¿Devocioncilla para beatas?


Cuando, a lo sumo, las dos o tres lectoras que aún no he conseguido aburrir tengan estas líneas en sus pantallas, se encontrarán en la semana de la Solemnidad del Corazón de Jesús – Devoción que como el mismo título indica (solo que sin signos de interrogación) es para muchos una devocioncilla para beatas -. A esta consideración, a lo mejor, ha podido contribuir “lo poco logradas que son ciertas imágenes del Sagrado Corazón, lo poco lograda que ha sido la iconografía del Sagrado Corazón. Se dice que influye en la crisis de la devoción al Corazón de Jesús el estilo, un poco anticuado de ciertas plegarias populares, de los devocionarios dedicados al Corazón de Jesús, etc., etc” (Padre Cándido Pozo dixit). Otro prejuicio es el que viene dado cuando se hacen preguntas como las que siguen: ¿Por qué la palabra corazón? ¿Dónde aparece en la Escritura y en los Santos Padres?

Las dificultades aludidas son, en realidad, de “poca monta”. Hay otras, quizá más difíciles de percibir, pero de un mayor peso. Una de ellas es ver como algo absurdo el pecado como ofensa personal a Dios, porque a Dios nuestros malos actos no podrían tocarle. Frente a esto, ha de decirse que nuestros pecados no hacen daño directo a Dios, pero la ofensa personal, no tiene por qué hacer daño material a Dios, por decirlo así.

Otra dificultad, seguramente, puede venir de una presentación del Corazón de Jesús como un amor dulce, ñoño. Solemos pensar a veces que si Dios me ama ¿por qué no me quita este sufrimiento o este dolor? Esta es nuestra concepción del amor, un amor frágil, un amor que salta por encima de todas las exigencias del orden objetivo. Si el corazón es símbolo de tal amor, entonces es lógico que se desprecie.

Como le hace decir Saint Exupéry al Principito: “Sólo con el corazón se ve bien”. O el filósofo Pascal decía – Por aquello del chauvinismo, cito en francés -: “Le coeur a ses raisons, que la raison ne connait pas”. Dando un pasito más, es propio decir que el término viene así a significar, allende la razón, “un estrato más hondo de la vida espiritual, donde se realiza un contacto inmediato con lo divino”. A todas luces conviene tener presente en todo momento que el cristianismo es religión del corazón.

Decía el teólogo Urs von Balthasar que hay un punto rojo que es como la estrecha abertura del reloj de arena, donde se comunica lo humano y lo divino. Luego no se trata de un puro órgano, no es tampoco el centro de la persona sin más, sino el corazón, la interioridad de Cristo abierta. Con cierta vena lírica se puede decir que en el Corazón de Cristo el océano divino ha entrado en el cauce minúsculo del corazón humano. Ahí está el cedro potente de la divinidad plantado en el vaso frágil de un corazón de tierra. Precisamente, y en este mismo orden de cosas, un joven teólogo de apellido Ratzinger, en uno de sus libros –su gran bestseller – hacia suyo un dicho de un anónimo jesuita del siglo XVII: “Aquello que, no siendo constreñido por lo más grande, se encierra, sin embargo, en lo más pequeño, eso es lo divino”.

En su día, el Papa Pío XII, haciendo suya una expresión que había escrito otro Pío, en este caso XI, decía: “¿No están acaso contenidos en esta forma de devoción el compendio de toda religión y aún la norma de vida más perfecta?”. Luego aquí se puede encontrar “quitaesencia”, fundamento, centro de nuestra fe ya que una devoción encarnada tiene que ser una devoción “apasionada”, una piedad de corazón a corazón.

Si lo dicho hasta el momento es poco claro – cosa que no dudo no por el contenido sino por la forma – quédese con la invitación de un tal Padre Charles de Condren (1588-1641) a sus discípulos: “La vida interior de Jesús es preciosísima a los ojos de Jesús mismo, y como suyos, debemos atemperar nuestros sentimientos a los suyos, debemos amar por encima de todo lo que Él amaba más que a otra cosa alguna; debemos amar por encima de todo la cosa en la cual Él más se complacía. Esta vida secreta es aquella por la cual Jesucristo comunica con su Padre; y esta vida interior es la que da dirección a todos sus actos, la que rige y gobierna su vida exterior”.