Los sietes dolores de María Versión 2.0


Como reza el título, Los siete dolores de María Versión 2.0 ó Guía para que la imaginación del paciente lector pueda percibir lo que María Santísima – en cualquiera de sus advocaciones de Pasión – contemplará desde debajo de palio y bambalinas, entre “chicotá y chicotá”, llegando a ser cada uno de los consabidos siete puñales. En definitiva, ¿cuáles son esos dolores a día de hoy? ¿Hay una versión 2.0?

Como primero de ellos, la profecía de Simeón: “Una espada de dolor te traspasará el alma”. La cosa va de heridas llamadas – claro está – a ser curadas. Si bien conviene no olvidar –en palabras de Charles Péguy – como “la gente más honrada, o sencillamente la gente honrada, o, en fin, quienes son llamados así, y a quienes gusta mucho que los llamen así, no tienen defecto en la armadura. No están heridos. Su piel de moral constantemente intacta forma una especie de cuero y una coraza sin defectos. No presentan esa abertura que exhibe una herida horrible, una angustia inolvidable, una pena invencible, un punto de sutura eternamente mal cosido, una inquietud mortal, una ansiedad oculta en la trastienda, una amargura secreta, un perpetuo hundimiento escondido, una cicatriz eternamente mal cerrada. […] Como no carecen de nada, nada se les aporta. Como no carecen de nada, no se les aporta lo que es todo. Ni siquiera la caridad de Dios puede poner un vendaje al que no está herido”.

Como segundo de ellos, la huida a Egipto con Jesús y José. La cosa va de tener que salir de “la tierra de uno”, de sus seguridades, con la sola esperanza de una promesa. Si bien conviene no olvidar – en palabras de Joseph Pieper – como “los hombres son muy propensos a esperar tranquilamente, a ver si llegan a hacerle una visita en casa las pruebas de la realidad de la revelación, como si estuvieran en situación de árbitros y no de menesterosos, necesitados de ella. Han decidido probar al Todopoderoso de forma desapasionada y judicial, con toda imparcialidad y con la cabeza serena. El error, tan funesto como frecuente, que hay en todo esto tiene por causa el pensar que uno puede acercarse a la verdad si respeto o veneración”.

Como tercero de ellos, el niño perdido en el Templo. La cosa va de un niño que hace ver a sus padres que más bien debía estar en las cosas de su Padre, bajo su autoridad. Si bien conviene no olvidar – en palabras de Constanza Miriano – como “[…] Ahora se escucha a los hijos, se hace el esfuerzo por comprenderlos, pero después no se tiene el valor de imponerles una autoridad firme y segura. Como con miedo a herirlos, a perturbarlos. Como si no fuera ése el mayor regalo que pueden recibir de sus progenitores: amor sí, pero con un camino bien delimitado y no siempre cómo de recorrer […] De hecho, al final, creo que la falta de autoridad, a veces de autoridad moral, proviene de una falta de orientación ‘vertical’ de la vida. Auctoritas se deriva de aumentar, de hacer crecer. Pero ¿hacer crecer qué? ¿Hacia dónde? ¿Dónde está arriba y dónde está abajo? Estamos tan faltos de saberlo…”.

Como cuarto de ellos, María se encuentra con Jesús camino del Calvario. La cosa va de un cruce miradas. Si bien conviene que uno se pregunte: ¿Alguna vez he defraudado a alguien a quien quería? ¿Fui capaz de sostener la mirada? Cuenta el Evangelio como un joven tuvo una vez que “soportar” el que “Jesús, fijando en él su mirada, le amó” (Mc 10, 20). Al joven, la mirada de Jesús lo dejó abatido, es más, se nos dice que se “marcho entristecido” ya que “una cosa le faltaba”. Marcho triste porque Alguien le había mirado con amor. Un amor como el de Jesús que se me dona sólo puedo ‘comprenderlo’ como un milagro, y no lo puedo agotar buscando un porqué: “Como ningún niño despierta al amor sin haber sido amado, así ningún corazón humano despierta a la comprensión de Dios sin la libre donación de la gracia – en la imagen de Jesucristo”.

Como quinto de ellos, la Crucifixión y la agonía de Jesús. La cosa va de sacrificio, de “morir a uno mismo”. Si bien conviene no olvidar – también en palabras de Constanza Miriano – que “hay un secreto, que el mundo no conoce, para convertir en una vía luminosa nuestra cotidianeidad hecha de tedio, rutinas, incomprensiones y tocamientos de narices […] El secreto se llama sacrificio: el cansancio, en lugar de ser un obstáculo, es otro nombre del amor; no es algo que frustre el amor, sino que lo hace crecer. El amor no se conoce con la fatiga, el amor crece […] el amor, ‘que a todo amado a amar obliga’, se provoca precisamente así, no hay otro modo: dando libremente, sin volverse atrás. Si no, no es amor, es un contrato”.

Como sexto de ellos, María recibe el cuerpo de Jesús al ser bajado de la Cruz. La cosa va de muerte o de “muertos que aparentemente pueden gozar de una muy buen salud”. Si viene conviene no olvidar – también con Charles Péguy – como “es extremadamente notable que la muerte espiritual, que la muerte del alma, se represente en el lenguaje tradicional de la Iglesia como resultado de un endurecimiento. Es preciso guardarse de ver en ello una metáfora. Por otro lado, nunca hay metáforas. Cuando hablamos del endurecimiento final y de la impenitencia final, es preciso oír bien que se está dando un fenómeno real de endurecimiento que hace del alma como una madera muerta. Es claramente una incrustación espiritual, un revestimiento del hábito que impide que, a partir de ahora, el alma sea mojada por la gracia”.

Como séptimo y último de ellos, Jesús es colocado en el sepulcro y la soledad de María. Luego la cosa va de soledad, pero soledad abierta a una esperanza. Si bien conviene hacer una pregunta como la que sigue: “¿Quién crea compañía en el camino de la vida? – Es decir, ausencia de soledad -.

Para concluir las palabras de un notable “misacantano” en su día: “De una cosa podéis estar seguros: el único camino para entender los sufrimientos del Hijo es penetrar en el sufrimiento de la Madre. Poneos al pie de la cruz, mirad a María de pie allí a sus pies, con los ojos en alto, traspasada por la espada. Imaginad sus sentimientos y hacedlos vuestros. Que ella sea vuestro gran modelo” (John Henry Newman dixit).

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