Una calle para los maestros/as de religión


En ejercicio ascético – ascesis de colchonero oliendo a merengón – pude oír, no hace mucho, como el más famoso de los “cristianos” pedía no una calle o una plaza sino que no le silbasen en su estadio. Eso me llevó a preguntarme, dirigiéndome a mí mismo en segunda persona del singular: ¿A quién le pondrías tú una calle? Pues bien, entre otros, a los maestros/as de religión.

Motivos varios. Pero el principal, de entre ellos, es la paciencia del gremio en sí frente al gremio de colegas en la enseñanza, que so capa de tolerancia y “buen rollito”, a veces, os desprecian, ningunean o preferían veros en no sé qué fila. Soportáis, a veces, que os tachen de “representantes de un pasado oscuro”, que os consideren representantes de una “oscura superstición” que como una losa se carga en los hombros de nuestra cultura. Pero – creo y es mi opinión – nada comparable a haber podido contemplar como desaparecían los crucifijos de las aulas. De ahí que ahora quiera contaros la Parábola del racionalista de G. K. Chesterton.

La parábola es un diálogo entre un tal Lucifer y un tal Miguel.

Comienza así Miguel: “-Un vez conocí un hombre como usted, Lucifer. Opinaba también…”

Responde Lucifer: -¡¡No existe otro hombre como yo!! – gritó Lucifer con tal violencia que estremeció la nave.

Prosigue Miguel: – Como iba diciendo, ese hombre opinaba también que el símbolo del cristianismo era un símbolo de barbarie y de sinrazón. Su historia es un tanto divertida. Viene a ser también una alegoría perfecta de lo que le ocurre a los racionalistas como usted. Comenzó, por supuesto, negándose a tolerar un crucifijo en su casa, ni siquiera pintado, ni pendiente del cuello de su mujer. Decía, igual que usted, que era una forma arbitraria y fantástica, una monstruosidad, amada por ser paradójica. Después fue haciéndose cada vez más violento y excéntrico., quería derribar las cruces de los caminos, porque vivía en un país católico romano. Finalmente, en un acceso de furor trepó al campanario de la iglesia parroquial y arrancó la cruz, blandiéndola en el aire, y profiriendo atroces soliloquios, allá en lo alto, bajo la estrellas. Una tarde, todavía en verano, cuando se encaminaba a su casa por un caminito vallado, el demonio de su locura vino sobre él con esa violencia y demudación tan fuertes que trastruecan el mundo. Se había detenido un momento, fumando, delante de una empalizada interminable, cuando sus ojos se abrieron. Ninguna luz brillaba, no se movía una hoja, pero él vio, como en una mutación súbita del contorno, que la empalizada era un ejército innumerable de cruces ligadas unas a otras, de la colina al valle. Enarboló el garrote y se fue contra ellas, como contra un ejército. Y milla tras milla, en todo el camino hasta su casa, fue rompiéndolas y derribándolas. Porque aborrecía la cruz y cada empalizada era una pared de cruces. Cuando llegó a su casa estaba completamente loco. Se dejó caer en una silla, y luego se alzó de ella porque los travesaños del maderamen repetían la imagen, insufrible. Se arrojó en una cama, lo que sirvió para recordarle que la cama, igual que todas las cosas labradas por el hombre, correspondía al diseño maldito. Rompió los muebles, porque estaban hechos de cruces. Pegó fuego a la casa, porque estaba hecha de cruces. En el río lo encontraron.

Se dice que Lucifer le miraba mordiéndose un labio y que preguntó: -¿Es verdad esa historia?.

A lo que Miguel respondió vivamente: -¡Oh, no! Es una parábola. Es la parábola de todos los racionalistas como usted. Empiezan ustedes rompiendo la cruz, y concluyen destrozando el mundo habitable. Les dejamos a ustedes diciendo que nadie debe ir a la iglesia contra su voluntad. Cuando les encontremos de nuevo estarán ustedes diciendo que nadie tiene la menor voluntad de ir a ella. Les dejamos a ustedes diciendo que no existe el lugar llamado Edén. Les encontramos diciendo que no existe el lugar llamado Irlanda. Parten ustedes odiando lo racional y llegan a odiarlo todo, porque todo es irracional, y…”.

Fin de la cita. “El que tenga oídos que oiga”.