Un cuadro de Chesterton para la Voz de Córdoba


Con sumo gusto el que abajo suscribe está dispuesto a regalar cuadro y lámina con la oronda figura del gran gacetillero que fue Gilbert Keith Chesterton al Periódico Digital la Voz de Córdoba en el que tengo el gusto de poder escribir. Con sumo gusto también encajaría el que abajo suscribe la declinación del regalo por motivos de no concordancia con el ornato de la redacción del citado periódico o cualquier otro motivo. Con sumo gusto aceptaría también el que suscribe la oportunidad de justificar la razón del regalo. De igual modo, con sumo gusto, el que abajo suscribe aceptaría la indicación necesaria en lo que atañe al marco o la imagen elegida.

Chesterton va ya camino de los altares y aunque los periodistas ya tienen su patrón en san Francisco de Sales, no estaría de más, en mi modesta opinión, el que un sencillo cuadro sirviese al menos para evocar algo que para los valores de un “verdadero humanismo cristiano”, de una “sana ética periodística” o de un “tratamiento respetuoso al pensamiento que pueda generar la voz, no siempre para vergüenza de la misma, profética de la Iglesia”.

Poner un cuadro de Chesterton en la redacción sería evocar que, como a él mismo le valió en su búsqueda de la fe, el motivo por el que se perseguía los cristianos en los primeros siglos era nada más y nada menos que porque “eran profundos e incómodos”. Poner el dichoso cuadro sería que evocar cosas como: “El círculo externo del cristianismo es una guardia de abnegaciones éticas y sacerdotes profesionales; pero, salvando esta muralla inhumana, encontraréis la danza de los niños y el vino de los hombres; porque el cristianismo es la única armadura de la libertades paganas. En la filosofía moderna todo sucede al revés: la guardia exterior es encantadora y atractiva, y adentro la desesperación se retuerce” (Ortodoxia)

Poner un cuadro de Chesterton en la redacción sería poder evocar su conocida Parábola del Racionalista que paso a transcribir íntegramente.

“-Un vez conocí un hombre como usted, Lucifer – dijo articulando y monotonía desesperantes -. Opinaba también…

-¡¡No existe otro hombre como yo!! – gritó Lucifer con tal violencia que estremeció la nave.

-Como iba diciendo – continuó Miguel -, ese hombre opinaba también que el símbolo del cristianismo era un símbolo de barbarie y de sinrazón. Su historia es un tanto divertida. Viene a ser también una alegoría perfecta de lo que le ocurre a los racionalistas como usted. Comenzó, por supuesto, negándose a tolerar un crucifijo en su casa, ni siquiera pintado, ni pendiente del cuello de su mujer. Decía, igual que usted, que era una forma arbitraria y fantástica, una monstruosidad, amada por ser paradójica. Después fue haciéndose cada vez más violento y excéntrico., quería derribar las cruces de los caminos, porque vivía en un país católico romano. Finalmente, en un acceso de furor trepó al campanario de la iglesia parroquial y arrancó la cruz, blandiéndola en el aire, y profiriendo atroces soliloquios, allá en lo alto, bajo la estrellas. Una tarde, todavía en verano, cuando se encaminaba a su casa por un caminito vallado, el demonio de su locura vino sobre él con esa violencia y demudación tan fuertes que trastruecan el mundo. Se había detenido un momento, fumando, delante de una empalizada interminable, cuando sus ojos se abrieron. Ninguna luz brillaba, no se movía una hoja, pero él vio, como en una mutación súbita del contorno, que la empalizada era un ejército innumerable de cruces ligadas unas a otras, de la colina al valle. Enarboló el garrote y se fue contra ellas, como contra un ejército. Y milla tras milla, en todo el camino hasta su casa, fue rompiéndolas y derribándolas. Porque aborrecía la cruz y cada empalizada era una pared de cruces. Cuando llegó a su casa estaba completamente loco. Se dejó caer en una silla, y luego se alzó de ella porque los travesaños del maderamen repetían la imagen, insufrible. Se arrojó en una cama, lo que sirvió para recordarle que la cama, igual que todas las cosas labradas por el hombre, correspondía al diseño maldito. Rompió los muebles, porque estaban hechos de cruces. Pegó fuego a la casa, porque estaba hecha de cruces. En el río lo encontraron.

Lucifer le miraba mordiéndose un labio.

-¿Es verdad esa historia? – preguntó.

-¡Oh, no! – dijo Miguel vivamente -. Es una parábola. Es la parábola de todos los racionalistas como usted. Empiezan ustedes rompiendo la cruz, y concluyen destrozando el mundo habitable. Les dejamos a ustedes diciendo que nadie debe ir a la iglesia contra su voluntad. Cuando les encontremos de nuevo estarán ustedes diciendo que nadie tiene la menor voluntad de ir a ella. Les dejamos a ustedes diciendo que no existe el lugar llamado Edén. Les encontramos diciendo que no existe el lugar llamado Irlanda. Parten ustedes odiando lo racional y llegan a odiarlo todo, porque todo es irracional, y…”.

Fin de la cita.

 

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