Corresponsal en Fátima

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Escribo estas líneas en el escritorio (- Más bien diría que tocador con su espejito incluido -) de la habitación de un “hotelito” de Fátima (Portugal). No ha pasado ni un mes y es la segunda vez que me encuentro, aquí, en esta “tierra lusa de María Santísima”. Como es domingo y no puedo cumplir con el ritual de la lectura de la prensa y correspondiente suplemento dominical me hago a la idea – o intento hacerme la idea – de lo que podría escribir sobre este lugar, como reportaje, un periodista al uso.

Sería triste, e incluso se podría decir que sin sentido, que la crónica girase en torno al “bacalao dorado”, “la oferta hotelera”, el “ocio nocturno”, el “impacto económico de este Primer Centenario de las Apariciones” o el “presumible shopping” a realizar. En realidad, ir por esos derroteros, sería quedarse en la “epidermis” del lugar. Tal vez empezaría a tener más sentido tirar de “alcachofa” e intentar hacer una pequeña “recolecta de testimonios” de viandantes y peregrinos. Pero como no hay mucho tiempo, tal vez haya que acudir a algo más inmediato: tirar de “memorias pretéritas”.

La crónica podría llevar, por ejemplo, el siguiente título: ¿Qué es Fátima?

Ya en su día, el por entonces cardenal Ratzinger, dijo de ella: “Fátima es sin duda la más profética de las apariciones modernas […] una página de historia, marcada por la trágica voluntad humana de poder y de iniquidad, pero impregnada del amor misericordioso de Dios y de la atenta premura de la Madre de Jesús y de la Iglesia”. O el literato francés Paul Claudel llego a decir: “Fátima es una explosión de lo sobrenatural”.

Un capítulo aparte, necesariamente, tendría que atender al vínculo de San Juan Pablo II con Fátima. O más en concreto a la tercera parte del secreto de Fátima revelada el 13 de julio de 1917 en la Cueva de Iria-Fátima y escrita por Sor Lucía el 3 de enero de 1944; y que San Juan Pablo II pidió (en sobre lacrado se custodiaba en la Congregación para la Doctrina de la Fe) tras el atentado que sufrió el 13 de mayo de 1981.

La consabida tercera parte del secreto dice así: “[…] hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía que iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Ángel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: ‘algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él’ a un Obispo vestido de Blanco ‘hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre’. También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran del alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la Gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados […]; y del mismo modo murieron uno tras otro los Obispos, sacerdotes y religiosos y religiosas y diversas personas seglares […] Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Ángeles cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires […]”.

En el año 2000, a través de una carta, el Papa Juan Pablo II expresó su deseo a sor Lucia de “hacerle algunas pregunta sobre la interpretación de la ‘tercera parte del Secreto”. Sor Lucia pudo responder a través de un coloquio con un enviado del Papa. En el coloquio, Sor Lucia mostró que estaba completamente de acuerdo con una afirmación del Papa: “una mano materna guió la trayectoria de la bala, y el Papa agonizante se detuvo en el umbral de la muerte”.

Para aclarar aún más las cosas, el cardenal Ratzinger, en el año 2000, puso negro sobre blanco:

Primero. “La función de las revelaciones privadas no es ‘completar’ la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia (- Véase el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 67- )”.

Segundo. “En las revelaciones privadas reconocidas por la Iglesia – y por tanto también en Fátima – se trata de esto: ayudarnos a comprender los signos de los tiempos y a encontrar la justa respuesta desde la fe ante ellos. Comprender los signos de los tiempos (- Caso de Fátima -) significa comprender la urgencia de la penitencia, de la conversión y de la fe”.

Tercero. “El sentido de la visión no es el de mostrar una película sobre el futuro ya fijado de forma irremediable. Su sentido es exactamente el contrario, el de movilizar las fuerzas del camino hacia el bien”.

Cuarto. “El Papa aparece temblando y sufriendo por todos los hombres que lo rodean. […] El camino de la Iglesia se describe así como un viacrucis […] en la visión podemos reconocer el siglo pasado como siglo de los mártires, como siglo de los sufrimientos y de las persecuciones de la Iglesia”.

Quinto. “En la visión también el Papa es matado en el camino de los mártires. ¿No podía el Santo Padre, cuando después del atentado del 13 de mayo de 1981 se hizo llevar el texto de la tercera parte del ‘secreto’, reconocer en él su propio destino? Había estado muy cerca de las puertas de la muerte y él mismo explicó el haberse salvado, con las siguientes palabras: ‘…fue una mano materna a guiar la trayectoria de la bala y el Papa agonizante se paró en el umbral de la muerte’ (13 de mayo de 1994). Que una ‘mano materna’ haya desviado la bala mortal muestra sólo una vez más que no existe un destino inmutable, que la fe y la oración son poderosas, que pueden influir en la historia y, que al final, la oración es más fuerte que las balas, la fe más potente que las divisiones”. – Fin de la cita ratzingeriana -.

Luego, volviendo al “titulillo” del reportaje: ¿Qué es Fátima? Fátima no es otra cosa sino esta promesa: ‘Mi Corazón Inmaculado triunfará’.  Y, ¿qué quiere decir esto? “Que el corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat de María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque ella ha introducido en el mundo al Salvador. […] El mensaje de Fátima nos invita a confiar en esta promesa”.

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