Tanto rezar por la conversión de Rusia


Durante mucho tiempo el rezar y ofrecer sacrificios por la conversión de Rusia fue un tema más que recurrente – sin ser degradado a mero chascarrillo – en todo sermón, catecismo o comentario piadoso. Como de ordinario estamos necesitados de signos, sería legítimo considerar hechos como la caída del Muro de Berlín como luminoso indicio de la eficacia de tanto rezo. Pero eso sería, a todas luces, quedarnos cortos. Se podría llegar a decir que “tanto rezar por la conversión de Rusia” hizo, ya en su día, que los dignos de lástima y oración fuésemos nosotros, los cristianos de Occidente. Y a las pruebas me remito.

La primera de las pruebas la ofrece un “tal” Josef Zverina en su Carta a los cristianos de occidente. -Creo que el pasaje habla por sí mismo y no necesita ni de glosa ni de comentario-: “Hermanos, vosotros tenéis la presunción de ser útiles al Reino de Dios asumiendo lo más posible el saeculum, su vida, sus palabras, sus eslóganes, su forma de pensar. Pero reflexionad, os lo ruego, qué significa aceptar esta palabra. ¿Tal vez significa que os habéis perdido paulatinamente en ella? Por desgracia, parece que hacéis precisamente eso. Al mirar a vuestro extraño mundo occidental, nos cuesta identificaros y distinguiros. Probablemente os reconocemos todavía porque en este proceso tenéis para largo, porque os asimiláis al mundo, despacio o deprisa, pero siempre con retraso. […] No podemos imitar al mundo precisamente porque debemos juzgarlo, no con orgullo y superioridad, sino con amor”.

La segunda de las pruebas viene dada por el testimonio de una “tal” Tatiana Góricheva (filósofa) que nació en Leningrado en 1947, se convierte a los 26 años y es expulsada en 1980 de la, por aquel entonces, URSS. En concreto, el testimonio es su propuesta en el libro Hablar de Dios resulta peligroso. Mis experiencias en Rusia y en Occidente (Barcelona 2013)

Sin ánimo de polemizar, pero se hace más que necesario recoger perlas como la que sigue sobre el feminismo: “Me doy cuenta de que para las feministas occidentales el cristianismo no es más que un código de prescripciones morales y un sistema de preceptos. Hasta la persona de nuestra Señora, la Madre de Dios santísima, la entiende como fruto de una abstracción vaga y moralizante, cuando para nosotros está tan cercana nos resulta familiar. Y en eso está mi felicidad: en hablar de la Madre de Dios a unas gentes que desde hace largo tiempo no quieren saber nada del cristianismo. Hablar de ella con amor entre quienes la han convertido en un ideal moral muerto, entre quienes no se acuerdan de ella o la temen. ¿Había podido yo soñar jamás una cosa así?” (124).

Perlas también como la que siguen sobre la supuesta o no tan supuesta libertad y no libertad de expresión en Occidente: “Veo que también el hombre occidental es apenas libre. Y la causa principal es lo poco que anhela esa libertad. Aquí se echa de ver el nihilismo, aunque de otra manera. […] A todo se le pone el sombrero de la publicidad enfadosa. Por ejemplo, en el cine: se habla en tono misterioso y sugerente de tonterías, de jabón en polvo para la ropa, de un tipo de cepillos, cual si se tratase de las cosas más importantes e imprescindibles. En cambio, hablar de otras cosas, que de hecho son imprescindibles para todos – como el alma, el sentido de la vida, la redención – es algo que aquí la gente no se atreve a hacer en público, y hasta los sacerdotes se avergüenzan. ¡Es realmente un mundo pervertido y desquiciado” (127-128).

Y aquí, acto seguido, es donde aparece el pasaje digno de moviola, una y otra vez, y con el que acabo este articulo. : “Recuerdo a un sacerdote al que encontré hace poco tiempo. Yo iba en una excursión, que había organizado la parroquia de una aldea. El clérigo, joven y chistoso, un tipo deportista, pasó los dos días de charla. En el curso de las dos jornadas que viajamos en el autobús habló de todo lo imaginable: de aviones y de futbol, de las elecciones y de la comida. Reía mucho y se esforzaba por alegrar a todos. Algo parecido a nuestros animadores de masas. Y al mismo tiempo por las ventanas del autobús se nos mostraba un mundo sorprendentemente hermoso con montañas de pendientes abruptas, con la luminosidad de unos colores azul oscuro y violeta que no parecían de esta tierra, hasta el punto de que espontáneamente me vinieron a la memoria las repetidas exclamaciones de los Salmos: ‘¡Qué admirables son tus obras, Señor Dios! Con gran sabiduría lo has creado todo’.

Más tarde, ya de regreso, pregunté al sacerdote:

-¿Por qué no ha hablado usted ni una sola vez de Dios? ¿Cómo es posible que no haya dicho nada de la belleza de su mundo?

Y él me respondió:

-Porque si empiezo a hablar de Dios, pierdo a mi gente y me quedo solo.

-Pero la soledad no es nunca un pecado.

Al decir esto pensaba que no era verdad que fuese a quedarse solo. Como me habían escuchado a mí los campesinos, cuando les hablaba de nuestra Iglesia, de la Iglesia en general. Y cómo me habían rogado que les hablase más y más” (128-129).

Lector inquirat.

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