Banderillas del Papa Francisco


Es sábado 27 de mayo de 2017. No se trata de las Plaza de Toros de las Ventas del Espíritu Santo sino de la Catedral de San Lorenzo de Génova. Las banderillas no las toma un reputado subalterno sino el Papa Francisco y por delante no va un astifino burel sino el clero y religiosas de la Diócesis de Génova. Pero una cosa si que no ofrece dudas: las banderillas han quedado puestas “en todo lo alto”.

El envite no es cualquier cosa. Ha de sobreponerse a embestidas y “arreones” tipo: ¿Es posible vivir una intensa vida espiritual en los sacerdotes, en la complejidad de la vida moderna y de las tareas también administrativas, tiende a hacernos vivir dispersos y fragmentados?; ¿cómo vivir mejor la fraternidad sacerdotal?; ¿qué puede decirnos para que podamos vivir nuestra vida con creciente intensidad respecto al carisma, al apostolado y en nuestra diócesis, que es la Iglesia?; ¿cómo vivir y afrontar el descenso general de vocaciones a la vida sacerdotal y a la vida consagrada?

Primer par. A pregunta tipo: ¿Cómo vivir una intensa vida espiritual en una sociedad de tanto ruido? El Papa sienta cátedra: “Nuestra vida cotidiana, que no está en camino, está con prisas”. Para aclarar y que no haya dudas, añade: “Nosotros sacerdotes sabemos cuánto sufre la gente cuando viene a pedirnos un consejo o cualquier cosa. ‘¿Qué pasa?… Sí, sí, pero ahora no tengo tiempo, no…’. Deprisa, no en camino, deprisa, esta es la diferencia. Eso que está parado y eso que va deprisa nunca se encuentran”. Ciertamente – valga la expresión – “no se puede ser más Papa Francisco”: “El miedo más grande en el que tenemos que pensar, que podemos imaginar, es una vida estática: una vida del sacerdote que tiene todo bien resuelto, todo en orden, estructurado, todo está en su sitio, los horarios —a qué hora se abre la secretaría, la iglesia se cierra a tal hora…—. Yo tengo miedo del sacerdote estático. Tengo miedo. También cuando es estático en la oración: yo rezo de tal a tal hora”. Y remata: “¿Pero no te entran ganas de ir a pasar con el Señor una hora más para mirarlo y dejarte mirar por Él?”

Segundo par. – ¡Sin más componendas y sin más protocolo! -: “Y uno de los signos de que no se está yendo por el buen camino es cuando el sacerdote habla demasiado de sí mismo, demasiado: de las cosas que hace, que le gusta hacer… es autorreferencial. Es un signo que ese hombre no es un hombre de encuentro, como mucho es un hombre del espejo, le gusta reflejarse a sí mismo; necesita llenar el vacío del corazón hablando de sí mismo. Sin embargo el sacerdote que lleva una vida de encuentro, con el Señor en la oración y con la gente hasta el final del día, está ‘destrozado’”.

Tercer par. La preocupación por las vocaciones. “[…] si tú —sacerdote o consagrado o monja— estás siempre ocupado, no tienes tiempo de escuchar a los jóvenes que viene, que no vienen… ‘Sí, sí, mañana…’. ¿Por qué? Los jóvenes son ‘aburridos’, vienen siempre con las mismas preguntas… Si tú no tienes tiempo, ve a buscar a otra persona que pueda escuchar. Escucharles. Y después, los jóvenes están siempre en movimiento: es necesario ponerles en el camino misionero. […] El testimonio. Esta es la clave. Esta es la clave”. En resumidas cuentas: “¿Qué piensa un joven cuando ve un sacerdote, un consagrado o una consagrada? Lo primero que piensa, si tiene algún movimiento del Espíritu: ‘Yo quisiera ser como esa, como ese’. Allí está la semilla. Nace del testimonio. ‘¡Yo nunca quisiera ser como ese!’. Es el antitestimonio. El testimonio se hace sin palabras”.

Seguramente, después de recibir tres pares de banderillas como “los recetados”, lo único realmente honesto sea poder repetir con el Sr. Cura-párroco de Ambricourt en la novela de Bernanos: “¡Dios mío! Te lo entrego todo del mejor grado. Claro que no sé dar, doy las cosas como si me las quitaran. Lo mejor es estarme quieto. Pues si yo no sé dar, Tú sabes coger… Y, sin embargo, me habría gustado ser por una vez, tan sólo por una vez, liberal y magnifico hacia Ti”.

1 Comentario

  1. Muy bonito y muy instructivo, este Papa es misericordia personificada tenemos que aprender de el, y no solo en Génova, sino en todas partes de su este universo nuestro.

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