Recursos para la cena ¿romántica? de San Valentín


-¿Se te acabaron los recursos? ¿Quieres evitar a toda costa el trance del silencio y la mirada penetrante de los comensales de la mesa de alrededor sorprendidos por vuestra poca comunicación en una noche tan señalada? ¡No todo está perdido! Ahí van a uno recursos de urgencia para “quedar de lujo” y salir al quite cuando al conversación sobre el tiempo haya finalizado.

Para casos en los que la cuestión está en los primeros compases serían muy recomendables cosas del estilo de: “El amor puede ser también como un choque en el que dos seres adquieren plena conciencia de que deben pertenecerse, aunque falte aún el estado de ánimo y los sentimientos. Es uno de esos procesos del universo que producen la síntesis, unen lo que está separado y amplían y enriquecen lo que es angosto y limitado” (9-10).

Para casos en los que la cuestión está más cercana al hundimiento del Titanic que a un plácido paseo en barca por la Plaza de España de Sevilla, serían recomendables argumentos como el que sigue: “Las alianzas […] Nos recordarían sin cesar el pasado, como una lección que es preciso recordar siempre, y nos irían abriendo un futuro continuamente nuevo, uniendo el pasado con el futuro. Al mismo tiempo y a cada instante, nos unirán el uno al otro con un lazo invisible, como los dos últimos eslabones de una cadena” (17-18).

Si se trata de quedar de “profundo” y “reflexivo”, prueba a decir algo como lo que sigue: “Es inevitable la desproporción entre el deseo de felicidad del hombre y sus posibilidades” (21).

Si la cosa no se enmienda ni con el champán. Pasa al ataque: “¿No es algo terrible condenar las paredes del propio corazón a poseer un solo morador, que puede desheredarte y quitarte en cierto modo tu lugar dentro de ti misma? […] ¿Pero es que el amor ha de ser un compromiso? ¿No debería nacer continuamente de la lucha por el amor de la otra persona?” (39).

Si ha comenzado a tener su efecto el bombardeo de argumentos. Procura rematar la faena: “¿Por qué se ama? ¿Por qué te amo, N? No me obligues a contestar. No sabría responderte. El amor trasciende su propio objeto, o bien se acerca tanto a él, que casi lo pierde de vista. Entonces el hombre tiene que pensar de otra manera, debe despojarse de las frías razones – y en este su “ardiente pensar” una cuestión adquiere la máxima importancia: ¿crea algo? Pero esto ni siquiera lo sabe, tan cerca está del objeto. Importante será lo que quede cuando la onda de las emociones decrezca, todo esto es cierto, N. ¿Y sabes qué me hace más dichoso? Que, a pesar de todo, poseemos tanta verdad que descubrimos más libremente en el torbellino de la exaltación las humildes cosas de siempre” (82).

Evidentemente, como se habrá podido colegir con facilidad, los recursos no son originales del que suscribe. El que suscribe se los ha tomado prestados – sin necesidad de pago de derechos de autor – al que por aquel entonces era un joven obispo polaco que firmaba con el seudónimo de Andrzej Jawien y cuyo verdadero nombre era Karol Wojtyla. En concreto todo pertenece a una obra de teatro titulada El taller del orfebre y subtitulada Meditación sobre el sacramento del matrimonio expresada a veces en forma de drama – Dicho sea de paso, sería un muy recomendable regalo para el próximo San Valentín si ya agotaste el catálogo integro de Tous -. En cualquier caso, para el momento gyntonic, se recomienda cerrar con estas o semejantes palabras: “El futuro seguía siendo una incógnita que ahora aceptábamos sin inquietud. El amor vence la inquietud. El futuro depende del amor” (32).