Fechas a celebrar por la Diócesis


A día de hoy, hay una fecha que no debería pasar sin más para la Diócesis de Córdoba. No puede pasar sin más cada 23 de mayo, Cumpleaños de Don Gaspar – En esta edición, la número 87 -. Tal vez alguien – cosa que sinceramente dudo – no conozca a D. Gaspar; de ahí que estas breves líneas sirvan para presentar a un “jarote de pro”, maestro de sacerdotes y alma mater del Seminario Conciliar de San Pelagio.

Decir Don Gaspar en la Diócesis de Córdoba es decir oración; la oración que “a la mañana”, tal y como se pregunta Santa Teresa de Lisieux – Nada de “Teresita”, pues brilla en el firmamento de los Santos con una luz especial – :¿No fue en la oración donde san Pablo, san Agustín, san Juan de la Cruz, santo Tomás de Aquino, san Francisco, santo Domingo y tantos otros amigos ilustres de Dios bebieron aquella ciencia divina que cautivaba a los más grandes genios? Un sabio decía: ‘Dadme una palanca, un punto de apoyo y levantaré el mundo’. Lo que Arquímedes no pudo lograr, porque su petición no se dirigía a Dios y porque lo hacía desde un punto de vista material, los santos lo lograron en toda su plenitud. El todopoderoso les dio un punto de apoyo: Él mismo, Él solo. Y una palanca: la oración, que abrasa con fuego de amor. Y así levantaron el mundo. Y así lo siguen levantando los santos que aún militan en la tierra. Y así lo seguirán levantando hasta el fin del mundo los santos que vendrán”. En resumidas cuentas, decir Don Gaspar es advertir con san Juan Pablo II que “hace falta, pues, que la educación en la oración se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral […] Se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida” (NMI 34).

Decir Don Gaspar en la Diócesis de Córdoba es decir el amor al Sacerdocio de San Juan de Ávila, la experiencia paradigmática para todo cristiano de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola; la altura mística de San Juan de la Cruz; el gracejo de Santa Teresa de Jesús. En una palabra, decir Don Gaspar es poder afirmar con F. M. Lèthel que el verdadero teólogo habrá de tener como permanente referencia el paradigma de la teología de los santos. Ya que todos los santos han buscado este conocimiento, esta “ciencia del Amor” que está en el corazón de la santidad, pues “el amor de caridad abraza toda la verdad de la fe en Cristo Jesús, haciéndola siempre más luminosa y atrayente al corazón del hombre. Esta es la teología de todos los santos, que consiste en en conocer el Amor de Cristo que sobrepasa todo conocimiento”.

Decir Don Gaspar en la Diócesis de Córdoba es decir Dirección Espiritual. Impresiona, realmente, leer juicios como el de E. Bianchi evocando la figura de Don Gaspar: “Por desgracia, faltan hombres espirituales, y no se inventan de un momento a otro ni maestros espirituales, ni maestros de oración. La insistencia tan marcada y a veces exclusiva en los dos últimos decenios, en la dimensión comunitaria, colectiva y litúrgica de la oración, desligada de un esfuerzo análogo de catequesis y de educación a la oración personal, corre el riesgo de ahondar el foso entre oración y vida, produciendo un nuevo formalismo, ya visible en ciertas actitudes ritualistas de panliturgismo y pansacramentalsimo. Además, si frente a la oración, más que objeciones articuladas (como las que en los años sesenta y setenta se hacían a la oración), se advierten, por parte de los cristianos mismos, indiferencia e inconsciencia hasta llegar a no percibir que la oración es absolutamente vital para la existencia cristiana, esto constituye un grave llamamiento para la calidad de la fe”.

Decir Don Gaspar en la Diócesis de Córdoba es decir amor a la vocación sacerdotal; -¡La vocación de Sacerdote Diocesano!-. Tal y como resonaba en su día en el diálogo entre un Papa y un filósofo, Pablo VI y el francés Guitton: “No, el sacerdote no es este hombre aislado y tímido que los novelistas y los cineastas nos dan. Contrariamente, el sacerdote es un hombre pletórico de misterio, pero también de amor. ¿Cómo expresarlo? El sacerdote es un ser misterioso, extranjero, que del mundo y de los hombres tiene una experiencia personal, formada por el sufrimiento y el misticismo entretejidos, y destinado a no conseguir el éxito, en el terreno práctico, debido a la sordera del mundo que le rodea”. Y en otro pasaje del mismo diálogo: “El arte del sacerdote, si es que cabe hablar de arte, es, cual dice san Gregorio, el arte supremo. El sacerdote debería poner a contribución todas sus facultades, en especial las más humanas. Y en él debería encontrarse cuanto hay en el hombre, salvo el pecado. Lo que los demás buscarían en él sería el eco, la acogida, el consuelo, no siempre el perdón y el consejo; y no, tan sólo, ser escuchados, sino ser comprendidos”.

Decir Don Gaspar en la Diócesis de Córdoba es decir compañía y consejo en los primeros años de un sacerdote. En este sentido, no hace mucho, decía el Cardenal Fernando Sebastián en sus Memorias con esperanza: “Especial atención necesitan los sacerdotes jóvenes. Por muy bien que trabajen los formadores del Seminario, los sacerdotes jóvenes, al llegar a las Parroquias tienen que superar dificultades notables. […] A veces tienen que encargarse de la atención pastoral de varias Parroquias. Allí están solos. Se encuentran con el empobrecimiento de las parroquias rurales. En sus Parroquias casi no hay más que ancianos. […] Siempre encuentran algunas familias fervorosas y acogedoras que les tratan con un respetuoso afecto. Pero encuentran también la fría indiferencia de muchos otros. A veces viajan treinta o cuarenta kilómetros para celebrar la Misa con cuatro o cinco asistentes. Poco a poco les entra el sentimiento de la inutilidad de su trabajo y de su vida. Este sentimiento de inutilidad hace mucho daño y es muy pernicioso. Mata el gusto, quita las ganas de trabajar. Hay que estar cerca de ellos para ayudarles a superar esta crisis de desencanto. Hace falta mantener la oración, leer libros estimulantes, mantener vivas las ilusiones apostólicas con mucha fe y mucha esperanza” (360).

Decir Don Gaspar en la Diócesis de Córdoba es decir espiritualidad del Corazón de Cristo. Precisamente el teólogo Ratzinger, enseñaba en su día como, según la visión de Haurietis aquas – Pío XII dixit -, las pasiones de Jesús – que se concentran y se representan en el corazón – son la justificación y fundación de que en la relación del hombre con Dios también se ha de incluir el corazón, es decir, la capacidad de sentir, la emoción del amor. Piedad encarnatoria debe ser piedad pasional, piedad de corazón de corazón y, así, ella es precisamente piedad pascual, pues el misterio pascual es como misterio de la pasión y del dolor, según su misma esencia, un misterio de corazón.

En resumidas cuentas, seguramente, pasaran los años, los Papas, los Obispos pero de seguro que el legado de Don Gaspar prevalecerá. Por lo que en esta efeméride del 23 de mayo resonará más que nunca la enseñanza de Pablo VI: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, y si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio”.