¿Por qué pedir a Dios más pruebas de las que pedimos a nuestra razón?


Lo mismo ni se te ha pasado la pregunta por la cabeza nunca. Pero ahora concédeme el beneficio de la duda y el par de minutos que conlleva la lectura de estas “aturrulladas líneas”. Te lo puedo decir de otro modo y sin interrogantes: En nuestro “día a día”, en realidad, lo reconozcamos o no, “creemos más que conocemos”.

Decía alguien, del que al final te diré el nombre, que “la memoria y la razón nos engañan continuamente y nadie dice que sea absurdo e irracional seguir confiando en ellas; y eso es así por la sencilla razón de que en su conjunto son veraces y fieles testigos, y sólo a veces resultan engañosas”. Y añade: “En los asuntos prácticos no tenemos más remedio que apoyarnos no sobre lo posible, sino sobre lo probable. En las cosas de la vida diaria no hay tiempo para andar con temores fastidiosos y perversos sobre los posibles engaños menores que nos acechan. Tenemos que actuar o no podríamos vivir”. Luego parece que casi todo lo que hacemos en la vida se basa en la confianza, es decir, en la fe. Confiamos en los sentidos, en la memoria, en la razón y en “autoridades” (ya sea la autoridad del médico del que espero cura, ya sea del político que administra el dinero de mis impuestos).

Para aclarar un poco te pongo algunos ejemplos: ¿Qué pensarías de alguien que para decir que Inglaterra es una isla no le basta con leerlo en un libro de geografía sino que necesita recorrer íntegramente todas sus costas? ¿Qué pensarías de la parturienta – ya ha roto aguas – que al llegar a la maternidad de Reina Sofía exige los títulos – con marco incluido – y los másters de Ginecólogo/a y matrona/o incluidos? Luego, como ya he dicho, la confianza es un componente esencial de nuestro mecano. ¿Qué es lo que nos convence entonces? Lo que los demás nos dicen, la confianza, la fe en el testimonio de otros. Nadie se escandaliza porque en nuestros asuntos diarios, confiamos, estamos obligados a confiar, en personas que no hemos visto nunca o que conocemos muy superficialmente: un médico, la “persona que nos hace la declaración de la renta llegado el momento” y un más que largo etc…

Claro que la cosa se complica cuando se trata de religión. Entonces normalmente lo que te puedes ganar, normalmente se entiende – es que te llamen irracional. Lo cual en sí sería una forma fina y respetuosa. Lo normal es que te llamen beato, iluso y “pobre hombre/mujer”.

Por un momento, y también apelando al beneficio de la duda, dale a la fe cristiana una oportunidad. Pregúntate, en estos asuntos, ¿qué me pide la Escritura? Pues bien la respuesta es la siguiente: La Escritura en realidad sólo te pide comportarte respecto a la otra vida como te comportas a diario en lo presente. En resumidas cuentas: confiando más que analizando – En estas cosas el análisis es después de la vida y no antes -.

Pero, ¿por qué cuesta tanto? (-lo no fácil del asunto hace que puedan existir y convivir ateos, agnósticos, creyentes, indiferentes, cristianos sociológicos, beatos, discrepantes, etc.)

Como dijo Jack el Destripador, vayamos por partes. Primera cosa que debe quedar clara. Confiar en otro es reconocerse inferior a él, y eso duele a nuestra orgullosa condición. Dar un cheque de confianza a Dios es considerado por muchos como algo impropio del hombre y motivo de vergüenza. Tal vez, en el fondo, lo que hay es la idea de que rompiendo la cadena que ata al Creador – seguramente cercano en aquello que todo ser humano denomina con el nombre de conciencia – seremos más libres. Entonces, si tan orgullosos son los que entienden la vida así, ¿por qué confían unos en otros? “Porque no tienen otro remedio y porque si confían en otros, también otros confían en ellos, lo cual les coloca en un plano de igualdad”.

Segunda cosa a aclarar pero dicha a modo de advertencia: “Es tan absurdo atosigar a las personas con argumentos para que crean; como torturarlas para el mismo fin”.

Tercera y última. Se preguntaba el “alguien” del que te vengo hablando: “¿No consiste el error común, el fatal error del mundo, en creerse juez de la verdad religiosa sin preparar el corazón?”. Y respondía: “Los ojos groseros no ven; los oídos duros no oyen. Pero en las escuelas del mundo los caminos hacia la verdad se consideran vías anchas abiertas a todos los hombres, en todo momento, sean cuales sean sus disposiciones. Como si fuera posible acercarse a la Verdad sin acatamiento de la misma. Se piensa que cada cual está al mismo nivel que su vecino; o más bien, que las facultades del intelecto – agudeza, sagacidad, sutileza y profundidad – son la guía hacia la Verdad. Los hombres consideran que tienen pleno derecho a discutir los temas religiosos, prescindiendo de las actitudes religiosas. Entrarán en los puntos más sagrados de la fe en el instante que se les ocurra o les venga en gana; y puede que sea con una actitud mental de descuido, en horas de recreo, mientras tomas una copa. ¿Es de extrañar que tan a menudo acaben en la indiferencia, y concluyan que la Verdad religiosa es puramente nominal, que todos tienen razón y todos se equivocan? Pues exteriormente son espectadores de una multitud de sectas y opiniones contradictorias, e interiormente tienen la clara conciencia de que sus búsquedas terminan en oscuridad”.

Ahí es nada. ¿Por qué pedir a Dios más pruebas de las que pedimos a nuestra razón? Dale por una vez el beneficio no de tu duda sino de tu confianza. Si quieres conocer a Cristo como verdad – decía el teólogo Ratzinger – necesariamente tienes que conocerlo antes como camino.

Post Data: Para más información pregunte bien a su librero, bien a su bibliotecario o bien a su “San Google” de turno por el “alguien” que en realidad lleva por nombre John Henry Newman.

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