Primera entrega del Catecismo Cordobita


Ya se sabe que aquello de entregas y fascículos es más propio de septiembre que de julio. Pero las circunstancias mandan y el católico/a cordobita/o necesita argumentario sólido y bien fundado para disputas, disquisiciones y debates. Así que ahí va una primera entrega – lo mismo hay o no hay segunda o tercera entrega – del Catecismo Cordobita para la supervivencia en este “Parnaso de Comisiones, Ambrosios, Mayores Zaragozas o Calvos Poyatos”.

El género literario catecismo no está caracterizado precisamente por disputas o “dimes y diretes” sino más bien por la exposición sosegada y articulada de fundamentos; fundamentos que habrán de seguir calando – como orvallo sobre el césped – si no se quiere seguir viviendo bajo el yugo de lo “políticamente correcto”. Por eso que nadie espere un decálogo sobre inmatriculaciones, un Sermón de la Montaña de Fernando III el Santo sobre la propiedad de la Mezquita sino, como ya se ha dicho, algún que otro fundamento o si se quiere alguna que otra “verdad del barquero”.

Una de las verdades del barquero o del catecismo podría rezar del siguiente modo. Recientes hallazgos e investigaciones sobre los siglos V, VI, VII y comienzos del VIII (Los que van desde la caída de Roma a la invasión musulmana) dan plena credibilidad a la idea de una nación – primera nación de Europa – que mejoró el comercio interior y marítimo con nuevas ciudades y mejoras portuarias; impulsó el desarrollo de cultivos preexistentes, ganados, redes de comunicación, puentes o acueductos. – Préstese atención a la obra del joven benedictino y doctor en Historia medieval F. Santiago Cantera, El nacimiento de España -. Como no hace mucho se podía leer en prensa: “Un periodo fundacional muy poco tratado; pero clave para explicar nuestra realidad unitaria, que hoy algunos parecen cuestionar. Y la propia memoria del ‘Regnum Spaniae’ que impulsó desde el mismo 711 el proceso de reconstitución o reconquista. Terminado, como afirmaría el propio Rey Fernando, con la recuperación de Granada” (J. Morillas).

Otra de las verdades del catecismo (- Con el permiso, por ejemplo, de la reciente premio Princesa de Asturias Karen Armstrong o de los ya clásicos Lévi-Provençal, Braudel o Dozy -) sería resumible en estas breves líneas: “En relación con la situación religiosa andalusí se ha creado el mito de la convivencialidad, como si Al-Andalus fuera un paraíso de armonía, religiosa, cultural y social […] La figuración de la convivencialidad muestra los intereses del presente en torno, sobre todo, a la situación de Oriente Medio y de la emigración en Europa” (Mª. Jesús Viguera).

La última de las verdades que expone esta primera entrega es debida a todo un clásico como lo fue Claudio Sánchez Albornoz con su España, un enigma histórico. Para no ir con rodeos, cosa ajena a un catecismo, decir ya desde el principio que “fue lentísima la arabización cultural de los españoles sometidos al Islam y su arabización vital o se realizó muy tarde o no se realizó jamás”. Pruebas y argumentos de Sánchez Albornoz en su conocida polémica con Américo Castro podrían ser los siguientes: a) “A fines del siglo XI o principios del XII los musulmanes españoles seguían siendo bilingües, es decir, seguían hablando romance”; b) “No es lícito abultar el volumen de los empréstitos lingüísticos y consuetudinarios tomados por los hispano-cristianos de los hispano-musulmanes y mucho menos deducir de él conclusiones desmesuradas sobre el impacto psicológico y vital de lo islámico en lo español. Los empréstitos consuetudinarios y lingüísticos de la España arábiga en la España Románica son mínimos comparados con los tomados de Francia e Italia en el curso de los siglos X al XVII en que convivieron musulmanes y cristianos”; c) “He rechazado […] la idea de que los cristianos españoles adoptaran frente a los musulmanes una actitud de sumisión y maravilla. Sólo durante la segunda mitad del siglo X la cristiandad española vivió maravillada y sumisa frente Al-Andalus”; d) “No fue la Reconquista, como afirmó Menéndez y Pelayo, una pura tarea de ganapanes, sólo preocupados de la ocupación y explotación futura de las leguas de tierra que se extendían más allá de las fronteras; tiene razón Menéndez Pidal al vindicar para la empresa reconquistadora un ideal de restauración nacional hispana. […] ¿Quién se atreverá a desconocer la fuerza del ideal religioso que impulsó a la realización de la gran tarea nacional?”.

Seguramente continuará.