Taizé en Córdoba

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Decir Taizé es abrirse a esa misma experiencia a la que el mismísimo San Juan Pablo II aludía en 1986 en estos términos: “Se pasa por Taizé como se pasa cerca de una fuente. El viajero se detiene, descansa y continúa el camino. […] Hoy en todas las Iglesias y comunidades cristianas y hasta entre los más altos responsables políticos del mundo, la Comunidad de Taizé es conocida por la confianza siempre llena de esperanza que está en los jóvenes”. En esa misma ocasión añadía dirigiéndose a sus miembros congregados en torno al hermano Roger Schulz: “Vuestra vocación única, original, incluso providencial; vuestra Comunidad puede suscitar admiración, y encontrar incomprensión y sospecha. Pero en vuestra pasión por la reconciliación de todos los cristianos en la comunión plena, y a causa de vuestro amor a la Iglesia, sabréis continuar y estar disponibles a la voluntad del Señor”.

Decir Taizé en Córdoba es hablar de Aurora Sánchez Garrido y sus 25 años de contacto con la Comunidad de Taizé junto con los varios centenares de jóvenes a los que ha hecho participes de esta experiencia. Precisamente el pasado 14 de junio, en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Beata Victoria Díez de Córdoba, Aurora defendía con sobresaliente éxito una tesina para obtención del grado de licenciada en Ciencias Religiosas con el título El legado del Hermano Roger de Taizé: el amor a Dios, a la Iglesia y a los jóvenes. Un trabajo como el citado no podía ser un mero ejercicio de erudición sino la puesta por escrito de una experiencia personal que tiene su origen y fundamento en el hermano Roger al que el teólogo Walter Kasper definió en su día como “un teólogo existencial”.

Él no iniciado puede preguntarse qué ha significado el hermano Roger y Taizé para la Iglesia del siglo XX y comienzos del XXI. A grandes trazos se puede decir, de la mano del trabajo de Aurora Sánchez, que Taizé se funda en convicciones como – paso al género telegrama -: “vivir el asombro del amor de Dios”; experimentar como “la oración es el corazón de la vida de Taizé”; y hacer que toda divisa sea “ser fiel a la Palabra de Dios y el arraigo a la Iglesia indivisa”.

El camino que en sí propone Taizé no es otro que “amar la soledad y detestar el aislamiento”. De ahí que tenga que subrayarse como un dato especialmente significativo el hecho de que el Hermano Roger se propusiese simplificar la liturgia para hacerla más accesible a los jóvenes y que participaran más activamente. Deseo este que correspondía a la dinámica señalada por el Concilio Vaticano II. Para el hermano Roger simplificar no era empobrecer, sino comprender mejor la Palaba para abrirse a Cristo. En este sentido conviene notar como Taizé hace percibir con nitidez el extraordinario equilibrio entre la oración comunitaria y la personal.

Otra de las cuestiones por las que brilla Taizé es su impronta ecuménica: la vía del “Ecumenismo Espiritual”. En palabras del ya citado W. Kasper: “El H. Roger conocía la paciencia de Dios en la historia de la salvación y de la Iglesia; por eso ni estaba nervioso ni tenía prisa”. Frente a planteamientos tipo “¿En qué Iglesia creer?”, que el mismo hermano Roger se formula, así describía su evolución ecuménica en el Encuentro Europeo de Jóvenes, en Roma en 1980, en una alocución al Papa Juan Pablo II en la Basílica de San Pedro y ante miles de jóvenes: “Una reconciliación interior de la fe de sus orígenes con el misterio de la fe católica, sin ruptura de comunión con nadie […] ¿Para qué saber quien tuvo la culpa? […] Perdonar, no para cambiar al otro, sino para seguir a Cristo”.

Para sintetizar la tercera de las perlas que es Taizé bastará con evocar la petición que, en 1968, Pablo VI formuló al hermano Roger: “Si tiene la llave para comprender a los jóvenes, démela”. La respuesta del hermano Roger fue la de siempre: “Vienen a buscar una fuente, un sentido a la vida. Viene con sus preguntas y descargan su peso”.

En resumidas cuentas, decir Taizé es decir Kairos en la Iglesia del siglo XX y XXI. Decir Taizé en Córdoba es decir Aurora Sánchez Garrido. – ¡Querida Aurora! Solamente se me ocurre en este momento, como ya hice en la defensa, recordar unas palabras del beato J. H. Newman, en un sermón suyo en el momento de dejar a los feligreses de su querida iglesia de Littlemore -: “Oh hermanos míos, oh corazones afectuosos y generosos, oh amigos queridos, si sabéis de alguien cuya suerte ha sido, por escrito o de palabra, ayudaros a obrar así en alguna medida; si alguna vez os dijo lo que sabíais sobre vosotros mismos, o lo que no sabíais; si ha sido capaz de discernir vuestras necesidades, o sentimientos, y os ha consolado con ese discernimiento; si os ha hecho sentir que había una vida más alta que esta vida de todos los días, y un mundo más brillante que este que veis; si os ha animado, si os ha tranquilizado, si ha abierto una vía al que buscaba, o aliviado al que estaba confuso; si lo que ha dicho o hecho os llevó a interesaros por él, y sentiros bien inclinados hacia él; a ese, recordadle en los tiempos que han de venir, aunque ya no le oigáis más, y rezad por él para que sepa reconocer en todo la voluntad de Dios y para que en todo momento esté dispuesto a cumplirla”.

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