Mis muy queridos/as apóstatas


Tenéis en vuestra agenda anotada la “quedada” del próximo día 28 de septiembre. – En principio parece que nadie os exige una etiqueta determinada para el acto -. Lo tenéis claro y vais a hacer algo que llevabais pensando hace ya algún tiempo. Antes, déjadme deciros algo, – para mí -, muy importante.

Quisiera que sepáis que la Iglesia misma quiere pediros perdón. – Y me explico -. Hace un par de años decía el Papa Francisco que, a veces los cristianos viven su fe con una “[…] psicología de la tumba” que poco a poco los convierte en “momias de museo”. Puede que estos cristianos, sigue diciendo Francisco, estén “desilusionados con la realidad, con la Iglesia o consigo mismos”, en “una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón como ‘el más preciado de los elixires del demonio’ (Bernanos dixit)”. Con tristeza hay que reconocer que si están “llamados a iluminar y a comunicar vida, finalmente se dejan cautivar por cosas que sólo generan oscuridad y cansancio interior, y que apolillan” (Evangelii Gaudium, 83). – ¡Mis muy queridos/as apostatas o apostatantes! Como podréis comprobar hay motivos – y más que suficientes – para que la Iglesia os pida perdón por no haberos mostrado con total nitidez la alegría que debería brillar en su vida -.

Ahora – y como un favor no sé, la verdad, en virtud de qué – concededme un par de minutos. Los dos minutos que vais a tardar en leer estos tres “chascarrillos” (-Simplemente los recojo y los dejo a vuestra interpretación-).

El primero de los chascarrillos lo narra un “tal” Henri de Lubac en un libro suyo titulado Meditación sobre la Iglesia. Dice así: “Se cuenta de un desgraciado sacerdote que la misma tarde del día en que apostató, respondió de esta suerte a un visitante que acudió para felicitarle: ‘Ya no soy más que un filósofo, es decir, un hombre sólo’. Reflexión amarga, pero muy atinada. Había encontrado la Mansión fuera de la cual el hombre nunca podrá encontrar sino destierro y soledad”.

El segundo de los chascarrillos lo cuenta el filósofo, también francés como de Lubac, Jean Guitton en un libro en el que recoge sus conversaciones con su amigo el Papa Pablo VI (Nota para Víctimas de las ESO: El Papa Pablo VI gobernó la Iglesia entre los años 1963 al 1978). El Papa le pregunta al filósofo: “Creo que usted ha conocido a Loisy, ¿sabe en qué disposiciones dejó este mundo?” (Nota para Victimas de la ESO: Alfred Loisy es un conocido teólogo del siglo pasado que fue considerado como el padre del Modernismo). El filosofo responde: “Estaba excomulgado, yo fui a verle en su pequeño alojamiento de Moutier-en-Der, donde acababa su vida en medio de los recuerdos de su época clerical. Recuerdo unos retratos de Lacordaire, de monseñor Duchesne, de Newman, de sus compañeros de seminario. Cuando llegué a verle, estaba enseñando el catecismo a una niña de la aldea. Me dio su breviario rogándome que rezara por él […]. Luego Loisy me mostró un aparato de radio que había en un rincón y me dijo: ‘Ya ve, este aparato me ha permitido a mí, excomulgado, hombre a quien hay que evitar, recibir la bendición de la más alta autoridad espiritual’. Era la de Pío XII, que bendecía al mundo en un congreso eucarístico. ‘Para las ondas – añadió Loisy – no hay excomunión’”.

El tercero de los chascarrillos en principio no sucedió, que se sepa a ciencia cierta, sino en la imaginación del escritor, también francés como de Lubac y Guitton, Georges Bernanos. En concreto, en su novela Diario de un cura rural. Allí, narrando los últimos momentos del moribundo y dubitativo en todos los sentidos Sr. Cura de Ambricourt, se cuenta: “Como el sacerdote tardaba, me creí obligado a expresar a mi infortunado compañero el pesar que me producía aquel retraso que estaba a punto de privarle de los consuelos que la Iglesia reserva a los moribundos. No pareció oírme, pero algunos instantes después, su mano se posó sobre la mía mientras su mirada me hacía señal de que acercara mi oído a su boca. Pronunció entonces, claramente, aunque con una extraña lentitud, estas palabras que estoy seguro de transcribir exactamente: ‘¡Qué más da! Todo es ya gracia’. Creo que murió inmediatamente después”.

Fin de los chascarrillos. Un servidor se queda rezando por vosotros. En mi oración repetiré una y otra vez la oración de un “tal” Newman que “rezaba” así: “Que no olvide yo ni por un instante que Tú has establecido en la tierra un reino que te pertenece; que la Iglesia es Tu obra, Tu institución, Tu instrumento; que nosotros estamos bajo Tu dirección, Tus leyes y Tu mirada; que cuando la Iglesia habla, Tú eres el que habla. Que la familiaridad que tengo con esta verdad maravillosa no me haga insensible a esto, que la debilidad de tus representantes humanos no me lleve a olvidar que eres Tú quien hablas y obras por medio de ellos”.

Recibid un fuerte abrazo y contad, os guste o no, con mi oración.

Post Data. Solo recordaros lo que el Papa Francisco respondía en una entrevista con A. Spadaro: “Las enseñanzas de la Iglesia, sean dogmáticas o morales, no son todas equivalentes. Una pastoral misionera no se obsesiona por transmitir de modo desestructurado un conjunto de doctrinas para imponerlas insistentemente. El anuncio misionero se concentra en lo esencial, en lo necesario, que por otra parte es lo que más apasiona y atrae, es lo que hace arder el corazón, como a los discípulos de Emaús. Tenemos, por tanto, que encontrar un nuevo equilibrio, porque de otra manera el edificio moral de la Iglesia corre el peligro de caer como un castillo de naipes, de perder la frescura y el perfume del Evangelio. La propuesta evangélica debe ser más sencilla, más profunda e irradiante. Solo de esta propuesta surgen luego las consecuencias morales”.

1 Comentario

  1. SI, SI, CONTAMOS CON LA ORACION DE USTED Y QUIZAS DE LA DE SUS COMPAÑEROS, PERO TAMBIEN USTEDES CUENTAN CON LA MEZQUITA Y ESA NO LAS DAN USTEDES NI AL PADRE ETERNO QUE BAJARA. ¡¡¡PERO QUE MORRO TIENES, ADOLFO!!!

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