él”.

Un grande para el que “el espíritu evangélico y el entrelazado íntimo de los dogmas cristianos ofrece otro elemento de gran equilibrio, sanísimo y con capacidad universal de curación. Naturalmente, siempre que no se trate de un dogma aislado y sacado y sacado de su contexto vital, sino encuadrado en el conjunto. El carácter equilibrado y equilibrante de la espiritualidad evangélica tiene incluso valor apologético”.

Y finalmente un grande que, tal y como proponía en uno de sus libros, hace la siguiente invitación: “Al conservador, que fácilmente tiende a ser un poco perezoso, pacífico, porque se encuentra bien apegado al pasado, hay que incitarle discretamente a un poco de inquietud. Mostrarle que la verdad es infinita; que hay que conquistarla y matizarla continuamente, poseerla más profundamente y más totalmente. Que se defienda de una cierta arteriosclerosis mental que le impulsa a pararse, a no trabajar”.

En resumidas cuentas se le podrían aplicar al P. Mendizábal unas palabras del Papa Pablo VI al filósofo francés Jean Guitton: “No se trata de que el sacerdote viva experiencias, en el sentido que la ciencia da a esta última palabra. El poeta no vive experiencias, en este sentido, pero el don de la poesía le permite sentir con los hombres, captar la esencia de la experiencia sin vivirla realmente. Pensemos en el Dante, por ejemplo. El sacerdote es el poeta más completo, ya que no sólo tiene la vocación de sentir con los demás, sino de sufrir con ellos. Su castidad significa que no quiere especializarse en una vocación, en una situación particular, con la finalidad de poder asumir cuanto hay de humano, radiante y doloroso, en todas las situaciones y todos los estados del hombre. Me dirá que es un ideal desesperante, pero no olvide que todo ideal verdadero exalta y desespera”.