¡Cuánto me cuesta confesar!


Tal vez o lo has pensado o has llegado a afirmar el título del presente artículo en alguna ocasión. El caso es que por ese “coste”, del que se podrían poner numerosos ejemplos, incluso has dejado de cumplir con aquello del “confesar y comulgar por Pascua Florida”. Nada más lejos que el propósito ahora sea cargarte con una serie de consejos o hacer de estas líneas una pura “plática espiritual”. Pero concédeme ahora el beneficio de la duda y presta atención a algunas de las cosas que subyacen en los siguientes relatos clericales donde los haya pero escritos no precisamente por confesores sino por dos usuarios del sacramento de la confesión – aunque habría que recordar que también los curas se confiesan -; a saber: dos penitentes.

Primero el protagonizado por un sacerdote dubitativo y desilusionado como lo era el Sr. Párroco de Ambricourt – se entiende que en la novela de Bernanos, Diario de un cura rural – que escribía, en una página rasgada – según se cuenta – de su diario, al final de sus días: “El pecado contra la esperanza… el más mortal de todos y, sin embargo, el mejor acogido, el más halagado. Se necesita mucho tiempo para reconocerlo y ¡es tan dulce la tristeza que lo anuncia y lo precede! ¡Es el más preciado de los elixires del demonio, su ambrosía! Pues la angustia…”. O poco más adelante: “Dios mío; yo he presumido de mis fuerzas. Tú me has lanzado a las desesperación como se echa al agua a un animalillo recién nacido, ciego aún”. Claro que alguien que llega a semejantes pensamientos ha tenido que pasar por todo un “calvario” de juveniles orgullos y seniles desesperanzas, de falsas alegrías y persistentes tristezas, de transitorias ilusiones y constantes apatías. Un “calvario” que se pudo tornar en paraíso si hubiese escuchado con mayor atención un consejo como el que sigue sobre el confesionario: “¡Qué ingenuos son aquellos que creen que el sacramento nos permite colarnos de rondón en el alma de las personas! ¿Por qué no hacen ellos mismos la experiencia? Habituado hasta ahora a mis pequeños penitentes del seminario, no logro comprender aún por qué horrible metamorfosis llegan las vidas interiores a no dar de sí mismas más que esa especie de imagen esquemática, indescifrable… Creo que transcurrida la adolescencia, muy pocos cristianos se creen culpables de comuniones sacrílegas. ¡Es tan fácil no confesarse del todo! Pero aún hay algo peor. Existe una lenta cristalización, alrededor de la conciencia, de menudas mentiras, de subterfugios, de equívocos. El caparazón guarda vagamente la forma de lo que recubre y nada más. A fuerza de costumbre y con el tiempo, los menos sutiles acaban por crearse todas las piezas de un lenguaje exclusivo, que permanece increíblemente abstracto”.

El segundo de los relatos está protagonizado por un sacerdote sencillo y sagaz al mismo tiempo como lo era el Padre Brown – se entiende que en uno de los relatos de Chesterton – que arengaba así a un tal y también dubitativo Mallow:
-“Nosotros estamos obligados a acercarnos a esos seres, no con un palo, sino con una bendición. Estamos obligados a pronunciar las palabras que les han de salvar del infierno. Nosotros somos los únicos que quedamos para librarles de la desesperación cuando su humana caridad les aparta. Prosigan por su camino de rosas, perdonando sus vicios favoritos y tolerando los crímenes de moda, y déjennos en las tinieblas, cual negros vampiros de la noche, para consolar a aquellos que necesitan de verdadero consuelo, aquellos que han cometido actos imperdonables, cosas que ni el mundo ni ellos mismos pueden defender y que sólo los sacerdotes pueden perdonar. Dejadnos con los hombres que cometen esos actos repugnantes y mezquinos, verdaderamente criminales, tan mezquinos, como el de san Pedro cuando cantó el gallo. Fue entonces cuando llegó el alba para él.

-El alba… – repitió Mallow, dubitativo -. Querrá decir esperanza… para él.

-Sí. Permítame otra pregunta. Ustedes son grandes damas y hombres de honor, seguros de ustedes mismos; ustedes creen que jamás podrían caer en una bajeza semejante. Pero díganme: si alguno de ustedes hubiese llegado a eso y se encontrara en la vejez, estando seguros y ricos, ¿cuál de ustedes habría sido capaz, a impulsos de su conciencia o de su confesor, de declarar semejante pecado? Ustedes afirman su incapacidad para cometer un acto vil. ¿Tendrían ustedes el valor de confesarlo?”.

Cierro con lo que Chesterton consideraba que sería la única materia posible si tuviera un solo sermón que predicar: “Si tuviera un solo sermón que predicar, ciertamente no lo terminaría honorablemente sin dar fe de lo que, por lo que sé, es la sal y el conservante de estas cosas. Se trata sólo de una de las miles de cosas en las que he comprobado que la Iglesia católica acierta, cuando el mundo entero tiende a equivocarse; y sin su testimonio creo que la gente habría olvidado casi por completo este secreto al mismo tiempo cuerdo y sutil. Sé que apenas había oído hablar de la humildad hasta que entré en el ámbito de influencia del catolicismo”.

Lector inquirat.

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