¡¡¡Seminaristas!!!

20

Queridos Seminaristas:

¿Cuántas veces hemos podido oír de labios de D. Gaspar – D. Gaspar es, para aquel que no lo conozca, y sin exageración andaluza, la prueba más palpable de lo que ha de ser un sacerdote de la cabeza a los pies – aquello de que si tuviera que escribir un libro lo titularía Lo que os decía? Ni que decir tiene que nunca osaría intentar ponerme a su altura pero el recuerdo de su “dicho” me lleva a comentaros algo que quisiera deciros ahora que estáis en plena campaña del Día del Seminario.

Aunque “víctimas de la ESO”, tal vez habéis podido escuchar, en alguna ocasión, aquello de “los españoles siempre iremos detrás de los curas, o con velas o con palos”. Se podría decir que para nuestra sociedad tener una idea desapasionada (en un sentido o en otro) sobre este gremio al que sois llamados sería casi un imposible. De ahí que ahora quiera deciros algunas cosas, que en mi corta experiencia, podrían ayudaros ante esta división de opiniones con la que en muchas ocasiones os encontraréis, ya incluso, nada más “saltar al ruedo”.

Tal vez a estas alturas de vuestro camino vocacional habéis podido escuchar: “En esta parroquia nadie colabora”, “la gente de este barrio no viene a la iglesia”, “el consejo pastoral no sirve para nada”, etc. Todas estas circunstancias son posibles. Sin embargo, conviene no olvidar que cuando en la vida se tiene la sensación de que todos o casi todos están en tu contra, ¿no convendría que me hiciera alguna pregunta sobre mí mismo?: En definitiva, ¿qué aporto? ¿Aporto belleza (– la belleza de la vida cristiana, se entiende -)?

Os recuerdo como la Escritura (véase Jeremías 32, 1-9) narra que cuando parece que ya estaba todo perdido, se le pide a Jeremías que compre un campo en su tierra. Lo cual resulta, verdaderamente, absurdo. Humanamente así es, sin duda.

Vistas las circunstancias, y huyendo, por encima de todo, del desanimo y la desesperanza, cabría preguntarse: ¿Por qué nuestras parroquias, nuestros grupos, nuestras realidades eclesiales no podrían ser como el campo de Jeremías? Si en un barrio degradado de la periferia la parroquia es bonita, si es un lugar que invita a quedarse por su ambiente, las relaciones, la calidez que se respira, estamos prestando un importante servicio a la esperanza. Que un lugar sea campo de Jeremías dependerá no de su estructura, del cuidado, de la limpieza de las zonas comunes, sino de la capacidad del cura, un tanto ilógica, de crear un espacio humano donde uno pueda recuperar la esperanza.

Como sacerdote puede ocurrir que no conozcas a todos tus parroquianos. En la escena donde se recrea la multiplicación de los panes, Jesús no hace previamente el milagro de llamar a los presentes de uno en uno, desgranando sus nombres y apellidos de memoria. Un sacerdote que vive la compasión de Jesús respecto a la propia comunidad sabe cuáles son las muchas formas en que toma forma la búsqueda de Dios en la vida de las personas, incluida la suya. Con todas esas preguntas e inquietudes en el corazón, él se acerca a la palabra de Dios. El sacerdote, por tanto, está como situado en el punto medio entre la comunidad, por un lado, y la palabra de Dios, por otro. Está dentro y frente a la primera, dentro y frente a la segunda. Y su tarea consiste en ponerlas en diálogo. Recoge aquellos interrogantes y deseos, y con ellos en el corazón lee e interroga a la Palabra de Dios. De aquí hace brotar el comentario, la interpretación, la reflexión, palabras que en ese momento serán ya anuncio evangélico, y no una lección erudita sobre el Evangelio.

Termino con unas palabras – creo que sabias – que en su día intercambiaron el Papa Pablo VI y el filósofo francés Jean Guitton: “No se trata de que el sacerdote viva experiencias, en el sentido que la ciencia da a esta última palabra. El poeta no vive experiencias, en este sentido, pero el don de la poesía le permite sentir con los hombres, captar la esencia de la experiencia sin vivirla realmente. Pensemos en el Dante, por ejemplo. El sacerdote es el poeta más completo, ya que no sólo tiene la vocación de sentir con los demás, sino de sufrir con ellos. Su castidad significa que no quiere especializarse en una vocación, en una situación particular, con la finalidad de poder asumir cuanto hay de humano, radiante y doloroso, en todas las situaciones y todos los estados del hombre. Me dirá que es un ideal desesperante, pero no olvide que todo ideal verdadero exalta y desespera”.

Queridos Seminaristas: ¡Feliz y fructífera campaña del Día del Seminario!

 

1 Comentario

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here