Incorrecciones políticas de verano


Sospecho e intuyo que las siguientes líneas no van a granjearme, precisamente, muchas simpatías – ¿si todavía me quedan algunas? – Tampoco – todo hay que decirlo – aspira un servidor a ser “Pregonero de la Velá de la Fuensanta” o ponente-conferenciante en cualquiera de los campus de verano de cualquiera de las “Fundaciones” del espectro político español. El propósito del artículo es facilitar el trabajo de los diferentes “Tribunales de lo Políticamente Correcto” que no parecen haberse hecho demasiado eco de dos atentados contra tan preciado bien – se entiende que el de lo políticamente correcto – perpetrados por dos personajes de la más nefasta, iracunda y trasnochada “carcundia”: Benedicto XVI y Donald Trump.

El primero de los atentados tiene lugar – “hará pocos días” – cuando el Papa emérito Benedicto XVI, hablando por boca de su fiel mano derecha, el arzobispo Georg Gänsewein, con motivo de las exequias de un viejo y también leal amigo, el cardenal Joachim Meisner, arzobispo de Colonia, llega a afirmar: “La Iglesia necesita hoy más que nunca a pastores convincentes que sepan resistir la dictadura del espíritu de los tiempos (zeitgeist) y que vivan y piensen la fe con determinación”. Comprenderán los Magistrados de los citados Tribunales que ante semejantes invectivas, podría citarse lo que un tal Pablo Snaith – personaje del imaginario chestertoniano en la saga del P. Brown – llega a denunciar: “-¡Y que seáis una multitud poderosa y dúctil para ser embaucados por semejantes ídolos vanidosos, con sólo ir de acá para allá con sus mitras, sus tiaras, sus capas pluviales y demás parafernalia, mirándolo todo por encima del hombro como si fuese basura; embaucados, sí, por coronas, palios y paraguas santos, como cabritillos de saltimbanquis; sólo porque un pomposo y viejo Sumo Sacerdote de la Conchinchina se cree el dueño absoluto de la tierra!”.

El segundo atentado ,6 de julio de 2017, a plena luz del día, tiene por autor al “tuitero de los todos los tuiteros” que, – de repente -, se despacha en la plaza Krasinski de Varsovia (Polonia) con un discurso con más de 140 caracteres. Trump dixit: “[…] en el pueblo polaco vemos el alma de Europa. Vuestra nación es grande porque vuestro espíritu es grande y vuestro espíritu es fuerte”. Hasta aquí nada especialmente anodino para nuestro “Tribunal”. Los problemas crecen con “perlas” como: “Pero hay un coraje y una fuerza profunda en el carácter polaco que nadie podría destruir. El mártir polaco, Monseñor Michael Kozal, lo dijo bien: ‘Más horroroso que una derrota de las armas es un colapso del espíritu humano’”.

El discurso prosigue y la apoteosis de la incorrección llega en este pasaje: “A través de cuatro décadas de gobierno comunista, Polonia y las otras naciones cautivas de Europa sufrieron una brutal campaña para demoler la libertad, vuestra fe, vuestras leyes, vuestra historia, vuestra identidad- de hecho, la esencia misma de su cultura y su humanidad. Sin embargo, a través de todo esto, nunca perdisteis ese espíritu. Vuestros opresores trataron de romperos, pero Polonia no podía romperse.

[…] (Aquí al parecer los polacos cometieron, con ensañamiento, el delito de aplaudir al orador)

Y cuando llegó el día 2 de junio de 1979, y un millón de polacos se reunieron alrededor de la plaza de la victoria para su primera misa con un papa polaco, ese día, todos los comunistas de Varsovia debieron saber que su sistema opresivo pronto se derrumbaría. Debieron de saberlo en el momento exacto del sermón del Papa Juan Pablo II, cuando un millón de hombres, mujeres y niños polacos levantaron de repente sus voces en una sola oración. Un millón de polacos no pidieron riquezas. No pidieron privilegio. En cambio, un millón de polacos cantaron tres palabras sencillas: ‘Queremos a Dios’”.

Todavía el Sr. Trump tuvo espacio para destilar más inquina y error: “[…] a ambos lados del Atlántico, nuestros ciudadanos se enfrentan a otro peligro, uno que está firmemente bajo nuestro control. Este peligro es invisible para algunos, pero familiar para los polacos: la constante escala de la burocracia gubernamental que drena la vitalidad y la riqueza de la gente. Occidente se hizo grande no debido al papeleo y a las regulaciones sino porque se permitió a la gente perseguir sus sueños y perseguir sus destinos.

[…] (Nuevamente aplausos de la descerebrada concurrencia polaca)

Podemos tener las economías más grandes y las armas más letales en cualquier parte de la Tierra, pero si no tenemos familias fuertes y valores fuertes, entonces seremos débiles y no sobreviviremos”.

Convendrán conmigo: – ¡No se pueden tolerar actos así! -. ¡Habría que condenarlos! – Claro que, tal vez, la mejor condena haya sido no haber tenido mucho más eco.

Fin de la ironía.

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