Pon nota al sermón de tu párroco


Al hilo de la tan traída y llevada “propuesta de defenestración coletera” de la Misa de la 2 de RTVE, escribía el filósofo -¡¡¡Ateo!!!- Gabriel Albiac: “No queda casi nada de aquella grandeza en los usos eclesiales del siglo XXI, que son una de las cosas que un ateo como yo más añora de su infancia. Las iglesias son hoy garajes inhóspitos. La música que en ellas suena es un insulto al buen gusto. Y el abandono del latín litúrgico ha sido el mayor atentado a la cultura en la edad moderna […] La intensidad sagrada, que potenciaba al absoluto el rito, se ha perdido”. Por estos mismos derroteros, y no hace ni un mes, el ensayista, crítico literario y taurino e historiador de la literatura española Andrés Amorós me comentaba su absoluta perplejidad por la homilía en la boda de un familiar en la que el sacerdote, al parecer, fue desgranando todo un comentario, – no sé si “teológico” – , de la película El Resplandor de Stanley Kubrick.

Conste que el que suscribe tendría ahora la tentación de añadir al breve muestrario de críticas “litúrgico-homiléticas” la voz del ínclito Pablo Echenique, secretario de organización de Podemos, para el que la televisión pública no es el lugar para “emitir opiniones más propias de la Edad Media, que van a contracorriente con la evolución de la Iglesia”. Pero no sucumbiré a esta tentación.

De manera que, por lo visto hasta el momento, parece que habría que revisar las homilías de tu párroco o “cura de referencia”. O llegado el caso, incluso, ponerles nota. – Hazlo con caridad y cuando comuniques la nota, en el fondo te lo agradecerá, pon todo el cariño del que seas capaz -. Pero para tan “ímproba” tarea necesitas “culturizarte un poco”, tener “algo de criterio”. – No se trata de criticar por criticar -.

Nada mejor para crear criterio que la enseñanza siempre clarividente del profesor Ratzinger –un “Seguro de Vida” en todo lo que maneja -. Decía:“Muchos cristianos actuales – entre los cuales me incluyo – se sienten invadidos por un sentimiento de disimulada decepción ante las celebraciones litúrgicas de una Iglesia que les resultan ajenas, al reflexionar sobre las teorías entendidas a medias y las insípidas opiniones personales que de algún sacerdote han de soportar [los oyentes] durante la predicación. A mí personalmente no me interesan las elucubraciones que ha hecho este o aquel sobre las cuestiones de la fe cristiana. Esto puede estar bien para una velada pero no para el compromiso que, domingo tras domingo, dirige mis pasos hacia la iglesia. Quien se predica de este modo a sí mismo, se sobreestima y se da una importancia que sencillamente no tiene. Si acudo al templo es para ir al encuentro de aquello que no hemos imaginado ni yo, ni este ni el otro; sino para encontrar aquello que nos precede y que nos puede sustentar a todos en una fe de la Iglesia que recorre los siglos”.

Como no hay nada más pedagógico que un buen ejemplo. Ahí va el ejemplo de un gran predicador – San Cirilo de Jerusalén – , de hace ya bastantes siglos, de cuya elocuencia una tal Egeria (Egeria es una mujer, al parecer de origen gallego, que emprendió entre el 381 y 384 una peregrinación a los Santos Lugares y dejó por escrito la experiencia) afirmaba:“Dios sabe […] si los gritos de los fieles que van a la catequesis para oír lo que dice o expone el obispo son mayores que cuando, sentado, predica en la iglesia sobre cada materia que va exponiendo”.

La muestra de elegancia homilética de Cirilo de Jerusalén – Después de leerla, busca, compara y si encuentras algo mejor “cambia de iglesia” – dice así, refiriéndose a la actitud con la que has de ir a recibir la Comunión: “Al acercarte no vayas con las palmas de las manos extendidas, ni con los dedos separados; sino haz con la mano izquierda un trono, puesto debajo de la derecha, como que está a punto de recibir al Rey; y recibe el cuerpo de Cristo en el hueco de la mano, diciendo amén. Después de santificar tus ojos al sentir el contacto del cuerpo santo, recíbelo seguro con cuidado de no perder nada del mismo. Pues si se te cayera algo, está claro que es como si hubieras sufrido la pérdida de un miembro tuyo. Y dime: Si alguien te diera unas virutas de oro, ¿no las guardarías con todo esmero, decidido a no perder nada de ellas y tener que soportar la pérdida? ¿Y no habrá que poner mucho más empeño en que no se te caiga ni una migaja, que es más valiosa que el oro y las piedras preciosas?”.

Post data: De momento confórmate con la crítica a los sermones de tu párroco. Si como el Niño Dios vas creciendo en gracia y sabiduría podrás probar con “piezas” más elevadas.